Gabrielle miró a Joe, y de nuevo a su familia. ¿Había más? El grupo ante ella era bastante abrumador.
– ¿Cuántos sois en total?
– Tengo cinco hijos-contestó Joyce-. Y diez nietos. Por supuesto eso cambiará cuando Joey se case y me dé alguno más. -Se acercó y miró la mesa llena de frasquitos-. ¿Qué son?
– Gabrielle hace algún tipo de aceites -respondió Joe.
– Hago aceites esenciales y aromaterapias -corrigió ella-. Los vendo en mi tienda.
– ¿Dónde está tu tienda?
– Es difícil de encontrar -repuso Joe antes de que ella pudiera abrir la boca, casi como si temiera lo que pudiera decir.
Una de sus hermanas cogió un frasco de jengibre y madera de cedro.
– ¿Es afrodisíaco?
Gabrielle sonrió. Era el momento de que ella invitara al karma del detective Shanahan a probar su propia medicina.
– Algunos de mis aceites de masaje tienen propiedades afrodisíacas. El que tienes en la mano vuelve loco a Joe. -Le pasó el brazo alrededor de la cintura y lo atrajo hacia ella. Esta vez, para variar, sería ella quien disfrutaría enormemente haciéndolo rabiar-. ¿No es verdad…, ricura?
Joe entornó los ojos y ella esbozó una amplia sonrisa.
Su hermana dejó el frasquito y le guiñó un ojo a Joe.
– ¿Cuánto hace que os conocéis?
– Unos días -dijo él dándole un leve tirón en el pelo, lo cual, supuso ella, era para recordarle que lo dejara hablar a él.
Sus hermanas los miraron alternativamente.
– Parece más que unos días. Me dio la impresión de que era un beso serio. ¿No os pareció un beso serio, chicas?
Todas sus hermanas asintieron con la cabeza enfáticamente.
– Parecía como si estuviera tratando de comérsela entera. Diría que es un beso que un hombre da por lo menos después de tres semanas. Definitivamente más que unos días.
Gabrielle apoyó la cabeza en el hombre de Joe y confió:
– Bueno, puede que nos hayamos conocido en otra vida.
Las mujeres de su familia la miraron fijamente.
– Está bromeando -les aseguró él.
– ¡Ah!
– Cuando fuiste por casa el otro día -comenzó su madre-, no mencionaste que tuvieras novia. No nos contaste nada.
– Gabrielle es simplemente una amiga -informó Joe a su familia. Le dio otro leve tirón en el pelo-. ¿No es cierto?
Ella se recostó contra él y deliberadamente puso los ojos en blanco para decir:
– Oh, sí. Claro que sí.
Frunciendo el ceño, él advirtió a las mujeres de delante:
– Que no se os ocurran ideas raras.
– ¿Ideas sobre qué? -preguntó una de sus hermanas abriendo mucho los ojos.
– Sobre que me vaya a casar pronto.
– Tienes treinta y cinco años.
– Por lo menos le gustan las chicas. Nos preocupaba que pudiera ser gay.
– Solía ponerse los tacones rojos de mamá y fingir que era Dorothy en El Mago de Oz.
– Recuerdo que saltó el muro y tuvieron que ponerle puntos en la frente.
– Estaba histérico.
– Joder, tenía cinco años. -Él apretó los dientes-. Y fuisteis vosotras las que me hicisteis disfrazar de Dorothy.
– Pero si te encantaba.
– Chicas, estáis avergonzando a vuestro hermano -amonestó Joyce.
Gabrielle se quitó el brazo de Joe de la cintura y apoyó la muñeca sobre su hombro. Bajo su piel bronceada, sus mejillas estaban sospechosamente rojas, por lo que Gabrielle intentó no reírse.
– Y ahora que ya no te pones tacones rojos, ¿eres un buen partido?
– Ahora ya no tiene que matar a nadie -añadió una de sus hermanas.
– Es un tipo genial.
– Adora los niños.
– Y a las mascotas.
– Es realmente bueno con su loro.
– Y muy hábil con las herramientas.
Como si tanta alabanza no pudiera quedar impune, una de las hermanas se enfrentó a las demás y sacudió la cabeza.
– No, no lo es. ¿Os acordáis cuando cogió mi muñeca Paula Pasitos para intentar que caminara?
– Es cierto. Jamás consiguió volver a ponerle la pierna. Siempre se caía de lado.
– Es verdad, Paula nunca volvió a dar pasitos.
– Bueno -dijo una hermana por encima del resto, recordando a las otras que tenían que hablar bien de Joe-, se lava la ropa.
– Es cierto, y ya no destiñe los calcetines.
– Se gana el sueldo honradamente.
– Y él…
– Tengo todos los dientes -interrumpió Joe, desgranando las palabras-. No se me cae el pelo y aún puedo ponerme duro si me lo propongo.
– Joseph Andrew Shanahan -dijo su madre escandalizada al tiempo que cubría las orejas del niño más cercano.
– ¿No tenéis a otra persona a quien fastidiar? -preguntó.
– Mejor nos vamos. Ya se ha enfadado. -Como si sus hermanas no quisieran poner en evidencia su mal carácter, reunieron rápidamente a los niños y se atropellaron mutuamente al decir adiós.
– Encantada de conoceros -dijo Gabrielle poco antes de que se adentraran en el parque.
– Dile a Joe que te traiga a cenar la semana que viene -dijo Joyce antes de que se diese la vuelta para marcharse.
– ¿De qué iba todo eso? -preguntó Joe-. ¿Estabas haciéndome pagar por lo de ayer?
Ella dejó caer la mano de su hombro y se balanceó sobre los talones.
– Ah, puede que un poco.
– ¿Cómo te sientes?
– Odio admitirlo, pero muy bien, Joe. De hecho, nunca pensé que la venganza sería tan dulce.
– Bueno, disfrútalo mientras puedas -volvió a sonreír-. Pero quien ríe el último, ríe mejor.
Capítulo 10
Joe observó cómo su madre y sus hermanas desaparecían rápidamente entre la gente y frunció el ceño. Habían desistido demasiado rápido. Normalmente cuando él se enfadaba tiraban a matar. No sabía por qué no habían sacado a relucir más historias de cuando eran pequeños, pero sospechaba que tenía que ver con la mujer que tenía al lado. Su familia creía, obviamente, que Gabrielle era su novia de verdad sin importar lo que dijera; la situación en la que los habían pillado un rato antes hacía que, ante sus ojos, todo pareciera real. Lo que no dejaba de asombrarle; creía que simplemente con echar un vistazo a Gabrielle sería suficiente para convencer a su familia de que no era su tipo de mujer.
La recorrió con la mirada: la bella cara, el pelo alborotado y el estómago desnudo y suave, que lo hacía querer caer de rodillas y apretar su boca abierta contra el vientre plano. Vestía un conjunto provocador que delineaba su precioso cuerpo, un conjunto que sus manos no tendrían ningún problema en hacer trizas. Se preguntó si se lo había puesto simplemente con intención de volverlo loco.
– Tienes una familia agradable.
– No son agradables. -Él sacudió la cabeza-. Mis hermanas te hicieron creer que lo son por si te conviertes en su cuñada.
– ¿Yo?
– No te sientas halagada. Son felices con tal de que tenga cerca una mujer. ¿Por qué crees que dijeron todas esas cosas de que soy cariñoso con los niños y las mascotas?
– ¡Ah! -Gabrielle abrió sus grandes ojos verdes con sorpresa-. ¿Hablaban de ti? Menos por la parte humorística, no sabía a quién se referían.
Él cogió la bolsa de papel que había traído del bar.
– Sé buena o le diré a Doug que quieres que te limpie el colon.
La risa suave que surgió de sus labios lo cogió por sorpresa. Nunca le había oído antes una risa genuina y el sonido femenino fue tan dulce y placentero que provocó que sus propios labios se curvaran en una sonrisa inesperada.
– Te veré mañana por la mañana.
– Aquí estaré.
Joe giró y se abrió camino entre el gentío del festival hasta el lugar donde había aparcado el coche. Si no tenía cuidado, ella acabaría por gustarle más de lo que debería. La vería como mucho más que un medio para conseguir un fin y no podía permitir que ella se convirtiese en algo más que su colaboradora. No podía permitirse el lujo de verla como una mujer deseable, alguien a quien querría tener desnuda para recorrerla con la lengua a placer. De ninguna manera podía permitirse estropear aquel caso más de lo que ya estaba.