Ella se quedó sin aliento.
– ¡No harías eso!
– Por supuesto que lo haría. -Deslizó la mirada por la hilera de botones, se detuvo en el ombligo y luego siguió bajando por la abertura de la falda-. Hice un juramento solemne. Mi deber es proteger, servir y cachear a fondo en busca de pruebas. Es mi trabajo.
Las mariposas en su estómago se volvieron ardientes.
Ella nunca había sido buena flirteando, pero no pudo evitar preguntar:
– ¿Y eres hábil en tu trabajo?
– Mucho.
– Suenas bastante pretencioso.
– Déjame decirte que me tomo mis deberes muy en serio.
Gabrielle podía sentir cómo se estaba derritiendo y no tenía nada que ver con la temperatura en el exterior de la caseta.
– ¿Cuál de ellos?
Él se inclinó hacia ella para decirle en un tono susurrante que le atravesó la piel aumentando la temperatura de su cuerpo unos grados más:
– El que te hace jadear hasta perder la cabeza, cariño.
Ella se levantó rápidamente y se alisó las arrugas de la falda.
– Tengo que… -Señaló hacia el frente de la caseta, confusa. Su cuerpo estaba en guerra con su mente y su espíritu. El deseo luchaba por imponerse a la razón. Era la anarquía total-. Voy a… -Se dirigió a la mesa de aceites de masaje y ordenó innecesariamente la hilera de frascos azules. No quería la anarquía. Que una emoción predominara sobre las demás no era bueno. No, era malo. Muy malo. No quería que le ardiera la piel, ni mariposas en el estómago, ni quedarse sin aliento. No ahora. No en mitad del parque. No con él.
Varias universitarias se detuvieron en la mesa y le preguntaron sobre los aceites. Ella contestó, explicándoles las propiedades, mientras trataba de fingir que no sentía la presencia de Joe tan intensamente que parecía que la estaba tocando. Vendió dos frascos de esencia de jazmín y notó que él se detenía a sus espaldas.
– ¿Quieres que te deje la tarta de queso?
Ella negó con la cabeza.
– La meteré en la nevera de la tienda.
Creyó que luego él se iría, pero no lo hizo. En vez de eso le deslizó una mano alrededor de la cintura, por el estómago desnudo y la apretó contra su pecho. Gabrielle se quedó helada.
Joe escondió la cara entre su pelo para decirle al oído:
– ¿Ves a ese tío con una sudadera roja y pantalones cortos verdes?
Ella miró al otro lado del pasillo, a la caseta de Madre Alma. El hombre en cuestión parecía igual a otros muchos del festival. Limpio. Normal.
– Sí.
– Ése es Ray Klotz. Tiene una tienda de artículos de segunda mano en la calle principal. Lo arresté el año pasado por comprar y vender vídeos robados. -Extendió los dedos sobre su abdomen y el pulgar acarició el nudo de la blusa bajo los senos-. Ray y yo nos conocemos desde hace tiempo y sería mejor que no me viera contigo.
Ella trató de pensar a pesar del roce de sus dedos contra su piel desnuda, pero lo encontró difícil.
– ¿Por qué? ¿Crees que conoce a Kevin?
– Probablemente.
Ella se volvió hacia él y, al estar descalza, la coronilla le quedó justo debajo de la visera de la gorra. Joe le deslizó los brazos por la espalda y la atrajo hacia su cuerpo hasta que los senos le rozaron el pecho.
– ¿Estás seguro de que se acordará de ti?
Él deslizó la mano libre por su brazo hasta el codo.
– Cuando trabajaba para narcóticos lo arresté por posesión de drogas. Tuve que meterle los dedos en la garganta para hacerle vomitar los condones llenos de cocaína que se había tragado -dijo, con sus dedos acariciándole la espalda de arriba abajo.
– Ah -susurró-. Eso es asqueroso.
– Era la prueba -susurró contra su boca-. No podía dejar que se saliera con la suya y destruyera mi prueba.
Con él tan cerca, oliendo su piel, con el timbre profundo de su voz llenándole la cabeza, lo que decía sonaba casi razonable, como si todo eso fuera normal. Como si la cálida palma de su mano sobre la piel desnuda de Gabrielle no tuviese ningún efecto sobre él.
– ¿Se fue?
– No.
Lo miró a los ojos y preguntó:
– ¿Qué piensas hacer?
En lugar de responder, retrocedió hacia la sombra de la caseta arrastrándola con él. Después levantó la mirada de su pelo.
– ¿Qué voy a hacer sobre qué?
– Sobre Ray.
– Ya pasará de largo. -Él escrutó sus ojos y sus dedos le acariciaron la piel de la espalda-. Si te beso, ¿lo tomarás como algo personal?
– Sí. ¿Y tú?
– No. -Él sacudió la cabeza y sus labios acariciaron los de ella-. Es mi trabajo.
Ella se quedó quieta mientras sentía el muro cálido y sólido de su pecho.
– ¿Besarme es tu trabajo?
– Sí.
– ¿Como lo es cachear a fondo?
– Ajá.
– ¿No llamará la atención de Ray?
– Depende -dijo él contra su boca-. ¿Vas a gemir?
– No. -El corazón de Joe latía con fuerza contra el pecho y ella colocó las manos en sus hombros sintiendo los duros músculos bajos las palmas. Su equilibrio espiritual se tambaleó y se dejó llevar por la vorágine del deseo que la despojó de cualquier tipo de autocontrol-. ¿Vas a gemir tú?
– Podría -suavemente la besó en la boca, luego dijo-: sabes muy bien, Gabrielle Breedlove.
Ella tuvo que recordarse que el hombre que la envolvía entre sus brazos era un auténtico troglodita. No era el compañero de su alma. Ni siquiera se acercaba. Pero sabía bien.
Amoldó su boca a la suya y deslizó la lengua en su interior. Ella no gimió, pero quiso hacerlo. Curvó los dedos sobre la camiseta y la piel, aferrándose a él. Joe ladeó la cabeza y profundizó más el beso, deslizando la palma de la mano hacia un lado para acariciar sus costillas desnudas y hundiendo el pulgar en el ombligo. Y cuando ella estaba a punto de perderse en el beso y rendirse por completo, él se echó hacia atrás y dejó caer las manos.
– Oh, mierda -susurró al lado del oído izquierdo de Gabrielle.
– Joey, ¿eres tú?
– ¿Qué estás haciendo, Joey? -preguntó una voz de mujer en alguna parte detrás de Gabrielle.
– Parece que está haciéndoselo con una chica.
– ¿Con quién?
– No sabía que tenía novia. ¿Lo sabías, mamá?
– No. No me ha dicho nada.
Joe susurró en el oído de Gabrielle.
– Haz todo lo que te diga y con suerte tal vez podamos impedir que nos organicen la boda.
Gabrielle se giró y observó cinco pares de ojos castaños que le devolvían la mirada con obvio interés. Las mujeres estaban rodeadas por un grupo de niños sonrientes y no supo si echarse a reír o esconderse.
– ¿Quién es tu novia, Joey?
Lo miró por encima del hombro. ¿Joey? Profundos surcos rodeaban su boca, mientras un extraño dèja vu le erizaba el vello de los brazos. Sólo que esta vez no era él quien conocía a su familia. Era ella la que conocía a la de él. Si Gabrielle creyera en el destino, podría pensar que su madre estaba en lo cierto, esto era demasiado para ser una coincidencia cósmica. No, no creía en el destino, pero era incapaz de encontrarle otra explicación a las extrañas vueltas que daba su vida desde que había conocido a Joe.
Finalmente, Joe suspiró con resignación e hizo las presentaciones.
– Gabrielle -comenzó-, ésta es mi madre, Joyce. -Apuntó hacia una mujer mayor que llevaba una camiseta con la cabeza de Betty Boop sobre el cuerpo de Rambo. En la cinta de la cabeza de Betty estaba escrito Rambo Boop-. Éstas son mis hermanas, Penny, Tammy, Tanya y Debby.
– Yo también estoy, tío Joey.
– Y yo.
– Y estos son la mayoría de mis sobrinos y sobrinas -dijo, señalándolos uno a uno con el dedo índice-. Eric, Tiffany, Sara, Jeremy, Little Pete y Christy. Hay cuatro más en algún sitio.
– Están o en la alameda o en la pista de baloncesto -aclaró una de sus hermanas.