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– Hazte esta pregunta. ¿No crees que deberías sentirte afortunado? Contesta, hijo de perra.

Gabrielle se sobresaltó y devolvió toda su atención a Sam.

– ¿Perdón?

El loro agitó sus alas dos veces, luego voló al brazo del sofá. Se balanceó sobre los pies, inclinó la cabeza y la estudió.

– Ah… Polly, ¿quieres una galletita? Anda, alégrame el día.

Supuso que tenía sentido que el loro de Joe imitara a Harry el Sucio. Se quedó quieta mientras el ave andaba por el respaldo del sofá; tenía un aro metálico alrededor de una pata escamosa.

– Lorito bonito -dijo ella suavemente y miró en dirección a Joe. Aún estaba en el comedor dándole la espalda mientras apoyaba todo su peso sobre un pie. Sostenía el teléfono entre el hombro y la oreja mientras se masajeaba el otro hombro con la mano libre. Durante un segundo se preguntó si se habría lastimado ayudándola a bajar de la terraza, pero entonces Sam dejó escapar un silbido agudo y se olvidó de Joe. El loro se balanceó de un lado a otro y luego se subió a su hombro.

– Compórtate.

– Joe -gritó ella, mirando fijamente el pico negro de Sam.

Sam apoyó la cabeza contra su sien e hinchando el pecho repitió:

– Lorito bonito.

Gabrielle nunca había tenido aves alrededor y, ni muchísimo menos, sobre su hombro. No sabía qué hacer o decir. No sabía nada sobre el comportamiento de los pájaros, pero tenía claro que no quería que se enfadara. Había visto el clásico de Alfred Hitchcock muchas veces y la imagen de Suzanne Pleshette con los ojos picoteados cruzó como un relámpago por su mente.

– Lorito bonito -dijo, y miró desesperada al otro lado de la habitación-, Socorro.

Joe finalmente la miró sobre el hombro con su ya habitual semblante ceñudo mientras seguía hablando por teléfono. Después de algunas frases más, colgó y volvió a la sala de estar.

– Sam, ¿qué crees que estás haciendo? -preguntó colocando el teléfono en la mesita de café-. Bájate.

El loro restregó suavemente la cabeza contra Gabrielle, pero no se bajó de su hombro.

– Vamos, Sam. -Joe se palmeó su propio hombro-. Ven aquí. -Sam no se movió, en vez de eso bajó la cabeza y tocó con el pico la mejilla de Gabrielle.

– Lorito bonito.

– Caramba. -Joe se puso las manos en las caderas y ladeó la cabeza-. Le gustas.

Ella no estaba muy convencida.

– ¿En serio? ¿Cómo lo sabes?

Se colocó frente a ella.

– Te acaba de besar -dijo, luego se inclinó hacia delante y colocó la mano debajo de los pies de Sam-. Últimamente ha estado de un humor de perros. -Chasqueó los dedos y con la mano rozó su pecho a través de la tela de la blusa-. Creo que piensa que ha encontrado novia.

– ¿Yo?

– Ajá. -Su mirada bajó a su boca, luego regresó al loro-. Da un pasito, Sam. Sé un buen pájaro. -Finalmente, Sam obedeció y brincó sobre la mano de Joe.

– Compórtate.

– ¿Yo? No soy yo quien ando restregando la cabeza contra una chica guapa para besarla. Sé cómo comportarme. Bueno, esta noche al menos. -Sonrió a Gabrielle y luego llevó al loro a la enorme jaula situada delante de un gran ventanal.

Gabrielle se levantó y lo observó acariciar suavemente las plumas de Sam antes de meterlo en la jaula. El gran poli malo no era tan malo después de todo.

– ¿Cree de verdad que soy su novia?

– Probablemente. Ha estado picando papel de periódico y colocando sus juguetes en él. -Sam saltó sobre una percha y Joe cerró la puerta alambrada-. Pero nunca lo he visto comportarse como hizo contigo. Normalmente tiene celos de las mujeres que traigo a casa y trata de echarlas.

– Entonces supongo que tuve suerte -dijo ella, preguntándose cuántas mujeres habría llevado a casa y por qué eso debería importarle.

– Bueno, quiere dormir contigo. -Se giró y la miró-. No puedo decir que le culpe.

Como cumplido no era genial, pero por alguna extraña razón las palabras le llegaron al corazón y se le aceleró el pulso.

– Eres el rey de los piropos, Shanahan.

Él sonrió como si lo supiera de sobra y le indicó la puerta.

– ¿Quieres que pare en algún sitio de camino a tu casa? ¿Quieres comprar la cena?

Ella se levantó y lo siguió.

– ¿Tienes hambre?

– No, pero pensaba que tú sí.

– No, comí antes de la fiesta de Kevin.

– Ah. -La miró por encima del hombro-. De acuerdo.

Durante el recorrido a casa de Gabrielle, sus pensamientos volvieron una y otra vez al tipo de mujer que Joe llevaría a su casa. Se preguntó cómo serían y si se parecerían a Nancy. Suponía que sí.

Joe parecía tan distraído como Gabrielle y ninguno de los dos intentó conversar hasta que estuvieron a tres manzanas de casa de Gabrielle.

– Kevin dio una fiesta interesante. -Estaba segura de que ese tema daría mucho de sí.

Él no la secundó. Simplemente soltó una especie de gruñido y dijo:

– Kevin es un estúpido.

Gabrielle se dio por vencida y recorrieron el resto del camino en silencio. El tampoco dijo nada mientras la acompañaba por la acera ni cuando tomó las llaves de su mano. La luz rosada del porche acarició su perfil y los rizos suaves por encima de su oreja mientras se inclinaba hacia delante y abría la puerta. Se enderezó y movió su hombro como si todavía le molestara.

– ¿Te lastimaste ayudándome esta noche? -preguntó.

– Sufrí un tirón en un músculo el otro día moviendo los estantes de la tienda, pero sobreviviré.

Él se puso derecho y ella lo miró, su cara ya tenía otra vez la sombra de la barba y la tensión le arrugaba la frente.

– Puedo darte un masaje -sugirió ella rápidamente antes de pensarlo mejor y cambiar de opinión.

– ¿Sabes hacerlo?

– Por supuesto. -Una imagen de Joe con nada más que una toalla cruzó por su mente y le calentó la boca del estómago-. Soy casi profesional.

– ¿De la misma forma en que eres casi vegetariana?

– ¿Estás burlándote de mí otra vez? -Ella había tomado clases de masaje y, aunque no tenía el título, se consideraba toda una profesional.

Su risa resonó en el silencio de la noche y se vio envuelta en la profundidad del sonido masculino.

– Por supuesto -admitió sin pizca de vergüenza.

Al menos era honesto.

– Te apuesto lo que quieras a que hago que te sientas mejor en menos de veinte minutos.

– ¿Qué quieres apostar?

– Cinco pavos.

– ¿Cinco pavos? Que sean diez y trato hecho.

Capítulo 12

Joe le echó una mirada a la pequeña toalla que ella le había dado y la puso sobre el sofá. Le gustaba la libertad que proporcionaban los boxers. Le gustaba que los calzoncillos dejaran sitio a sus niños, pero no iba a quitárselos para ponerse una toalla y correr el riesgo de que sus bienes más preciados se izaran bajo ella formando un tipi.

Cambió el peso de pie y apoyó las manos en las caderas. Diablos, ni siquiera debería estar en la sala de estar de Gabrielle. Debería estar en su casa durmiendo. Tenía una reunión a las ocho de la mañana para informar sobre las antigüedades robadas que había visto en la habitación de invitados de Kevin. Necesitaba estar descansado y tener la cabeza despejada cuando hiciera el informe para obtener la orden de registro. La redacción debía ser clara, sucinta y tan difícil de meterle mano como a una virgen en el asiento trasero de un coche. En caso de que no fuera así corría el riesgo de que cualquier prueba que aportara fuera descartada más tarde en el juicio. Además, tenía que hacer más cosas esa noche. Por ejemplo, la colada, y llamar a Ann Cameron para decirle que no podrían verse por la mañana. Había pasado por el bar esa mañana antes de ir a trabajar para desayunar con ella. Era una chica realmente agradable y tenía que anular la cita.