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Me parecía graciosa la idea de alterar a una persona, pero la verdad era que necesitaba quitarme a Tanya de encima y de mi vida, y también de la vida de los que me rodeaban. O necesitaba que adoptara una actitud distinta respecto a lo que estaba haciendo en Bon Temps. No veía otra salida. Según mi nueva manera práctica de ver la vida, me di cuenta de que tenía que elegir entre vivir mi vida con la interferencia de Tanya o hacerlo con una Tanya distinta, y que no había comparación entre ambas posibilidades.

Retiré los platos. Normalmente, cuando una de nosotras cocinaba, la otra se ocupaba de los platos, pero mis dos compañeras tenían que seguir preparando su magia. Me parecía bien, prefería seguir ocupada.

A las siete y cinco oímos cómo la gravilla del camino de acceso cedía aplastada bajo el peso de las ruedas de un vehículo.

Cuando le habíamos pedido que Tanya estuviera aquí a las siete, no me había imaginado que la traería como un paquete.

Calvin llegó cargando con Tanya por encima del hombro. Tanya era delgada, pero no un peso pluma. Calvin estaba definitivamente en forma, respiraba sin dificultad y no había derramado ni una gota de sudor. Tanya estaba atada de pies y manos, pero vi que Calvin había puesto un pañuelo debajo de la cuerda para que no le rozase. Y (gracias a Dios) iba amordazada, aunque con un alegre pañuelo de cuello de color rojo. Si, el líder de los hombres pantera sentía algo por Tanya.

Naturalmente, ella estaba hecha una fiera, se retorcía, trataba de escabullirse y lanzaba miradas furiosas. Intentó arrearle un puntapié a Calvin y él le respondió con un bofetón en el trasero.

– Para ya ahora mismo -dijo, aunque no especialmente enfadado-. Has hecho mal y ahora te toca tomar tu medicina.

Entró por la puerta y dejó caer a Tanya sobre el sofá.

Las brujas habían dibujado algo con tiza en el suelo de la sala de estar, un detalle que no me había gustado mucho. Amelia me había asegurado de que lo limpiaría todo y, teniendo en cuenta que era una limpiadora de primera, le permití continuar.

Había varias montañas de cosas (la verdad es que no me apetecía mirar con mucho detalle) dispuestas en diversos recipientes. Octavia prendió fuego al contenido de uno de ellos y lo acercó a Tanya. Agitó la mano para que el humo fuera hacia Tanya. Di un paso atrás y Calvin, que se había quedado detrás del sofá y sujetaba a Tanya por los hombros, volvió la cabeza. Tanya contuvo la respiración todo el tiempo que le fue posible.

Se relajó en cuanto inhaló aquel humo.

– Tiene que sentarse allí -dijo Octavia señalando una zona rodeada de símbolos pintados con tiza. Calvin dejó caer a Tanya sobre una silla de respaldo recto situada justo en medio de dicha zona. Gracias al misterioso humo, Tanya permaneció quieta.

Octavia empezó a cantar en un idioma desconocido para mí. Amelia siempre pronunciaba sus hechizos en latín, o en una forma primitiva del mismo (es lo que me había explicado), pero me daba la sensación de que Octavia era más diversa. Hablaba en algo que sonaba completamente distinto.

La idea de aquel ritual me había puesto nerviosa, pero resultó ser bastante aburrido si no participabas en él. Tenía ganas de abrir las ventanas para que desapareciese de la casa el olor de aquella humareda y me alegré de que Amelia hubiese pensado en desconectar con antelación los detectores de humo. Era evidente que Tanya sentía alguna cosa, aunque no estaba muy segura de que fuese la eliminación del influjo que los Pelt tenían sobre ella.

– Tanya Grisson -dijo Octavia-, arranca las raíces del mal de tu alma y aléjate de la influencia de aquellos dispuestos a utilizarte con malos fines. -Octavia realizó diversos gestos por encima de Tanya mientras sujetaba un objeto curioso que recordaba terriblemente a un hueso humano envuelto en hojas de parra. Intenté no preguntarme de dónde habría sacado aquello.

Tanya gritó debajo de su mordaza y su espalda se arqueó de manera alarmante. A continuación se relajó.

Amelia le indicó con un gesto a Calvin que desatara el pañuelo rojo que daba a Tanya el aspecto de un bandido. Después retiró otro pañuelo, blanco en esta ocasión, que Tanya tenía en la boca. La verdad es que había sido secuestrada con cariño y con mimo.

– ¡No puedo creer que estés haciéndome esto! -chilló Tanya en el instante en que su boca empezó a hablar-. ¡No puedo creer que me hayas secuestrado como un cavernícola, estúpido! -De haber tenido ella las manos libres, Calvin se habría llevado un buen guantazo-. ¿Y qué demonios pasa con este humo? ¿Pretendes incendiar la casa, Sookie? Y tú, mujer, ¿puedes sacarme esta porquería de la cara? -Tanya golpeó con sus manos atadas el hueso envuelto en hojas de parra.

– Me llamo Octavia Fant.

– Estupendo, Octavia Fant. ¡Desátame estas cuerdas!

Octavia y Amelia intercambiaron miradas.

Tanya recurrió a mí.

– ¡Sookie, diles a estas locas que me suelten! ¡Calvin, estaba medio interesada en ti antes de que me atases y me trajeras aquí! ¿Qué te creías que estabas haciendo?

– Salvarte la vida -dijo Calvin-. Y ahora no saldrás corriendo, ¿verdad? Tenemos que charlar un poco.

– De acuerdo -dijo lentamente Tanya cuando se dio cuenta (oí sus pensamientos) de que la cosa iba en serio-. ¿Qué es todo esto?

– Sandra Pelt -dije.

– Sí, conozco a Sandra. ¿Qué le pasa?

– ¿Qué relación tienes con ella? -preguntó Amelia.

– ¿Por qué te interesa, Amy? -contraatacó Tanya.

– Amelia -dije para corregirla. Me senté en la butaca delante de Tanya-. Y eres tú quién debe responder a la pregunta.

Tanya me lanzó una mirada penetrante (tenía un buen repertorio) y dijo:

– Tenía una prima que fue adoptada por los Pelt y Sandra era la hermana de mi prima adoptada.

– ¿Tienes una amistad muy estrecha con Sandra? -pregunté.

– No, no especialmente. Hace tiempo que no la veo.

– ¿No has hecho ningún trato con ella últimamente?

– No, Sandra y yo no nos vemos mucho.

– ¿Qué opinas de ella? -preguntó Octavia.

– Opino que es una mala zorra con dos caras. Pero, en cierto sentido, la admiro -dijo Tanya-. Cuando Sandra quiere algo, lo persigue hasta conseguirlo. -Se encogió de hombros-. Es tal vez demasiado extremista para mi gusto.

– De modo que si te dijera que le destrozaras la vida a alguien, ¿no lo harías? -Octavia miraba fijamente a Tanya.

– Tengo cosas mejores que hacer -dijo Tanya-. Si quiere hacerlo, que sea ella quien se dedique a destrozar la vida a la gente.

– ¿No entrarías en ese juego?

– No -dijo Tanya. Era sincera, lo leía. De hecho, nuestro interrogatorio empezaba a ponerle nerviosa-. ¿Le he hecho algo malo a alguien?

– Me parece que no lo has entendido muy bien -dijo Calvin-. Estas buenas señoras han intervenido. Amelia y la señorita Octavia son…, son mujeres sabias. Y ya conoces a Sookie.

– Sí, conozco a Sookie. -Tanya me lanzó una mirada avinagrada-. No quiere ser mi amiga, por mucho que yo me esfuerce.

«Sí, no te quería muy cerca por si acaso me clavabas una puñalada por la espalda», pensé, pero no dije nada.

– Tanya, últimamente has ido mucho de compras con mi cuñada -dije.

Tanya estalló en carcajadas.

– ¿Un exceso de terapia de compras para la recién casada embarazada? -dijo. Pero al instante se quedó perpleja-. Sí, mi talonario me dice que hemos frecuentado demasiado el centro comercial de Monroe. ¿De dónde saco el dinero? La verdad es que ni siquiera me gusta mucho ir de compras. ¿Por qué lo hago?

– Ya no vas a hacerlo más -dijo Calvin.

– ¡No me digas lo que tengo que hacer, Calvin Norris! -le espetó Tanya-. No iré de compras porque yo no quiero ir de compras, no porque tú me digas que no debo hacerlo.