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Un par de ardillas corrieron velozmente por el césped y la acera, y subieron raudas por la corteza de un roble antiguo. A media altura, hicieron un alto para mirarlo, con las puntas de sus colas ocultas entre las ramas. Su parloteo inquieto llenó sus oídos, como si lo acusaran de pretender robar su escondite. Le gustaban las ardillas menos aún que los gatos.

Joe golpeó la puerta de Gabrielle tres veces antes de que se abriera. Estaba parada delante de él con una gran camisa blanca que se abotonaba por delante. Sus ojos verdes se agrandaron y la cara se le puso del color de la grana.

– ¡Joe! ¿Qué haces aquí?

Antes de responder a la pregunta, dejó que su mirada la recorriera, desde los rizos cobrizos que caían de la coleta de su cabeza a la cinta con abalorios de cáñamo que llevaba atada alrededor del tobillo. Llevaba la camisa remangada por los codos y le llegaba dos centímetros por encima de las rodillas desnudas. Por lo que podía ver, no llevaba puesto nada más a excepción de las pequeñas manchas de pintura que salpicaban la piel y la camisa.

– Necesito hablar contigo -dijo él, volviendo a mirar sus mejillas cada vez más coloradas.

– ¿Ahora? -Ella miró hacia otro lado como si la hubiera atrapado haciendo algo ilegal.

– Sí, ¿qué andas haciendo?

– ¡Nada! -Parecía tan culpable como el pecado.

– La otra noche te dije que no interfirieras en la investigación, pero por si acaso no me entendiste, te lo diré de nuevo. Deja de proteger a Kevin.

– No lo hago. -La luz del interior de la casa quedó atrapada en su pelo e iluminó la camisa blanca desde atrás, perfilándole los senos y las delgadas caderas.

– Rechazaste una invitación para ir a la fiesta que da mañana por la noche. Yo la acepte.

– No quiero ir. Kevin y yo somos amigos y socios, pero no hacemos vida social. Siempre he pensado que era más conveniente que no nos viéramos fuera del trabajo.

– Es una pena. -Joe esperó a que lo invitara a pasar, pero no lo hizo. En lugar de eso se cruzó de brazos llamando la atención sobre la mancha negra de su pecho izquierdo.

– Los amigos de Kevin son superficiales. No lo pasaremos bien.

– No vamos para pasarlo bien.

– ¿Vas a buscar el Monet?

– Sí.

– De acuerdo, pero nada de besos.

Él se balanceó sobre los talones y la miró con los ojos entornados. La petición era perfectamente razonable pero lo irritaba más de lo que se atrevía a admitir.

– Te dije que no te lo tomaras como algo personal.

– Y no lo hago, pero no me gusta.

– ¿No te gusta qué? ¿Besarme o tomártelo como algo personal?

– Besarte.

– Tauro, intenso y ardiente.

– Estás equivocado.

Él sacudió la cabeza y dijo con una sonrisa:

– Creo que no.

Ella suspiró.

– ¿Es eso todo lo que querías, detective?

– Te recogeré a las ocho. -Se volvió para marcharse, pero se paró y la miró por encima del hombro-. Y, Gabrielle…

– ¿Sí?

– Ponte algo sexy.

Gabrielle cerró la puerta y se recosió contra ella. Se sintió aturdida y excitada como si hubiera conjurado a Joe de alguna manera. Inspiró profundamente y se llevó una mano a su corazón desbocado. La aparición de Joe en el porche justo en ese momento debía de ser por alguna clase de suceso fortuito.

Desde que él se había ido de la caseta aquella tarde, Gabrielle había sentido un abrumador deseo de pintarle otra vez. Esta vez de pie dentro del aura roja. Desnudo. Después de regresar a casa tras un exitoso día en el Coeur Festival, había entrado inmediatamente en el estudio para preparar una tela. Esbozó y pintó su cara y los duros músculos de su cuerpo inspirándose en el David de Miguel Ángel. Acababa de empezar a pintar las partes privadas de Joe cuando llamó. Había abierto la puerta y allí estaba él. Durante unos angustiosos segundos había temido que de alguna manera supiera lo que estaba haciendo. Se había sentido culpable, exactamente igual que si la hubiera pillado mirándolo desnudo.

No creía en el destino. Creía en la libertad de elección, pero no podía ignorar que aquella coincidencia le había puesto los pelos de punta.

Gabrielle se apartó de la puerta y se encaminó al estudio. Estaba convencida de lo que le había dicho a Joe, nada de besos. Pero aunque encontraba que mentir le resultaba mucho más fácil que hacía una semana, no se podía mentir a sí misma. Por razones que no podía explicar, estar cerca de Joe con el aliento rozándole la mejilla y sus labios acariciando los suyos no era tan desagradable. No, no era desagradable en absoluto.

Gabrielle creía que el amor se debía expresar honesta y abiertamente, pero no en un parque abarrotado y mucho menos con el detective Joe Shanahan. A él no le importaba ella y le había dejado completamente claro que consideraba que besarla era parte de su trabajo. Había pensado en su reacción al beso de Joe y había llegado a la conclusión lógica de que su contacto había alterado sus biorritmos y puesto todo del revés. Como un ataque de hipo o una interferencia en la energía vital que conectaba cuerpo, mente y alma.

Si Kevin los descubría discutiendo otra vez, o si a Joe lo veía alguien que le conociera, iba a tener que improvisar. Pero nada de estrecharse contra él, llenándose los sentidos con el perfume de su piel. No más besos impersonales que le llegaban a lo más hondo y la dejaban sin aliento. Y de ninguna manera pensaba ponerse algo sexy para él.

Cuando a la tarde siguiente sonó el timbre de la puerta, Gabrielle creía que estaba absolutamente preparada para Joe. Ninguna sorpresa más. Tenía todo bajo control y si él hubiera llevado vaqueros y una camiseta, habría conservado la calma. Pero fue echarle una mirada y su equilibrio interior se esfumó a algún lugar del cosmos.

Se había afeitado la sombra de barba que le oscurecía las mejillas a última hora de la tarde y los pómulos bronceados estaban suaves. Su polo era de seda negra y se ajustaba perfectamente al ancho pecho y al estómago plano. Un cinturón ceñía los pantalones grises de vestir. En lugar de viejas zapatillas de deporte o botas de trabajo, llevaba mocasines de ante. Olía maravillosamente bien y lucía aún mejor.

A diferencia de Joe, Gabrielle no se había tomado la molestia de arreglarse. Se había vestido para estar cómoda con una sencilla blusa blanca y un vestido pichi a cuadros azules y blancos que le llegaba justo por la rodilla. Llevaba muy poco maquillaje y no había tratado de hacer nada diferente con el pelo, simplemente lo había dejado suelto y rizado para que le cayera sobre la espalda como siempre. Su única concesión a la moda eran los pendientes de plata de las orejas y el anillo del dedo corazón de la mano derecha. No llevaba medias y calzaba unas zapatillas de lona. Creía que no se la podría considerar sexy bajo ningún concepto.

Él arqueó una ceja haciéndole saber que eso era lo que opinaba.

– ¿Dónde has dejado a Toto?-preguntó Joe, refiriéndose al perrito de Dorothy la protagonista de El Mago de Oz.

Tampoco estaba tan mal vestida.

– Oye, no soy yo quien se ponía los tacones rojos de mamá para saltar muros.

Él la fulminó con la mirada.

– Tenía cinco años.

– Eso es lo que dicen todos. -Salió al porche y cerró la puerta con llave-. Además, estoy segura de que es una fiesta informal. -Dejó caer las llaves en su gran bolso de ganchillo y se enfrentó a él. Joe no retrocedió ni un centímetro y su brazo desnudo le acarició el pecho.

– Lo dudo. -Joe la tomó del codo como si fuera una cita real y la condujo al horrible coche beis que tan bien recordaba. La última vez que había viajado en él iba esposada en el asiento trasero-. Conozco a Kevin y dudo que haga nada informal, aunque tal vez se deje llevar en el sexo.

El calor de la palma de su mano se extendió por su brazo hasta las puntas de los dedos. Se obligó a caminar serena a su lado, como si su contacto no la hiciera desear poner pies en polvorosa. Como si en realidad estuviera tan calmada y relajada como Joe. Trató de ignorar las sensaciones que le hacían sudar las palmas de las manos y ni se molestó en comentar la opinión que Joe tenía de Kevin, porque además, lo que había dicho se acercaba bastante a la verdad. Pero lo que hacía Kevin no era ni mejor ni peor que lo que hacían otros hombres.