Su mirada recorrió la multitud, buscando inconscientemente a los drogadictos: adictos al crack, fumadores de marihuana de ojos hinchados o cocainómanos nerviosos buscando su próxima dosis. Todos pensaban que tenían el control, que controlaban el vicio cuando estaba claro que era al revés. Llevaba casi un año sin trabajar en narcóticos, pero había momentos -especialmente cuando estaba en medio de la gente- que aún miraba el mundo a través de los ojos de un agente de narcóticos. Era para lo que había sido entrenado, y se preguntó durante cuánto tiempo pesaría sobre él el adiestramiento que había recibido. Sabía de policías de homicidios que llevaban diez años retirados y aún miraban a las personas como si fueran víctimas o asesinos en potencia.
El Chevy Caprice color beis estaba aparcado en una calle lateral al lado de la biblioteca pública de Boise. Se sentó tras el volante del coche patrulla camuflado y esperó antes de incorporarse al tráfico. Pensó en la sonrisa de Gabrielle, en el sabor de su boca, en la textura de su piel bajo las palmas de sus manos y en el suave muslo que había vislumbrado por la abertura del vestido. El peso del deseo tiró de su ingle e intentó no pensar más en ella. Incluso aunque no fuera tan rara, era un problema. El tipo de problema que le haría patear las calles en un coche patrulla. El tipo de problema que no necesitaba cuando apenas había sobrevivido a la última investigación de asuntos internos. No quería pasar por aquello otra vez. No valía la pena. De ninguna manera.
Hacía menos de un año, pero sabía que nunca olvidaría la investigación judicial del Departamento de Justicia, las entrevistas y por qué se había visto forzado a contestar a sus preguntas. Nunca olvidaría cómo tuvo que perseguir a Robby Martin hasta un callejón oscuro, la explosión de fuego anaranjado de la pistola de Robby y sus propios disparos en respuesta. Durante el resto de su vida recordaría lo que era yacer en aquel callejón sintiendo el tacto frío de la Colt 45 en la mano; recordaría el silencioso aire de la noche roto por las sirenas, y el destello de las luces blancas, rojas y azules asomando entre los árboles y las casas. La cálida sangre que salía por el orificio del muslo y el cuerpo inmóvil de Robby Martin a cinco metros. Sus Nike blancas resaltaban en la oscuridad. Nunca olvidaría los alocados pensamientos que se atropellaron en su mente cuando había gritado al chico que ya no podía oírle.
No fue hasta mucho más tarde, en la cama del hospital -con la pierna inmovilizada por una abrazadera de metal que parecía el juguete de un niño-, mientras su madre y sus hermanas lloraban sobre su cuello y su padre lo observaba desde los pies de la cama, que empezó a darle vueltas a todo lo sucedido, repasando mentalmente todos sus movimientos.
Tal vez no debería haber perseguido a Robby hasta aquel callejón. Tal vez debería haber dejado que escapara. Sabía dónde vivía el chico, quizá debería haber esperado refuerzos e ir directamente hacia su casa.
Quizá, pero su trabajo era perseguir a los malos. La comunidad quería las drogas fuera de las calles, ¿no?
Bueno, en teoría.
Si el nombre de Robby hubiera sido Roberto Rodríguez, a nadie, salvo a la familia del chico, le hubiera importado. Ni siquiera habría sido noticia, pero Robby tenía todo el aspecto de un joven prometedor. Un chico típico de Estados Unidos. Un chico caucasiano típico de Estados Unidos con dientes perfectos y una sonrisa angelical. La mañana después del tiroteo, el Idaho Statesman había publicado una foto de Robby Martin en primera plana. Su pelo tan claro como el de un surfista y sus grandes ojos azules miraron a los lectores sobre su café matutino.
Y los lectores vieron esa cara y comenzaron a preguntarse si había sido necesario que el agente infiltrado disparara a matar. No importaba que Robby hubiera huido de la policía, ni que hubiera disparado primero o que tuviera un largo historial por abuso de drogas. En una ciudad en auge -una ciudad que tendía a achacar todos sus problemas al flujo de extranjeros y gente de otros estados-, un camello de diecinueve años de cosecha propia nacido en un hospital del centro, no coincidía en absoluto con la imagen que los ciudadanos tenían de sí mismos y de su ciudad.
Por lo tanto, cuestionaron al cuerpo de policía. Se preguntaron si al Departamento de Policía no le haría falta una inspección de asuntos internos y si tenían entre ellos a un policía renegado al que le gustaba matar a sus jóvenes.
El jefe de policía había aparecido en las noticias locales recordando el historial delictivo de Robby. Toxicología había encontrado rastros significativos de metadona y marihuana en su sangre. El Departamento de Justicia y asuntos internos habían limpiado el nombre de Joe y habían determinado que el uso del arma había sido necesario. Sin embargo, la gente seguía dándole vueltas al asunto cada vez que la foto de Robby aparecía en los periódicos o salía en la televisión.
Joe se había visto obligado a ir al psicólogo de la policía, pero le había dicho poca cosa. ¿Qué podía decir en realidad? Él había matado a un chico que ni siquiera era hombre. Había acabado con su vida. Tenía justificación; se había visto forzado a hacerlo. Sabía a ciencia cierta que habría sido él quien hubiese muerto si Robby hubiera apuntado mejor. No tenía otra opción.
Eso es lo que se había dicho a sí mismo. Eso es lo que había tenido que creer.
Después de pasarse dos meses encerrado en casa sin poder hacer nada y cuatro meses más de fisioterapia intensa, Joe había sido dado de alta, listo para volver al trabajo. Pero no a narcóticos, sino a la brigada antirrobos. Así era como lo habían llamado, un traslado. Él, en cambio, lo llamaba degradación, como si lo hubieran castigado por cumplir con su trabajo.
Aparcó el Caprice a media manzana de Anomaly. Cogió una lata de pintura y una bolsa llena de pinceles y rodillos. A pesar de su traslado nunca consideró un error lo sucedido con Robby en aquel callejón. Era triste y desafortunado, algo sobre lo que no quería pensar -sobre lo que se negaba a hablar-, pero no un error.
No como Gabrielle Breedlove. Eso sí había sido un jodido error. La había subestimado a base de bien. ¿Quién hubiera imaginado que se sacaría de entre las manos un plan tan desastroso como para atraerle al parque con una vieja Derringer y un bote de laca?
Joe entró en la tienda por la puerta de atrás y dejó la pintura y la bolsa con los materiales sobre el mostrador al lado del fregadero. Mara Paglino estaba en el otro extremo del mostrador desempaquetando la mercancía de la tienda que había recibido el día anterior. No parecían ser antigüedades.
– ¿Qué es eso?
– Gabrielle pidió algunas piezas de cristal Baccarat. -Sus ojos castaños lo miraron intensamente. Se había rizado su grueso cabello negro y pintado los labios de color rojo brillante.
Desde el momento en que la había visto había sido consciente de que podía encapricharse con él. Lo seguía a todas partes y se ofrecía para llevarle cualquier cosa. Aunque era halagador, la mayor parte del tiempo se sentía incómodo. Era sólo un año o dos mayor que Tiffany, su sobrina, y Joe no estaba interesado en las chicas de esa edad. A él le gustaban las mujeres. Mujeres totalmente desarrolladas a las que no tenía que enseñar qué hacer con las manos y la boca. Mujeres que sabían cómo mover su cuerpo para crear la fricción adecuada.
– ¿Quieres ayudarme? -preguntó ella.
Él sacó un pincel de la bolsa.
– Creía -dijo- que irías al parque a ayudar a Gabrielle.
– Iba a ir, pero Kevin me dijo que tenía que desempaquetar todo este cristal y quitarlo de en medio por si hoy querías empezar con la encimera de la cocina.