Calvin parecía aliviado.
Amelia y Octavia, también.
Todos asentimos a la vez. Esta era la Tanya de verdad, de acuerdo. Y daba la impresión de haber dejado de ser en gran parte la ayuda destructiva de Sandra Pelt. No sabía si Sandra le había lanzado algún tipo de hechizo o si simplemente le había ofrecido a Tanya una gran cantidad de dinero y la había convencido de que la muerte de Debbie era culpa mía, pero lo que era evidente era que las brujas habían salido airosas en su empeño de eliminar del carácter de Tanya la parte nociva de Sandra.
Me sentía extrañamente desinflada después de lo fácil (fácil para mí, quiero decir) que había sido extirpar la espina que tenía clavada. Me descubrí deseando poder abducir también a Sandra Pelt para reprogramarla. No creía que ella fuera tan fácil de reconvertir. Los miembros de la familia Pelt debían de tener una grave patología.
Las brujas se sentían felices. Calvin estaba satisfecho. Yo me sentía aliviada. Calvin le dijo a Tanya que enseguida regresarían juntos a Hotshot. Ella, algo perpleja, salió por la puerta con mucha más dignidad que con la que había entrado. No comprendía por qué había venido a mi casa y aparentemente no recordaba lo que las brujas habían hecho. Pero no se la veía molesta ante tanta confusión.
El mejor de todos los mundos posibles.
Tal vez ahora que la influencia perniciosa de Tanya había desaparecido, Jason y Crystal podrían solucionar sus problemas. Al fin y al cabo, Crystal deseaba sinceramente casarse con Jason y se había alegrado de estar de nuevo embarazada. No entendía por qué actualmente no se sentía feliz.
Podía incorporarla a la larga lista de personas a las que no llegaba a entender.
Mientras las brujas aireaban la sala de estar abriendo las ventanas (aunque era una noche muy fría, quería que desapareciese del todo aquel olor a hierbas), me acosté en la cama con un libro. Pero no disponía de la concentración necesaria para leer. Al final decidí que estaría mejor fuera de casa, me puse una sudadera con capucha y le dije a Amelia que salía un rato. Me senté en una de las sillas de madera que Amelia y yo habíamos comprado en la liquidación de final de verano de Wal-Mart y volví a admirar lo bien que quedaba con la mesa a juego y su parasol. Me recordé que, de cara al invierno, tendría que guardar el parasol y tapar con algo los muebles. Me recosté en mi asiento y dejé vagar mis pensamientos.
Estaba a gusto fuera, oliendo a árboles y a tierra, escuchando la enigmática llamada del chotacabras en el bosque. La luz de seguridad me hacía sentirme cómoda, aunque sabía que no era más que una ilusión. La luz simplemente te permite ver con más claridad lo que pueda acercarse.
Bill emergió de la arboleda del bosque y se aproximó en silencio al jardín. Tomó asiento en una de las sillas.
Pasamos un rato sin decir nada. No sentí la oleada de angustia que había notado los últimos meses cada vez que lo veía. Su presencia apenas perturbaba la noche otoñal, formaba parte de ella.
– Selah se ha ido a vivir a Little Rock -dijo.
– ¿Cómo es eso?
– Ha empezado a trabajar para una empresa importante -dijo-. Es lo que siempre quiso. Están especializados en propiedades de vampiros.
– ¿Está enganchada a los vampiros?
– Eso parece. Pero no es asunto mío.
– ¿Así que no fuiste tú el primero para ella? -Tal vez lo pregunté con cierta amargura. Él había sido el primero para mí, en todos los sentidos.
– No -respondió, y se volvió hacia mí. Estaba radiantemente pálido-. No -confirmó-. Yo no fui el primero. Y siempre supe que lo que le atraía era el vampiro que hay en mí, y no mi persona.
Comprendí a la perfección lo que quería decir. Cuando me enteré de que le habían ordenado congraciarse conmigo, intuí que lo que le había llamado la atención era la telépata que había en mí, y no mi persona.
– Lo que viene, va -dije.
– Nunca la quise -dijo-. O muy poco. -Se encogió de hombros-. Ha habido muchas como ella.
– No estoy muy segura de cómo crees que voy a sentirme con todo esto.
– Te estoy diciendo la verdad. Sólo ha habido una como tú. -Y entonces se levantó y se adentró de nuevo en el bosque, al paso lento de un humano, dejando que le viera marcharse.
Me daba la impresión de que Bill estaba llevando a cabo una especie de campaña sigilosa para recuperar mi respeto. Me pregunté si soñaba en que pudiera volver a amarle algún día. Aún sentía dolor cuando pensaba en la noche en que me enteré de la verdad. Me imaginé que mi respeto estaría en los límites de lo que él podía esperar recuperar. ¿Confianza? ¿Amor? No lo veía muy posible.
Me quedé sentada fuera unos minutos más, pensando en la velada que acababa de vivir. Un agente enemigo menos. La enemiga lejos. Entonces pensé en la investigación policial sobre la gente desaparecida en Shreveport, lobos todos ellos. Me pregunté cuándo lo dejarían correr.
Estaba segura de que tarde o temprano volvería a verme involucrada en los asuntos políticos de los hombres lobo; los supervivientes serían absorbidos para restablecer el orden en su casa.
Esperaba que Alcide estuviese disfrutando su oportunidad de ser líder y me pregunté si habría conseguido engendrar un pequeño hombre lobo de pura sangre la noche del golpe de estado. Me pregunté quién se ocuparía de los hijos de los Furnan.
Y siguiendo con mis especulaciones, me pregunté dónde establecería Felipe de Castro sus cuarteles generales en Luisiana, o si se quedaría en Las Vegas. Me pregunté si alguien le habría contado a Bubba que Luisiana estaba bajo un nuevo régimen y me pregunté si algún día volvería a verlo. Tenía una de las caras más famosas del mundo, pero su cabeza estaba gravemente confusa por haber sido creado en el último segundo por un vampiro que trabajaba en la morgue de Memphis. Bubba no había resistido muy bien el Katrina; se había visto separado de los demás vampiros de Nueva Orleans y había tenido que subsistir a base de ratas y otros animalitos (gatos abandonados, me imaginaba) hasta que una noche fue rescatado por un equipo de salvamento integrado por vampiros de Baton Rouge. Lo último que sabía de él era que había sido enviado fuera del estado para descansar y recuperarse. A lo mejor había acabado en Las Vegas. Cuando estaba vivo, siempre le había ido muy bien allí.
De pronto me di cuenta de que me había quedado rígida después de llevar tanto rato sentada fuera y de que la noche era cada vez más fría. La sudadera resultaba insuficiente. Era hora de entrar y acostarse. El resto de la casa estaba oscura y me imaginé que Octavia y Amelia estarían agotadas después del trabajo que habían realizado.
Me levanté de la silla, cerré el parasol y abrí la puerta del cobertizo. Apoyé el parasol contra el banco donde un hombre a quien siempre había considerado mi abuelo se dedicaba a hacer sus arreglos. Cerré la puerta del cobertizo con la sensación de que en su interior encerraba el verano.
Capítulo 18
Después de un tranquilo y pacífico lunes de fiesta, el martes entré a trabajar en el turno de mediodía. Cuando salí de casa, Amelia estaba pintando una cajonera que había encontrado en una tienda de objetos de segunda mano. Octavia limpiaba las flores marchitas de los rosales. Comentó que sería necesario podarlos de cara al invierno y le di permiso para que se pusiera a ello. Mi abuela era la dueña de los rosales en casa y nunca me dejaba ponerles la mano encima a menos que necesitaran fumigarse para combatir los pulgones. Era uno de mis trabajos.
Jason vino a comer al Merlotte's con sus compañeros de trabajo. Juntaron dos mesas y formaron un grupillo de hombres felices. El clima más frío y la ausencia de grandes tormentas ayudaban a que los miembros de las patrullas de obras en la carretera estuvieran contentos. Jason parecía incluso excesivamente animado, su cerebro era una madeja de pensamientos cambiantes. Tal vez la desaparición de la influencia perniciosa de Tanya empezara a notarse ya. Hice un verdadero esfuerzo por mantenerme alejada de su cabeza pues, al fin y al cabo, era mi hermano.