Sin embargo, en vez de hacer cualquiera de esas cosas, estaba en casa de Gabrielle observando cómo ella vertía aceite en un pequeño cuenco y encendía las velas que había colocado en la repisa de la chimenea y en las mesas de alrededor, casi como si estuviera preparando un sacrificio. En lugar de marcharse, ladeó la cabeza y observó el feo vestido sin forma, lo que le llevó a recordar el suave interior de sus muslos. Puso freno a sus pensamientos y se forzó a regresar de la tierra de la fantasía.
Ella apagó las luces. Accionó el interruptor al lado de la chimenea y una llama anaranjada salió de los respiraderos del gas iluminando los leños falsos. Observó cómo se recogía el enmarañado pelo con una cinta y discutió consigo mismo si debía contarle o no que el ajedrez de marfil del dormitorio de Kevin, con aquellos escandalosos peones tan bien dotados, había sido robado de una casa de River Run el mes anterior.
Desde que la observó bajar de la terraza, había pensado en decirle la verdad. Había pensado sobre ello en el coche camino de su casa, mientras hablaba con Walker por teléfono y después de colgar. Lo había pensado mientras estaba parado en el porche de la casa de Gabrielle con las llaves en la mano mirando sus cándidos ojos verdes. Y seguía pensando en ello al aceptar que le diera un masaje que sabía, con absoluta certeza, que era una mala idea.
El capitán no quería que informara a Gabrielle de nada, pero Joe creía que merecía saber la verdad sobre Kevin y sobre las estanterías cargadas hasta los topes con muchas de las antigüedades que figuraban en el archivo policial.
Hasta hacía una hora, Joe habría estado completamente de acuerdo con Walker. Pero eso había sido antes de que ella hubiera hecho guardia mientras él registraba el cuarto de invitados. Antes de que la hubiera mirado a los ojos y le hubiera pedido que confiara en él. Antes de que hubiera saltado sobre la barandilla de la terraza porque confiaba en él. Hasta hacía una hora no había estado seguro de su inocencia, ni le importaba. No era cosa suya. Hasta ahora.
– Iré por la mesa de masajes para que te pongas cómodo.
– Prefiero sentarme en una silla. Una de las sillas del comedor estará bien. -Una silla dura e incómoda que no dejara que se relajara lo suficiente como para olvidar que era su colaboradora y no una mujer a la que quería conocer en profundidad.
– ¿Estás seguro?
– Sí.
Cuando la había visto subir a la barandilla, claramente aterrada, algo había cambiado dentro de él; había cambiado su opinión de ella, lo que sentía en lo más profundo del corazón. Al verla acuclillada sobre su cabeza mostrándole las braguitas blancas, el corazón se le había subido a la garganta. Cuando la vio colgar por encima de él, había sabido que lo pasaría realmente mal si se caía y había sabido, como que había infierno, que no la dejaría caer. Y en ese momento se había convertido en mucho más que su colaboradora, se había convertido en alguien a quien quería mantener seguro. Alguien a quien proteger.
También había sentido otra cosa. Al abrazarla y besarla en el cuello, estando ya fuera de peligro, había sentido una aguda opresión en el pecho. Tal vez fuera lo que quedaba del miedo, o la tensión latente. Sí, tal vez, pero fuera lo que fuese, no pensaba analizarlo. En lugar de eso prefería centrar su atención en Gabrielle que en ese momento arrastraba la silla de madera del comedor para colocarla delante de la chimenea.
Si bien creía que debía saber lo de Kevin, no podía decírselo porque todo lo que ella pensaba se le leía en la cara. Todo lo que sentía se reflejaba en sus ojos. No podía mentir sin esperar que un rayo la acribillara. Por eso no debía contarle nada y, por eso, no debía quedarse.
Él retrocedió un paso y debatió consigo mismo si era inteligente dejar que Gabrielle posara las manos en él. El debate no duró demasiado. Ella ladeó la cabeza y lo miró.
– Quítate el polo, Joe -dijo, y su voz fluyó a través de él como si fuera el aceite que se calentaba en un pequeño quemador. Supuso que no tenía por qué irse. Tenía treinta y cinco años, y sabía controlarse.
Era un masaje. No sexo. Después de que le dispararan había recibido masajes de forma regular como parte del tratamiento. Por supuesto, su masajista tenía cincuenta años y no se parecía en nada a Gabrielle Breedlove.
Bueno, podía quedarse. Siempre y cuando recordara que Gabrielle era su colaboradora y que enrollarse con ella echaría a perder su trabajo. Y eso no iba a ocurrir. De ninguna manera.
– ¿No te quitas la ropa?
– Me dejaré los pantalones.
Ella negó con la cabeza.
– Preferiría que no lo hicieras. El aceite te los estropeará.
– Correré el riesgo.
– Ni siquiera te miraré. -El tono de su voz y el frunce de sus labios eran pruebas más que suficientes de que pensaba que se estaba comportando de una manera totalmente absurda. Luego ella levantó la mano derecha como para hacer un juramento-. Lo prometo.
– Esa toalla es muy pequeña.
– Oh. -Ella salió y volvió un momento después con una gran toalla de playa. Se la lanzó al brazo del sofá al lado de él-. ¿Te sirve ésta?
– Estupendo.
Gabrielle, fascinada, prestó atención a las manos de Joe cuando se sacó el polo de los pantalones de vestir. Como si fuera un striptease de una lentitud exasperante, él tiró lo suficiente de la prenda para ofrecer un vislumbre de la planicie de su estómago y de la línea vertical de vello oscuro antes de que la tela le cubriera la cintura de nuevo. Ella soltó el aliento que no sabía que estaba conteniendo y subió la mirada a su cara, a esos ojos castaños que parecían observarla. Él levantó una mano para coger un pliegue del polo entre los hombros. Luego lo pasó sobre la cabeza y lo lanzó al sofá al lado de la toalla de baño que había rehusado ponerse antes. Sus manos empezaron a desabrochar la hebilla del cinturón y rápidamente ella apartó la mirada.
Centró la atención en el aceite de almendras que había vertido en un pequeño cuenco amarillo y dejó que siguiera calentándose en el quemador. Tenía la boca increíblemente seca y mojada a la vez. Aunque había bajado la mirada para que no la pillara comiéndoselo con los ojos, había tenido una buena visión del vello rizado que cubría los bien definidos músculos del pecho, bajaba por el esternón y la planicie del estómago, y desaparecía bajo la cinturilla de los pantalones. Sus tetillas eran más oscuras de lo que había pintado y el vello del pecho más suave.
Agregó tres gotas de benjuí y eucalipto al aceite de almendras, luego colocó el cuenco y el quemador en una mesita al lado de la chimenea. Joe giró la silla para ponerla frente al fuego y se sentó a horcajadas. Apoyó los brazos sobre el respaldo y le regaló la imagen de su espalda. Su piel se extendía sobre los duros músculos y la línea de la columna, desde sus hombros hasta la zona lumbar, donde tenía pegado un parche de nicotina que quedaba medio escondido por la gruesa toalla blanca que rodeaba flojamente sus caderas.
– ¿No crees que estoy sentado demasiado cerca del fuego? -preguntó.
– Si tu piel no está caliente, tus poros estarán cerrados para los beneficios curativos del benjuí y el eucalipto. -Se puso al lado de él y ahuecó una mano sobre su frente mientras le colocaba la otra en la nuca-. Deja caer un poco la cabeza -dijo, y suavemente le apretó los músculos rígidos del cuello-. Conduce toda esta tensión a la cabeza. Ahora inspira profundamente y contén la respiración hasta que te diga -lo instruyó, mientras le frotaba con el pulgar las vértebras cervicales y el suave pelo de la nuca. Contó hasta cinco y retiró el pulgar-. Suelta el aire y, con él, la tensión que sientes en la cabeza. Libérala.