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– Vendí casi todo. A las dos sólo me quedaban unos frascos de filtro solar. Así que recogí y pasé el resto del día en casa pintando y echando una siesta.

Le dio un mordisquito al aperitivo de baguette, y su mirada atravesó de nuevo la habitación. Ahora se sonreían el uno al otro y se preguntó si Joe se estaría citando con Nancy para luego. Hacían buena pareja. Nancy no sólo era menuda sino que también tenía una imagen pálida y frágil como si necesitara un hombre que la protegiera. Un tío cachas que pudiera echársela al hombro y salvarla de cualquier peligro. Un hombre como Joe.

– ¿Estás segura de que no te preocupan Joe y Nancy?

– En absoluto. -Para probárselo, les dio la espalda decidida a olvidarse del detective Shanahan. Habría tenido éxito si su risa ronca y profunda no le hubiera llegado por encima del ruido de la estancia recordándole su posición exacta junto a la barra, al lado de la pequeña rubia del diminuto vestido-. ¿A que no adivinas a quién vi hoy? -preguntó a Kevin, tratando de distraerse-. A ese chico con el que salía el año pasado, Ian Raney. Da tratamientos Reiki en el Healing Center. Tiene una caseta en el festival y cura auras.

– Era un poco raro. -Kevin se rió entre dientes.

– Ahora es gay. -Frunció el ceño-. O tal vez ya lo era antes y yo no me di cuenta.

– ¿En serio? ¿Cómo sabes que ahora es gay?

– Me presentó a su amigo Brad. -Se metió el resto del aperitivo en la boca y luego tomó un sorbo de vino blanco-. Y no había ninguna duda acerca de la orientación sexual de Brad.

– ¿Algo de pluma?

– Mucha, y siento decir esto, pero ¿cómo pude salir con un gay y no darme cuenta? ¿No se nota?

– Bueno, ¿trató de meterse en la cama contigo?

– No.

Kevin le rodeó los hombros con el brazo para darle un apretón reconfortante.

– Ahí lo tienes.

Ella miró sus familiares ojos azules y sintió que se relajaba un poco. Había tenido este tipo de conversaciones con Kevin en el pasado, sentados los dos en la oficina en días con poco trabajo, con los pies encima de la mesa, ignorando los mil y un detalles de dirigir un pequeño negocio mientras hablaban de cualquier cosa.

– No todos los hombres son como tú.

– Sí lo son. Pero la mayoría de ellos no van a ser sinceros si creen que tienen la menor posibilidad de anotarse un tanto. Yo lo soy porque sé que no tengo nada que hacer contigo.

Se rió y tomó otro sorbo de vino. Kevin podía ser tan superficial como el resto de sus amigos, pero no era así con ella. No sabía cómo podía manejar dos personalidades diferentes, aunque lo hacía. Con ella era sincero, accesible y muy divertido; casi podía conseguir que se olvidara del hombre del otro extremo de la estancia o de por qué estaba allí.

– ¿Así que sólo me dices la verdad porque sabes que nunca vamos a mantener relaciones sexuales?

– Más o menos sí.

– Si pensaras que hay alguna posibilidad, ¿mentirías?

– Como un cosaco.

– ¿Y crees que todos los hombres son como tú?

– Absolutamente. Si no me crees, pregunta a tu novio. -Dejó caer la mano de su hombro.

– ¿Preguntarme qué?

Gabrielle se volvió y se encontró bajo la atenta mirada de Joe. Se le puso un nudo en el estómago e intentó convencerse de que era por el Brie. No quería ni imaginarse que fuera por otra razón que la sabrosa comida.

– Nada.

– Gabrielle no cree que los tíos mentimos a las mujeres para meternos en su cama.

– Dije que no creía que lo hicieran todos los tíos -aclaró ella.

Joe miró a Kevin, luego devolvió la mirada a Gabrielle y deslizó la mano al hueco de su espalda.

– Esta es una de esas preguntas trampa, ¿no? Diga lo que diga estoy jodido.

Un cálido estremecimiento le recorrió la espalda y se apartó de su mano. No quería pensar en cómo la afectaban la mirada o el tacto de cierto hombre en particular.

– La verdad es que ya estás jodido de cualquier manera. Quizá deberías prestarle más atención a Gabrielle y menos a Nancy -dijo Kevin, notando la reacción de Gabrielle e interpretando, erróneamente, que eran celos. Por supuesto que no lo eran.

– Gabrielle sabe que no tiene por qué preocuparse de otras mujeres -dijo tomando su copa y colocándola sobre la mesa-. Siento una verdadera fascinación por esa marca que tiene en el interior del muslo. -Llevó la mano a su boca y le dio un beso en los nudillos-. Se podría decir que me tiene obsesionado.

Él clavó los ojos en ella por encima de la mano. Sus dedos temblaron y Gabrielle trató de recordar si tenía una marca en algún sitio, pero no pudo.

– ¿Te apetece algo? -preguntó contra sus nudillos.

– ¿Qué? -«¿Se estaba refiriendo realmente a comida?»-. No tengo hambre.

– ¿Nos vamos a casa entonces?

Ella asintió con la cabeza lentamente.

– ¿Ya os vais? -preguntó Kevin.

– Hoy hace un mes que nos conocimos -aclaró Joe bajando la mano y abrazándola con fuerza-. Soy un poco sentimental para estas cosas. Vamos a despedirnos y a recuperar tu bolso.

– Yo lo traeré -ofreció Kevin.

– No te molestes, ya lo cogemos nosotros -insistió Joe.

Despedirse de los amigos de Kevin les llevó aproximadamente tres minutos la mayoría de los cuales se dedicaron a convencer a Nancy de que realmente tenían que marcharse ya. Joe entrelazó los dedos con los de ella y atravesaron la habitación cogidos de la mano. Si hubieran sido pareja de verdad, ella podría haber apoyado la cabeza sobre su hombro y él habría vuelto ligeramente la cara para depositarle un beso suave en la mejilla o susurrar algo tierno en su oído. Pero no había nada suave ni tierno en Joe, y no eran pareja. Era una mentira y se preguntó por qué no se daba cuenta nadie.

La cálida sensación de su contacto provocó en ella un deseo físico aún más ardiente, pero esta vez tenía la mente y el espíritu bajo control. Por si acaso, apartó la mano y puso distancia entre ellos. La verdad, no entendía cómo Kevin podía estar tan ciego.

Kevin miró la espalda de Gabrielle mientras se alejaba con su novio. Observó cómo soltaba la mano de Joe y supo que estaba molesta por algo. Pero fuera lo que fuese, Kevin estaba seguro de que su novio se lo haría olvidar. Los tíos como Joe siempre se salían con la suya. Podían ser perdedores y aun así siempre conseguían lo que querían. No como Kevin. Si él quería algo, tenía que tomarlo.

Echó un vistazo alrededor, a sus jóvenes y ricos invitados que comían su comida, bebían su bebida y disfrutaban de su bella casa. Había llenado su hogar de pinturas maravillosas y antigüedades delicadas. Tenía una de las mejores vistas de la ciudad, pero nada de eso había sido barato. Se lo había trabajado, aunque sólo mirar a alguien como Joe hacía que volviera a tener hambre y que en su cabeza volviera a resonar el viejo soniquete de que nada era suficiente, nunca era suficiente. Suficiente dinero o ropa, suficientes casas espectaculares o coches veloces. Suficientes mujeres bellas para no sentirse en desventaja ante cualquier otro tío del planeta. Para no sentirse invisible. Su hambre interior era insaciable y algunas veces temía que nada fuera suficiente.

– Espérame aquí -ordenó Joe en cuanto estuvieron fuera de la vista de Kevin y sus amigos-. Si viene alguien, habla alto y no dejes que entre en la habitación.

– ¿Qué vas a hacer? -preguntó Gabrielle mientras lo observaba colarse en el interior de una de las habitaciones. El cerró la puerta sigilosamente sin contestar, dejándola sola en el pasillo.

Ella permaneció inmóvil, esperando que él se apresurase, tratando de oír por encima del latido de su corazón. Se sintió como una espía, aunque no demasiado buena. Le temblaban las manos y tenía los pelos de punta. No valía para chica Bond. En alguna parte de la casa una puerta se cerró de golpe, y Gabrielle dio un salto como si hubiera metido los dedos en un enchufe. Se pasó los dedos por el pelo e inspiró profundamente para tranquilizarse. No hubo manera. No era la chica de los nervios de acero. Le echó un vistazo al reloj y esperó durante los que fueron los cinco minutos más largos de su vida.