Cuando Joe apareció otra vez, mostraba un profundo ceño. Como no parecía feliz, ni pedía refuerzos ni sacaba las esposas, Gabrielle supuso que no había encontrado nada. Se relajó un poco. Ya podían irse.
Joe le dio bruscamente el bolso, luego atravesó el pasillo y se metió en otra habitación. Apenas se había cerrado la puerta cuando oyó su ya familiar exclamación.
– ¡Cielo Santo!
Gabrielle se quedó helada. Había encontrado algo. Entró con sigilo dentro de la habitación y cerró la puerta tras ella medio esperando ver el Monet del señor Hillard colgado en la pared. Lo que vio fue de lo más chocante. Espejos. Por todas partes. En las paredes, dentro del vestidor y en el techo. Había una cama redonda en el centro de la habitación cubierta con una colcha de piel de oveja blanquinegra que tenía un gran símbolo oriental en el medio. No había cómodas ni mesillas de noche que impidieran la vista de los espejos. Al lado de la puerta en arco que llevaba al cuarto de baño había una pequeña mesita con un juego de ajedrez de marfil encima. Incluso a media habitación de distancia, Gabrielle percibió que el juego era antiguo, oriental y, como era propio de ese estilo, las figuras desnudas estaban anatómicamente desproporcionadas. Gabrielle se sintió como si hubiera entrado en una habitación de la Mansión Playboy. La guarida de Hugh Hefner.
– Mira este lugar. Hace que te preguntes cuánta acción hay aquí dentro -dijo Joe en un susurro.
Gabrielle lo miró y luego volvió la vista hacia arriba.
– Y cuánto limpia cristales Windex gasta.
Su mirada encontró la suya a través de los espejos del techo.
– Bueno, eso fue lo segundo que pensé.
Ella se colgó el bolso en el hombro y lo vio atravesar silenciosamente la habitación, la gruesa moqueta blanca amortiguaba el sonido de sus mocasines. Dondequiera que mirara, lo veía a él. Estaba atrapada por su mirada oscura y las sensuales líneas de su boca. El perfil de su nariz recta, y la línea cuadrada y terca de su mandíbula. Los rizos de su nuca y sus anchos hombros perfectamente delineados por el polo. Su mirada se deslizó a lo largo de su espalda hasta la cinturilla de los pantalones, luego él desapareció dentro del vestidor y se encontró sola con su propia imagen. Miró ceñudamente su reflejo y se irguió un poco más.
Quizá Kevin era un poco pervertido, pensó recogiéndose los rizos detrás de la oreja. Pero no era asunto suyo. Cubrir el dormitorio con espejos no iba contra la ley. Bajó la mano por el vestido sin mangas, inclinó la cabeza hacia un lado y se miró con ojo crítico. No se parecía a Nancy. No era menuda, ni rubia, ni coqueta, y de nuevo se preguntó que veía Joe en ella cuando la miraba.
Vio cada uno de sus pequeños defectos multiplicado por mil alrededor de la habitación y no quería ni imaginarse cómo sería observarse haciendo el amor. Completamente desnuda. Obviamente Kevin no tenía el mismo problema y eso ya era más de lo que ella quería saber de él.
Fue hacia el cuarto de baño pasando junto al juego de ajedrez con esas filas de peones tan bien dotados y completamente erectos. No se detuvo a mirar el resto de las piezas; no necesitaba saber cómo eran.
En el cuarto de baño había más espejos, una cabina de ducha y un enorme jacuzzi rodeado de mármol. Una puerta corredera llevaba hacia una pequeña terraza donde había otro jacuzzi. Salvo por los espejos, podía imaginarse dándose un largo y relajante baño añadiendo quizás un poco de ylang-ylang, definitivamente algo de romero y un toque de lavanda.
Gabrielle se sentó en el borde del jacuzzi y volvió a mirar el reloj. Si Joe no se apresuraba, no sabía cómo explicarían porqué les había llevado tanto tiempo recuperar el bolso. Cogió el dobladillo de la falda y la levantó por encima de los muslos, luego la deslizó un poco más hacia arriba para ver si realmente tenía una marca de nacimiento. Se inclinó un poco hacia delante y vio una mancha perfectamente redonda, de unos dos centímetros, justo debajo del borde elástico de la braguita. No era demasiado visible y se preguntó cómo era posible que Joe supiera que estaba allí.
– ¿Qué haces?
Sobresaltada, levantó la vista hacia Joe y bajó bruscamente la falda. Él bajó las cejas hasta que formaron una sola línea.
– Me miro la marca. ¿Cómo sabías que la tenía?
Él se rió suavemente y se acuclilló delante del lavabo.
– Sé todo sobre ti -contestó y comenzó a registrar el armario del baño.
Abrió la boca para decirle que dudaba que las marcas de nacimiento fueran parte de un expediente policial, pero la puerta del dormitorio se abrió y reconoció la voz de Kevin.
– ¿Qué quieres? -preguntaba.
Gabrielle se quedó sin aliento y su mirada encontró la de Joe en el espejo de encima del lavabo. Él se levantó lentamente y se llevó un dedo a los labios.
La voz femenina que contestó a Kevin no pertenecía a su novia.
– Quiero enseñarte algo -contestó la voz de Nancy.
– ¿Qué es? -Hubo una larga pausa antes de que Kevin hablase otra vez-. Muy bonito -dijo.
– China me habló de esta habitación. Y de los espejos.
– ¿Quieres verlos?
– Sí.
Joe cogió la mano de Gabrielle y la llevó con él hacia la puerta corredera.
– ¿Estás segura? China podría enterarse.
– No me importa.
Hubo un sonido como de ropa que caía sobre la alfombra y Kevin dijo:
– Entonces ven aquí y saluda al Señor Feliz.
Sin hacer ningún ruido, Gabrielle y Joe salieron a la terraza y cerraron la puerta tras ellos. Una brisa fresca le agitó el pelo y la falda del vestido. Los últimos rayos anaranjados del sol poniente atravesaban el cielo y las luces de la ciudad parpadeaban desde el valle debajo de ellos. En cualquier otro momento, Gabrielle se hubiera parado para disfrutar de la vista, pero esa noche apenas se fijó. Su corazón latía con fuerza, además ahora sí que tenía mucha más información sobre Kevin de la que deseaba tener. Como que engañaba a su novia con su mejor amiga o que llamaba a su pene Señor Feliz.
– ¿Crees que Kevin nos oyó? -preguntó en un susurro.
Joe caminó hasta la barandilla y miró por encima.
– No. Parecía bastante ocupado. -Se enderezó y fue hacia la esquina izquierda de la terraza-. Podemos saltar desde aquí.
– ¿Saltar? -Gabrielle se movió al lado de Joe y miró hacia abajo. La parte trasera de la casa de Kevin y toda la terraza estaban en voladizo sobre la ladera de la montaña sostenidas por varios pilares. El suelo debajo de ellos estaba escalonado en una sucesión de terrazas de aproximadamente un metro, reforzadas con pequeños muretes de contención de hormigón armado para impedir la erosión-. Cuando firmé el acuerdo, no incluía saltar desde la terraza de Kevin y partirme el cuello.
– No te partirás el cuello. Son sólo tres metros, como mucho tres metros y medio. Todo lo que tenemos que hacer es pasar por encima de la barandilla, descolgarnos por el borde y dejarnos caer. Así será una caída de poco más de un metro.
Su hombro rozó el de ella al asomarse un poco más. Lo hacía parecer muy fácil.
– A menos que quieras saltar a la siguiente terraza, entonces añadirás metro y medio más. -Ella miró su perfil, bañado por las primeras sombras de la noche.
– Tiene que haber otra opción.
– Claro. Siempre podemos entrar e interrumpir a Kevin. Imagino que las cosas se habrán puesto realmente calientes en este momento. -La miró por encima del hombro.
– Quizá podríamos esperar un poco y luego salir por la casa.
– ¿Y qué le vas a decir a Kevin cuando nos pregunte por qué nos llevó tanto tiempo recuperar tu bolso? Pensará que estuvimos haciendo el amor en el cuarto de baño todo este tiempo.