– Ayer me dio la impresión de que tenías un Bronco.
– Así es, pero Kevin piensa que soy un perdedor nato. Y quiero que lo siga pensando -dijo, y se inclinó hacia delante para abrir la puerta del pasajero. Le rozó otra vez el pecho con el brazo y ella aspiró profundamente por la nariz, preguntándose si su colonia era una combinación de cedro y neroli o tenía algo más.
– ¿Por qué haces eso?
– ¿El qué?
– Husmear con la nariz como si oliera mal. -Le soltó el codo y ella sintió que por fin podía relajarse.
– Son imaginaciones tuyas -le dijo, y se metió en el coche.
A diferencia de Joe el interior del coche olía tan horriblemente mal como el día que la había arrestado. Como a aceite de motor, pero al menos los asientos estaban limpios.
El recorrido a casa de Kevin le llevó menos de diez minutos y Joe usó todo ese tiempo para recordarle el contrato de colaboración que había firmado.
– Si Kevin es inocente -dijo él-, no necesita tu ayuda. Y si es culpable, no puedes protegerlo.
El aire fresco acarició sus brazos y piernas desnudos. Deseó haberse quedado en casa. Deseó haber podido elegir.
Gabrielle había ido a casa de Kevin en varias ocasiones, pero nunca se había fijado demasiado en ella. La moderna estructura de dos plantas estaba situada en la ladera de una montaña y tenía una espectacular vista de la ciudad. El interior estaba decorado con mármol, madera y acero, y parecía tan acogedor como un museo de arte moderno.
Gabrielle y Joe se acercaron juntos por la acera, hombro con hombro, sin apenas tocarse.
– ¿Qué pasa si uno de los amigos de Kevin te reconoce? ¿Qué harás entonces?
– Ya improvisaré algo.
Eso era exactamente lo que temía.
– ¿Como qué?
Joe tocó el timbre de la puerta y esperaron allí uno al lado del otro, con la mirada en la puerta.
– ¿Te asusta estar a solas conmigo?
«Un poco.»
– No.
– Pareces preocupada.
– No estoy preocupada.
– Parece como si tal vez no te fiaras de ti misma.
– ¿Sobre qué?
– Sobre tener las manos quietas.
Antes de que pudiera responder, se abrió la puerta y comenzó la charada. Joe le rodeó los hombros con el brazo, el calor de su mano le calentaba la piel a través de la delgada tela de la blusa.
– Me preguntaba si al final apareceríais. -Kevin dio un paso atrás y entraron. Como siempre, parecía como si acabara de posar para el GQ.
– Te dije que podría sacarla de casa durante unas horas.
Kevin recorrió con la mirada el peto del vestido de Gabrielle y arrugó el ceño.
– Gabe, ésta es una imagen nueva de ti. Interesante.
– No estoy tan mal -se defendió.
– No si vives en Kansas. -Kevin cerró la puerta y le siguieron hacia la sala de estar.
– No me parezco a Dorothy. -Gabrielle recorrió con la mirada el pichi azul a cuadros para cerciorarse-. ¿De veras me parezco a ella?
Joe la apretó contra su costado.
– No te preocupes, te protegeré de los monos voladores.
Ella lo miró a los ojos, a sus iris color chocolate y las tupidas pestañas; no eran los monos voladores lo que más la preocupaban.
– ¿Por qué no le das el bolso a Kevin para que lo guarde en alguna parte?
– Lo dejaré en el dormitorio de invitados -propuso Kevin.
– Prefiero tenerlo conmigo.
Joe se lo quitó y se lo dio a Kevin.
– Te provocará una tendinitis.
– ¿El bolso?
– Nunca se sabe -replicó Joe mientras Kevin se marchaba con el bolso.
La sala de estar, la cocina y el comedor compartían el mismo espacio amplio y la espectacular vista de la ciudad. Un pequeño grupo de invitados hablaba en la barra mientras la voz profunda de Mariah Carey llenaba la casa con todas las octavas que lograba sacar a sus cuerdas vocales. Gabrielle no tenía nada personal contra Mariah, pero creía que a la diva le vendría bien una lección de humildad. Paseó la mirada por la estancia, desde la piel de cebra del respaldo del sofá a los artefactos africanos desperdigados por la habitación. Kevin también necesitaba una lección.
Cuando su socio regresó, les presentó a sus amigos, un grupo de empresarios que estaban, por lo que Gabrielle pudo apreciar, mucho más preocupados por el estado de sus cuentas corrientes que por el estado de sus conciencias. Joe mantuvo el brazo sobre Gabrielle mientras saludaban a un matrimonio que poseía una cadena de cafeterías de moda. Otros vendían vitaminas, ordenadores o propiedades inmobiliarias y, aparentemente, lo hacían muy bien. Kevin les presentó a su novia, China, aunque Gabrielle habría jurado que se llamaba Sandy la última vez que la vio. Igual que su nombre actual, la mujer era pequeña, rubia y perfecta, y Gabrielle sintió un deseo abrumador de encoger los hombros.
Junto a China se encontraba una amiga suya igual de perfecta y pequeña, Nancy, que ni siquiera fingía estar interesada en nada de lo que Gabrielle pudiera decir. Centraba su atención en el hombre que permanecía pegado a ella. Al mirarlo de reojo, observó que en su boca se formaba una sonrisa apreciativa. Su mirada paseó por los pechos de Nancy y cambió el peso de un pie a otro. La cálida mano se deslizó del hombro de Gabrielle a su espalda, luego se metió las manos en los bolsillos de los pantalones y dejó de tocarla.
Debería haberse alegrado. De hecho lo hizo. Sólo se sentía un poco dejada de lado y algo más. Algo muy parecido a los celos que le hacía sentirse incómoda, pero no podían ser celos porque (a) Joe no era realmente su novio; (b) él no le importaba nada; y (c) no se sentía atraída por hombres tan poco espirituales.
Kevin dijo algo que Joe debió de encontrar sumamente gracioso porque echó hacia atrás la cabeza y rió, mostrando aquellos dientes tan blancos y la garganta tersa y bronceada. Aparecieron unas arruguitas en los contornos de sus ojos y el suave sonido de su risa penetró en Gabrielle para asentarse en su pecho.
Alguien más dijo algo y todos se rieron. Excepto Gabrielle. No creía que hubiera nada de qué reírse. No, no había absolutamente nada gracioso en la pequeña punzada que sintió bajo el esternón, ni en el ardiente fuego líquido que atravesó sus venas despertando un deseo que encontró imposible de ignorar.
Capítulo 11
Gabrielle se metió en la boca un espárrago y miró su reloj de pulsera plateado. Las nueve y media. Parecía bastante más tarde.
– Si no tienes cuidado, Nancy te va a robar el novio.
Gabrielle miró por encima del hombro a Kevin, luego devolvió la mirada al policía encubierto al que obviamente se le había olvidado que tenía una novia y que supuestamente debía estar buscando el Monet del señor Hillard.
A menos que Nancy ocultara la pintura debajo de la ropa, Joe no iba a encontrarla hablando con ella. Estaba de pie, al otro lado de la estancia, con un brazo apoyado sobre la barra y un vaso medio lleno en la mano. Su cabeza se inclinaba hacia Nancy como si no pudiera soportar perderse ninguna de las fascinantes palabras que salían de los labios rojos de la mujer.
– No me preocupa. -Gabrielle cogió un aperitivo de baguette con queso Brie.
– Pues debería. A Nancy le gusta robar esposos y novios.
– ¿Cómo os fue hoy en la tienda? -preguntó, cambiando de tema adrede y captando la atención de Kevin.
– Vendimos algunas piezas importantes y aquella gran cesta de mimbre para picnic. En total unos cuatrocientos dólares. Supongo que no está mal para ser junio. -Se encogió de hombros-. ¿Y a ti cómo te fue con los aceites?