Cuando les serví una bandeja llena de refrescos y té, Jason aprovechó para decirme:
– Crystal te manda recuerdos.
– ¿Qué tal se encuentra hoy? -le pregunté para mostrarme educada, y Jason me respondió formando un círculo entre su dedos índice y pulgar. Serví la última taza de té con cuidado de no derramar nada y le pregunté a Dove Beck, primo de Alcee, si quería un poco más de limón.
– No, gracias -dijo cortésmente. Dove, que se había casado el día después de su graduación, no tenía absolutamente nada que ver con Alcee. Con treinta años ya cumplidos, parecía mucho más joven y por lo que yo sabía (y sabía bastante) no tenía esa rabia interior que caracterizaba al detective. Yo había ido al colegio con una de las hermanas de Dove.
– ¿Qué tal está Angela? -le pregunté, y me sonrió.
– Se casó con Maurice Kershaw -dijo-. Tienen dos niños, los más guapos del mundo. Angela es una mujer nueva: no bebe ni fuma y está en la iglesia en cuanto abren la puerta.
– Me alegro de oírlo. Dile que he preguntado por ella -dije, y empecé a tomar nota. Oí que Jason les explicaba a sus compañeros los detalles de una valla que pensaba construir en su casa, pero no tenía tiempo para prestarle atención.
Jason se retrasó un poco cuando él y sus compañeros abandonaron el local para volver a sus vehículos.
– Sook, ¿podrías pasarte a ver a Crystal cuando salgas?
– Por supuesto, pero ¿no habrás salido ya de trabajar para entonces?
– Tengo que ir a Clarice a recoger unos eslabones de cadena. Crystal quiere que vallemos parte del jardín trasero para el bebé. Para que tenga un lugar seguro donde jugar.
Me sorprendió que Crystal fuera tan previsora y mostrara tanto instinto maternal. A lo mejor lo de tener un niño la hacía cambiar. Pensé en Angela Kershaw y sus pequeños.
No me apetecía contabilizar cuántas chicas más jóvenes que yo llevaban años casadas y con niños…, o simplemente con niños. Me dije que la envidia era pecado y me esforcé en sonreír y saludar a todo el mundo. Por suerte, era un día de mucho trabajo.
Durante el momento de calma de la tarde, Sam me pidió que le ayudara a realizar el inventario del almacén mientras Holly se ocupaba de la barra y las mesas. Sólo debíamos atender a nuestros dos alcohólicos residentes, de modo que Holly no iba a tener mucho trabajo. Como yo solía ponerme muy nerviosa con la Blackberry de Sam, él se ocupó de introducir los totales mientras yo iba contando, por lo que, entre contar y quitar el polvo, tuve que subir y bajar unas cincuenta veces una escalera de mano. Comprábamos el material de limpieza a granel, y también contabilizamos eso. Era como si a Sam le hubiese dado aquel día la locura de la contabilidad.
El almacén no tiene ventanas, de modo que empezó a hacer calor mientras trabajábamos. Me alegré de salir de sus abarrotados confines cuando Sam quedó por fin satisfecho. Le retiré una telaraña que se le había quedado enganchada en el pelo cuando iba de camino al baño, donde me limpié bien las manos y la cara y repasé lo mejor que pude mi coleta en busca de las posibles telarañas que pudiera yo también haber recogido.
Cuando salí del bar tenía tantas ganas de meterme en la ducha que a punto estuve de virar a la izquierda para ir directamente a casa. Pero justo a tiempo recordé que había prometido ir a ver a Crystal, así que giré hacia la derecha.
Jason vivía en la que fuera la casa de mis padres y la mantenía muy bien. Mi hermano estaba muy orgulloso de su casa. No le importaba dedicar su tiempo libre a pintar, cortar el césped y realizar las reparaciones más básicas, un aspecto de él que siempre me había sorprendido un poco. Recientemente había pintado el exterior de un color amarillo crema y los perfiles de color blanco, lo que daba a la casita un aspecto muy pulcro. Se llegaba a ella por un camino de acceso en forma de U. Jason había añadido una ramificación que conducía hasta el aparcamiento cubierto que había en la parte trasera de la casa, pero aparqué junto a los peldaños de acceso a la puerta principal. Me guardé las llaves del coche en el bolsillo y atravesé el porche. Giré el pomo pues, ya que estaba en familia, pensaba asomar la cabeza por la puerta y llamar a Crystal. La puerta no estaba cerrada con llave, algo habitual en la mayoría de las puertas durante el día. La sala de estar estaba vacía.
– ¡Hola, Crystal, soy Sookie! -grité, aunque intenté no hacerlo muy alto para no sobresaltarla en el caso de que estuviera echando una siesta.
Oí un sonido apagado, un gemido. Venía del dormitorio más grande, el que había sido de mis padres, justo al otro lado de la sala de estar y a mi derecha.
«Oh, mierda, vuelve a tener un aborto», pensé, y corrí hacia la puerta cerrada. La abrí con tanta fuerza que chocó contra la pared, pero no le presté la más mínima atención, pues descubrí que la cama estaba ocupada por Crystal y Dove Beck.
Me quedé tan sorprendida, tan enfadada y tan consternada que cuando dejaron de hacer lo que estaban haciendo se quedaron mirándome y dije lo peor que se me ocurrió:
– No me extraña que pierdas a todos tus bebés.
Di media vuelta y salí de la casa. Estaba tan rabiosa que ni siquiera pude subir al coche. Fue realmente mala pata que llegara Calvin justo detrás de mí y saltara de su vehículo casi antes de que se detuviera.
– Dios mío, ¿qué sucede? -dijo-. ¿Se encuentra bien Crystal?
– ¿Por qué no se lo preguntas a ella? -dije asqueada. Subí finalmente al coche y me quedé allí sentada, temblando. Calvin corrió hacia la casa como si fuera a apagar un incendio.
– ¡Jason, maldita sea! -vociferé, aporreando el volante. Tendría que haberme parado a escuchar bien el cerebro de Jason. A buen seguro sabía rematadamente bien que, conscientes de que él tenía que hacer cosas en Clarice, Dove y Crystal aprovecharían la oportunidad para verse. Sabía que yo sería responsable y me pasaría por su casa. Era demasiada casualidad que también hubiera aparecido Calvin por allí. Jason debió de decirle que fuera a ver qué tal estaba Crystal. De este modo no habría posibilidad de negar los hechos, ni de silenciarlos, pues Calvin y yo lo sabíamos. Había hecho bien preocupándome por los términos de aquel matrimonio y ahora tenía algo completamente nuevo por lo que hacerlo.
Me sentía, además, avergonzada. Avergonzada por el comportamiento de todos los implicados. Según mi código de conducta, que tampoco es que sea el de una muy buena cristiana, lo que hagan los solteros con sus relaciones es simplemente asunto suyo. Incluso dentro de una relación, si ésta es poco seria y siempre y cuando la gente se respete, claro está. Pero en mi mundo, una pareja que se ha prometido fidelidad, que ha hecho alarde de ello en público, está regida por un conjunto de reglas totalmente distintas.
Aunque eso no era así, al parecer, en el mundo de Crystal, ni en el de Dove.
Calvin bajó las escaleras y pareció haber envejecido muchos años con respecto a cuando había subido por ellas. Se detuvo junto a mi coche. Su expresión era pareja a la mía: desilusión, desengaño, asco.
– Estaremos en contacto -dijo-. Tenemos que celebrar la ceremonia enseguida.
Crystal apareció en el porche envuelta en un albornoz con estampado de leopardo y en lugar de quedarme a aguantar que me hablara, puse el coche en marcha y me largué de allí lo más rápidamente que pude. Conduje de vuelta a casa aturdida. Cuando llegué a la puerta trasera, me encontré con Amelia. Estaba cortando alguna cosa sobre una antigua tabla, la que había sobrevivido al incendio y apenas había quedado chamuscada. Se volvió para decirme algo pero se quedó con la boca abierta cuando vio la cara que yo llevaba. Moví la cabeza negativamente, indicándole con ello que no me apetecía hablar, y fui directa a mi habitación.