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– Cuando llamé a mi hermana Sherry anoche y le conté que me había encontrado contigo me dijo que creía que eras poli. ¿Es cierto? -preguntó mientras cortaba las rebanadas de pan y colocaba un montón de carne en cada una.

– Soy detective de la brigada antirrobo.

– No me sorprende. Sherry me dijo que te gustaba cachearla de arriba abajo en noveno grado.

– Creía que era en décimo.

– No. -Envolvió los bocadillos y los metió en una bolsa de papel-. ¿Quieres ensalada o patatas fritas?

Joe dio un paso atrás y miró el largo expositor lleno de diferentes tipos de ensaladas y postres.

– ¿Qué me recomiendas?

– Todo. Lo hice esta mañana. ¿Qué te parece tarta de queso?

– No sé. -Sacó un billete de veinte de la cartera y se lo dio-. Soy bastante quisquilloso con la tarta de queso.

– Vamos a hacer un trato -dijo ella mientras abría la caja registradora-. Te daré un par de trozos y si te gusta, vuelves mañana y tomas una taza de café conmigo.

– ¿A qué hora?

La sonrisa le iluminó de nuevo los ojos y aparecieron unos hoyuelos en sus mejillas.

– A las diez y media -contestó ella mientras le daba el cambio.

Él entraba a trabajar a las diez.

– Que sea a las nueve.

– Vale. -Ella abrió el expositor, cortó dos trozos de tarta de queso y los envolvió en papel encerado-. Es una cita.

Tampoco era para tanto. Pero era simpática y obviamente sabía cocinar. Y lo cierto era que no lo miraba como si la única cosa que lo salvara de tener un calcetín en el intestino fuera que creía en la no violencia. La observó poner la tarta y dos tenedores de plástico encima de los bocadillos, después le dio la bolsa.

– Hasta mañana, Joe.

Tal vez Ann fuera justo lo que necesitaba.

Capítulo 9

Treinta carpas a rayas se alineaban en una zona del Julia Davis Park cerca del escenario. Un grupo de músicos improvisados se sentaba con las piernas cruzadas bajo un roble de imponente altura tamborileando los dedos contra la piel tensa de los bongos. También había varios flautistas y un pequeño grupo de nómadas tocando diversos instrumentos hechos a mano. Unas bailarinas descalzas con largas faldas de gasa giraban con un ritmo hipnótico, mientras la raza blanca de América observaba todo un poco perpleja.

En el Coeur Festival podías comprar desde cristales curativos a libros de artes adivinatorias. Podían leerte el futuro en la palma de la mano e interpretar tus vidas pasadas. Los puestos de comida ofrecían alimentos biológicos como tacos vegetarianos, vegetales sofritos, vegetales con chile y frijoles con salsa de cacahuete.

La caseta de Gabrielle estaba entre la de Madre Alma, sanadora espiritual, y Dan Orgánico, experto en hierbas medicinales. El festival era una mezcla de espiritualidad New Age y fines comerciales. Gabrielle se había vestido para la ocasión con una blusa de campesina blanca sin mangas con unicornios bordados y ribetes dorados que anudaba por debajo de los senos. La falda a juego era de cadera baja y se abotonaba por el frente; la llevaba abierta desde las rodillas a los tobillos. Estaba calzada con unas sandalias planas de cuero hechas a mano. Se había dejado el pelo suelto, y unos finos aros de oro colgaban de sus orejas a juego con el aro del ombligo. Todo el conjunto le recordaba a uno que había llevado hacía tiempo cuando bailaba la danza del vientre.

Los aceites esenciales y aromaterapias se estaban vendiendo mejor de lo que esperaba. Hasta ese momento, las mejores ventas habían sido los aceites medicinales seguidos de cerca por los aceites de masaje. Justo enfrente de la caseta de Gabrielle había una mujer meditando y junto a ella, estaba la caseta Doug Tano, el hidroterapista del colon.

Lamentablemente para Gabrielle, Doug no estaba en su puesto, sino en el de ella explicándole los beneficios de la hidroterapia del colon. Gabrielle estaba muy orgullosa de tener una mentalidad abierta. Se consideraba culta. Entendía y aceptaba otras creencias con planos metafísicos diferentes. Apoyaba las artes curativas poco ortodoxas y las terapias alternativas, pero, Señor, discutir sobre material de desecho era superior a sus fuerzas.

– Deberías venir y hacerte una limpieza -le dijo mientras ella colocaba los frasquitos de aceites de baño y productos de belleza.

– No creo que tenga tiempo. -Ni tampoco pensaba buscarlo. Consideraba que dedicarse a la limpieza de colon era tan divertido como ser directora de pompas fúnebres. Uno de esos trabajos que obviamente tenía que hacer alguien, pero que agradecía profundamente a su karma que no le hubiese tocado a ella.

– No puedes dejar para más adelante algo tan importante -dijo él, recordándole también un poco a un director de pompas fúnebres. Tenía la voz demasiado calmada, las uñas demasiado pulidas y la piel demasiado pálida-. De verdad, te sentirás mucho más ligera en cuanto expulses todas esas toxinas.

Ella no pensaba comprobarlo personalmente.

– ¿Ah, sí? -fue todo lo que logró decir, después fingió gran interés por los frascos de aromaterapias-. Creo que tienes gente en la caseta -dijo, tan desesperada por deshacerse de él que incluso mintió a propósito.

– No, sólo pasan por delante.

Por el rabillo del ojo, vio cómo alguien colocaba una bolsa de papel al lado de los vaporizadores de cristal.

– Traje el almuerzo -dijo una voz profunda que jamás hubiera pensado que se alegraría de oír-. ¿Tienes hambre?

Ella dejó que su mirada vagara desde la inmaculada camiseta blanca de Joe al hueco de su garganta bronceada y, de ahí, a la profunda curva del labio superior. La sombra de una gorra de béisbol roja y azul le cubría la mitad superior de la cara, acentuando las líneas sensuales de su boca. Después de su conversación con Doug, la sorprendió sentirse hambrienta.

– Estoy muerta de hambre -respondió girándose hacia el hombre parado a su lado-. Joe, éste es Doug Tano. Doug tiene una caseta allí -dijo señalando al otro lado del pasillo mientras notaba las obvias diferencias entre los dos hombres. Doug era un alma tranquila en contacto con su naturaleza espiritual. Joe, por el contrario, irradiaba pura energía masculina y era casi tan tranquilizador como una explosión nuclear.

Joe miró por encima del hombro, luego centró la atención en Doug.

– ¿Hidroterapia del colon? ¿Es la tuya?

– Sí. Tengo la consulta en la Sexta. Trato la pérdida de peso, la desintoxicación del cuerpo, los problemas de digestión y el aumento de niveles de energía. La hidroterapia tiene un efecto muy calmante en el cuerpo.

– Ajá. ¿Y para conseguir todo eso tienes que meter una manguera por el culo?

– Bueno, esto… -tartamudeó Doug-. Meter una manguera es una manera bastante fuerte de decirlo. Utilizamos un tubo muy suave, maleable…

– Vas a tener que dejarlo, amigo -interrumpió Joe levantando una mano-. Estoy a punto de tomar el almuerzo y quiero disfrutar del jamón.

Doug torció el gesto en señal de desaprobación.

– ¿Sabes lo que provoca la carne en tu colon?

– No -replicó Joe rebuscando dentro de la bolsa-. Creo que la única manera de saber lo que le pasa a mi colon es metiendo la cabeza en el culo. ¿Y sabes qué? Eso no ocurrirá nunca.

Gabrielle se quedó boquiabierta. Eso había sido muy rudo… incluso siendo Joe…, pero tremendamente efectivo. Doug se giró y, prácticamente, huyó a su caseta. Y aunque odiaba admitirlo se sintió agradecida, incluso un poco envidiosa.

– Jesús, creía que no se iba a ir nunca.

– Gracias, supongo -dijo ella-. No dejaba de hablarme de mi colon y no sabía cómo deshacerme de él.

– Eso es porque quiere verte el culo al aire. -Joe le agarró la mano para colocarle un bocadillo envuelto en papel encerado sobre la palma-. Y no puedo culparle.

Entró en la caseta y se sentó en una de las sillas de director que ella había traído de casa. Aunque no estaba totalmente segura, creía que Joe acababa de lanzarle un piropo.