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Sus habilidades en carpintería no se extendían hasta el punto de reemplazar encimeras.

– No empezaré hasta la semana que viene. -En realidad esperaba no tener que preocuparse de eso la semana siguiente-. ¿Kevin está en la oficina?

– No ha vuelto aún de almorzar.

– ¿Quién está atendiendo la tienda?

– Nadie, pero oiré la campana cuando entre un cliente.

Joe agarró un pincel y la pintura, y se fue al pequeño almacén. Ésta era la parte del trabajo encubierto que le ponía nervioso, esperar a que el sospechoso hiciera el siguiente movimiento. Sin embargo, suponía que trabajar dentro de la tienda era mejor que estar sentado fuera en un coche camuflado y engordando a base de perritos calientes. Era algo mejor, pero no mucho.

Cubrió el suelo con una tela vieja y apoyó contra la pared las guías para los estantes que había hecho el día anterior. Mara lo siguió como un perrito faldero y charló sin parar sobre los tipos inmaduros de la universidad con los que había salido. Se fue cuando sonó la campana, pero reapareció poco después para recordarle que estaba disponible para un hombre mayor.

Cuando Kevin regresó, Joe acababa de terminar de pintar los dos estantes y se disponía a pintar las paredes del almacén. Kevin recriminó a Mara con la mirada y la envió a ayudar a Gabrielle, dejándolos solos.

– Creo que anda detrás de ti -le dijo Kevin mientras Mara le dedicaba una última mirada sobre el hombro y salía por la puerta.

– Bueno, puede ser. -Joe se llevó una mano al hombro contrario para frotárselo y luego estiró el brazo sobre la cabeza. Odiaba admitirlo pero le dolían los músculos. Se mantenía en forma, así que no era por la falta de ejercicio. Sólo había otra explicación. Se estaba haciendo viejo.

– ¿Gabrielle te paga lo suficiente como para trabajar con músculos doloridos? -Kevin vestía un traje de diseño. En una mano llevaba la bolsa de una tienda de ropa de fiesta y en la otra una bolsa con ropa interior femenina de la tienda que había calle abajo.

– Me paga suficiente. -Dejó caer los brazos-. El dinero no lo es todo.

– Entonces nunca has sido pobre. Yo sí, amigo, y eso le marca. Te influye durante el resto de tu vida.

– ¿Lo crees así?

– La gente te juzga por la marca de la camisa y el lustre de los zapatos. El dinero sí lo es todo. Sin él creen que eres basura. Y las mujeres, olvídate. No tienes nada que hacer con ellas. Y punto.

Joe se sentó encima del baúl y cruzó los brazos.

– Depende de a qué clase de mujeres estés tratando de impresionar.

– Sólo a las de clase alta. Las mujeres que conocen la diferencia entre un Toyota y un Mercedes.

– Ah. -Joe recostó la cabeza contra la pared y miró al hombre ante él-. Esas mujeres cuestan dinero de verdad y en efectivo. ¿Tienes esa clase de dinero?

– Sí, y si no lo tengo, sé cómo conseguirlo. Sé cómo conseguir las cosas que quiero.

«Bingo.»

– ¿Cómo lo haces?

Kevin sólo sonrió y negó con la cabeza.

– No lo creerías aunque te lo contara.

– Prueba -insistió Joe.

– Me temo que no puedo.

– ¿Inviertes en bolsa?

– Invierto en mí, Kevin Carter, y eso es todo lo que pienso decirte.

Joe sabía cuándo dejar de presionar.

– ¿Qué llevas en la bolsa? -preguntó señalando la mano de Kevin.

– Celebro la fiesta de cumpleaños de mi novia, China.

– ¿En serio? ¿Es China su nombre real o su apellido?

– Ni lo uno ni lo otro -se rió Kevin entre dientes-. Pero prefiere ese nombre al suyo, Sandy. Le mencioné la fiesta a Gabe esta mañana cuando pasé por la caseta. Me dijo que teníais otros planes.

Joe creía que le había dejado bien claro a Gabrielle que tenía que dejar de entorpecer la investigación. Obviamente, iba a tener que hablar con ella otra vez.

– Creo que podremos pasarnos un rato por la fiesta.

– ¿Estás seguro? Parecía dispuesta a pasar la tarde en casa.

Normalmente, Joe no era el tipo de tío que se sentaba a hablar de mujeres con otro hombre. Pero esto era diferente, era su trabajo y sabía cómo hacerlo. Se inclinó hacia delante ligeramente como si compartiera un secreto.

– Bueno, aquí entre nosotros, Gabrielle es una ninfómana.

– ¿En serio? Siempre creí que era algo puritana.

– Sólo lo parece. -Se reclinó y sonrió abiertamente como si él y Kevin pertenecieran a la misma hermandad-. Pero creo que puedo mantenerla a distancia unas cuantas horas. ¿A qué hora es la fiesta?

– A las ocho -le replicó Kevin encaminándose a la oficina.

Joe se quedó allí pintando durante las dos horas siguientes. Por la tarde, después de cerrar Anomaly, fue hasta la comisaría de policía y repasó el informe diario del robo Hillard. No había demasiada información nueva desde esa mañana. Kevin se había encontrado con una mujer sin identificar para almorzar en un restaurante del centro de la ciudad. Había comprado cosas para la fiesta en el Circle K y en el Big Gulp. Cosas excitantes.

Joe informó de la conversación con Kevin y le hizo saber a Luchetti que había sido invitado a la fiesta que daba en su casa. Luego cogió un montón de papeleo de oficina y se fue a casa con Sam.

Para cenar, hizo costillas a la parrilla y se comió la ensalada de pasta que su hermana Debby le había dejado en la nevera mientras él estaba trabajando. Sam estaba posado sobre la mesa al lado de su plato y se negaba a comerse las semillas y las zanahorias baby.

– Sam quiere a Joe

– No puedes comer mis costillas.

– Sam quiere a Joe… Braack.

– No.

Sam parpadeó con sus ojos negros y amarillos y levantó el pico imitando el timbre del teléfono.

– Ni te molestes. -Joe atravesó con el tenedor algunos macarrones y se sintió ridículo hablando con su loro de dos años-. El veterinario dice que tienes que comer menos y hacer más ejercicio o enfermarás del hígado.

El ave voló a su hombro, luego descansó la cabeza cubierta de plumas contra la oreja de Joe.

– Lorito bonito.

– Estás gordo. -Se mantuvo firme durante la cena y no le dio de comer, pero cuando el loro imitó una de las frases favoritas de Joe de la película de Clint Eastwood, se ablandó y le dio trocitos de la tarta de queso de Ann Cameron. Era tan buena como había afirmado, así que suponía que le debía un café. Trató de recordar a Ann de niña y le vino la imagen de una chica con gafas sentada sobre uno de aquellos sofás de terciopelo verde esmeralda de la casa de sus padres, mirándolo fijamente mientras esperaba a su hermana Sherry. Por entonces debía de tener diez años, seis menos que él. La misma edad de Gabrielle.

Pensar en Gabrielle le produjo un agudo dolor de cabeza. Se pellizcó el puente de la nariz e hizo un gran esfuerzo mental para resolver qué hacer con ella. No tenía ni idea.

Mientras el sol recorría el valle en su camino hacia el crepúsculo, Joe puso a Sam en el aviario e introdujo la cinta de Harry el Sucio en el vídeo. Junto al show de Jerry Springer, «Too Hot For Televisión», era la película que más le gustaba a Sam. En el pasado, había tratado de animarlo a ver algún vídeo de Disney o «Barrio Sésamo», o cualquiera de las cintas educativas que había comprado. Pero Sam era adicto a Jerry y, como la mayoría de los padres con sus chicos, Joe no podía negarle nada.

Condujo hacia la pequeña casa de ladrillo a través de la ciudad y aparcó el Bronco junto al bordillo. Una luz rosada resplandecía en el porche encima de la puerta principal. Algunas noches antes, la bombilla había sido verde. Joe se preguntó si el cambio de iluminación tendría algún significado, pero supuso que era mejor no preguntar.