Выбрать главу

– No, amante, tienes que ir a casa y entrar en calor -dijo Eric, encerrando mis dos manos entre la suya-. Te llamaré cuando el trabajo me lo permita.

Cuando me soltó, realicé una especie de torpe inclinación en dirección al rey (¡Americanos! ¡No estamos acostumbrados a las reverencias!) y me metí en el coche antes de que cualquiera de los dos vampiros cambiara de idea respecto a mi partida. Mientras me retiraba a mi espacio y salía del aparcamiento, me sentí como una auténtica cobarde (una cobarde muy aliviada, de todos modos). Cuando tomé Hummingbird Road, empezaba ya a debatir si mi partida había sido muy inteligente.

Me sentía preocupada por Eric. Un fenómeno bastante novedoso, que me hacía sentir incómoda y que había empezado a manifestarse la noche del golpe de estado. Preocuparse por Eric era como hacerlo por el bienestar de una piedra o de un tornado.

¿Acaso me había preocupado por él anteriormente? Era uno de los vampiros más poderosos que había conocido en mi vida. Pero Sophie-Anne era aún más poderosa que él, y estaba además protegida por el guerrero gigante Sigebert, y mira lo que le había ocurrido. De repente me sentí tremendamente triste. ¿Qué me pasaba?

Y tuve entonces una idea terrible. ¿Y si resultaba que estaba preocupada simplemente porque Eric estaba también preocupado? ¿Y si me sentía triste porque Eric se sentía triste? ¿Era posible que pudiera captar sus emociones con tanta fuerza y con una distancia tan grande entre nosotros? ¿Debía dar media vuelta y averiguar qué sucedía? No podría ser de gran ayuda en el caso de que el rey se estuviera comportando con crueldad con Eric. Tuve que pararme en el arcén. Era incapaz de seguir conduciendo.

Nunca había sufrido un ataque de pánico y me dio la sensación de que aquél debía de ser el primero. La indecisión me paralizaba, y no es que pueda decirse de mí que sea una persona indecisa. Luchando conmigo misma, intentando pensar con claridad, me di cuenta de que, lo quisiera o no, tenía que dar media vuelta. Era una obligación que no podía ignorar, no porque estuviera unida a Eric, sino porque Eric me gustaba.

Giré el volante y realicé un cambio de sentido en medio de Hummingbird Road. Teniendo en cuenta que desde que había salido del bar sólo me había cruzado con dos coches, no lo consideré una infracción grave de tráfico. Realicé el camino de vuelta a bastante más velocidad que el de ida y cuando llegué al Merlotte's, vi que el aparcamiento estaba completamente vacío. Aparqué delante del bar y saqué de debajo del asiento mi viejo bate de softball. Mi abuela me lo regaló cuando cumplí los dieciséis. Era un bate muy bueno, aunque había vivido tiempos mejores. Rodeé el edificio, escondiéndome entre los arbustos que crecían en el suelo. Adelfas. Odio las adelfas. Crecen desordenadamente, son feas y les tengo alergia. Pese a ir vestida con el cortavientos, pantalones y calcetines, en el instante en que empecé a avanzar entre las plantas, comencé a moquear.

Al llegar a la esquina, asomé la cabeza con mucha cautela.

Y me quedé conmocionada. No podía creer lo qué veían mis ojos.

Sigebert, el guardaespaldas de la reina, no había muerto en el golpe de estado. No, señor, seguía aún entre los no muertos. Y estaba en el aparcamiento del Merlotte's, pasándoselo la mar de bien con el nuevo rey, Felipe de Castro, Eric y Sam, que seguramente se había visto capturado en la red al salir del bar y dirigirse a su tráiler.

Respiré hondo (un suspiro profundo pero silencioso) y me obligué a analizar lo que tenía ante mí. Sigebert era una mole y había sido el guardaespaldas de la reina durante siglos. Su hermano, Wybert, había muerto a su servicio y yo estaba segura de que Sigebert tenía que ser uno de los objetivos de los vampiros de Nevada: lo habían dejado bien marcado. Los vampiros se curan a gran velocidad, pero Sigebert había resultado tan mal herido que incluso días después de la pelea seguía visiblemente afectado. Tenía un corte enorme en la frente y una cicatriz de aspecto horripilante justo por encima de donde me imaginaba tendría el corazón. Iba casi vestido en harapos, manchado y sucio. Tal vez los vampiros de Nevada creyeron que se había desintegrado cuando en realidad consiguió huir y esconderse. «No tiene importancia», me dije para mis adentros.

Lo importante del tema era que había conseguido encadenar con cadenas de plata tanto a Eric como a Felipe de Castro. ¿Cómo? «No tiene importancia», volví a repetirme para mis adentros. Tal vez esta tendencia a formularme mentalmente tantas preguntas me venía de Eric, que tenía un aspecto mucho más maltrecho que el rey. Naturalmente, Sigebert consideraba a Eric un traidor.

La cabeza de Eric sangraba y era evidente que tenía un brazo roto. Castro sangraba abundantemente por la boca, por lo que imaginé que era posible que Sigebert le hubiera dado un pisotón. Eric y Castro estaban tendidos en el suelo y bajo la cruda luz de seguridad parecían más blancos que la nieve. Sam estaba atado al parachoques de su furgón y no había sufrido daño alguno, al menos hasta el momento. Gracias a Dios.

Intenté pensar en cómo abatir a Sigebert con mi bate de softball de aluminio, pero no se me ocurrió nada. Si me abalanzaba corriendo hacia él, se echaría a reír. Incluso gravemente herido como estaba, seguía siendo un vampiro y yo no era rival para él a menos que se me ocurriera alguna idea fabulosa. De modo que me limité a observar, y a esperar, pero al final no pude soportar más ver cómo le hacía daño a Eric; créeme, cuando un vampiro te arrea un puntapié, hace daño de verdad. Además, Sigebert se lo estaba pasando en grande con un cuchillo enorme que tenía en la mano.

¿Cuál era la mayor arma que tenía a mi disposición? Podía ser mi coche. Sentí una punzada de lástima, pues era el mejor coche que había tenido en mi vida, y Tara me lo había vendido por un dólar cuando se compró otro nuevo. Pero era lo único que se me ocurría para arremeter contra Sigebert.

De modo que retrocedí, rezando para que Sigebert siguiera enfrascado en sus torturas y no oyera el ruido de la puerta del coche al cerrarse. Apoyé la cabeza en el volante y me esforcé en pensar. Reflexioné sobre el aparcamiento y su topografía y pensé en el lugar exacto donde estaban situados los vampiros heridos. Respiré hondo y moví la llave en el contacto. Rodeé el edificio, deseando que mi coche pudiera arrastrarse a escondidas entre las adelfas igual que había hecho antes yo, tracé una curva amplia para tener espacio para acelerar. Los focos delanteros captaron la silueta de Sigebert, pisé el acelerador y fui directa hacia él. El vampiro intentó apartarse de mi trayectoria, pero no era un tipo brillante, de modo que lo pillé con los pantalones bajados (literalmente: nunca me hubiera imaginado cuál era la siguiente tortura que tenía planeada) y le di con fuerza. Saltó por los aires y aterrizó sobre el techo del coche con un golpe duro y sordo.

Grité y frené, pues mi plan no iba más allá de aquello. El vampiro se deslizó por la parte trasera del coche dejando un horrible rastro de sangre oscura y desapareció de mi vista. Temerosa de que su imagen apareciera de nuevo por el retrovisor, puse la marcha atrás y pisé de nuevo el acelerador. «Bump, bump». Paré el coche y salí del mismo, bate en mano, y descubrí que las piernas y la mayor parte del torso de Sigebert habían quedado atrapadas debajo del coche. Corrí hacia Eric y empecé a pelearme con la cadena de plata, mientras él me miraba con los ojos abiertos de par en par. Castro maldecía sin parar en español y Sam me decía: «¡Corre, Sookie, corre!», un detalle que poco bien le hacía a mi concentración.

Dejé correr las malditas cadenas, cogí el cuchillo y liberé a Sam para que pudiera ayudarme. El cuchillo se acercó lo bastante a su piel como para provocarle un respingo un par de veces. Yo lo hacía lo mejor que sabía y la verdad es que no le hice sangre. Hay que reconocer que Sam corrió hasta donde estaba Castro en un tiempo récord y que empezó a liberarle mientras yo volvía con Eric. Dejé el cuchillo en el suelo, a mi lado. Ahora que ya tenía un aliado capaz de utilizar manos y piernas, pude concentrarme mejor y desaté por fin las piernas de Eric (pensando que de este modo, al menos, podría echar a correr) y después, más lentamente, sus brazos y sus manos. La plata le había herido en varios puntos y Sigebert había procurado que le tocase las manos. Tenían un aspecto horroroso. Las cadenas habían castigado a Castro más si cabe, pues Sigebert le había despojado de su preciosa capa y de prácticamente toda la camisa.