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– ¿Gabrielle?

– Sí, Joe.

– No tengo nada en la cabeza.

El aroma relajante de lavanda y geranio llenaba la sala de estar cuando se puso detrás de él. Deslizó las manos a sus sienes y las masajeó para expulsar la tensión que él pensaba que no tenía.

– Joe, estás tan tenso que podrías romperte. -Lentamente le metió los dedos en el pelo a ambos lados de la cabeza; el sedoso pelo se curvó alrededor de sus nudillos cuando los entrelazó encima del cráneo. Presionó con las palmas y aflojó-. ¿Cómo te sientes cuando te hago esto?

Él gimió de gusto.

– Eso pensé. -Estuvo un poco más de lo habitual masajeándole la cabeza y el cuello, pero el pelo se sentía tan suave entre sus dedos que no quería dejar de tocarlo. Un cálido estremecimiento subió por sus brazos tensando sus senos; se obligó a sí misma a apartarse, a renunciar al placer de acariciarle el pelo.

Tomó el pequeño cuenco y derramó una pequeña cantidad de aceite de masaje en las palmas de las manos.

– Inspira profundamente y luego contén la respiración. -Colocó las manos sobre los hombros y comenzó a moverlas apretando los músculos. Los trapecios y deltoides estaban tensos y llenos de nudos. Deslizó las manos hasta el borde de los hombros y las bajó por los brazos hasta los codos-. Siente la tensión en la cabeza y libérala mientras sueltas el aire -le instruyó, aunque notaba que él no usaba la respiración para relajarse. Luego le masajeó los bíceps-. Acumula toda tu energía negativa, expúlsala y reemplázala por prana o energía universal.

– Gabrielle, me estás asustando.

– Chsss. -No creía que existiera nada que lo asustara, y menos ella. Sumergió los dedos en el aceite, luego deslizó las palmas de abajo arriba por su espalda, preparando y calentando sus músculos para un masaje más profundo. Moldeó con las manos los contornos de su piel, sintiendo y aprendiendo su forma-. ¿Es aquí donde te duele? -preguntó moviendo las manos al hombro derecho.

– Un poco más abajo.

Ella masajeó, apretó y frotó una gota de aceite de pimienta negra sobre los músculos doloridos. El calor del fuego calentaba la piel de Joe mientras la luz de las llamas dibujaba sombras en ella y hacía brillar su pelo oscuro. Un cosquilleo placentero se asentó en el estómago de Gabrielle; su mente y espíritu lucharon entre sí para que abandonara lo impersonal del contacto. Podía no ser una masajista profesional, pero conocía bien la diferencia entre un masaje curativo y un masaje sensual.

– ¿Gabrielle?

– Sí.

– Lamento lo que sucedió la semana pasada en el parque.

– ¿Cuando te abordé?

– No, eso no lo lamento. Lo disfruté demasiado.

– ¿Entonces qué es lo que lamentas?

– Que estuvieras asustada.

– ¿Y eso es lo único que sientes?

– Bueno, sí.

Suavemente, ella hundió las puntas de los dedos en su piel. Tuvo la impresión de que no se disculpaba a menudo, y agradeció que hiciera el esfuerzo.

– Debo admitir que nunca me habían confundido con un acosador.

– Seguro que sí, sólo que nadie te lo ha dicho antes. -Sonrió y continuó masajeándole el hombro y los brazos-. Algunas veces tu aura resulta muy amenazadora. Deberías controlarlo.

– Me aseguraré de hacerlo.

Ella deslizó las manos otra vez hacia arriba y presionó los pulgares en la base de la nuca.

– Siento haberte lastimado en la pierna.

Uno de sus pulgares le rozó la mandíbula cuando él la miró por encima del hombro. Los oscuros ojos de Joe la contemplaron, la luz del fuego envolvía su rostro con un halo dorado.

– ¿Cuándo?

– El día del parque cuando te derribé. Luego fuiste cojeando hasta el coche.

– Ésa es una vieja lesión. No fue culpa tuya.

– Ah.

– Suenas decepcionada.

– No. -Abrió los dedos en abanico, moviendo las manos por los costados del tórax-. No es decepción exactamente. Pero fuiste tan horrible que me gustaba pensar que te había hecho sufrir un poquito.

Él sonrió antes de volverse hacia el fuego.

– Bueno, aún ahora, cada vez que entro en comisaría tengo que oír un montón de mierda sobre ti y el bote de laca. Lo más seguro es que siga sufriendo por tu culpa durante años.

– Cuando deis por cerrado el caso, todo el mundo se olvidará de mí. -Bajó las manos por los duros músculos hasta las costillas que limitaban el abdomen plano-. Es probable que hasta tú me olvides.

– Eso no ocurrirá nunca -dijo él con voz ronca-. Nunca te olvidaré, Gabrielle Breedlove.

Sus palabras la complacieron más de lo que quería admitir. Se le hinchó el pecho con orgullo, encendiéndose como el resplandor de una vela. Deslizó la mano suavemente por los costados de Joe hasta la cintura, arriba hacia las axilas y luego otra vez hacia abajo.

– Ahora concéntrate en los hombros. Inspira profundamente y contén la respiración. -Ella sintió cómo encogía el estómago y cómo se le endurecían los músculos-. ¿No retienes la respiración?

– No.

– Tienes que controlar la respiración si quieres relajarte completamente.

– Imposible.

– ¿Por qué?

– Créeme, lo sé.

– ¿Te ayudaría una copa de vino?

– No bebo vino. -Él hizo una pausa antes de hablar otra vez-. Sólo hay una cosa que ayudaría.

– ¿Qué?

– Una ducha fría.

– Eso no suena muy relajante.

Él se echó a reír, pero no sonó divertido.

– Bueno, hay otra cosa que funcionaría, es algo sobre lo que he estado pensado aquí sentado.

– ¿Qué? -preguntó aunque sospechaba lo que era.

Sus palabras sonaron graves y roncas cuando dijo:

– Olvídalo. Nos implica a los dos desnudos y eso no puede ocurrir.

Por supuesto que sabía que no podía ocurrir. Eran opuestos por completo. Él alteraba su equilibrio. Quería un hombre espiritual, y él lo era tanto como un cavernícola. Creía que estaba chiflada y quizá no andará mal encaminado. Menos de una semana antes había creído que era un acosador; ahora estaba sentado en su sala de estar mientras lo cubría de aceite como si fuera un bailarín Chippendale. Tal vez sí que estaba un poco loca porque le preguntó:

– ¿Por qué?

– Eres mi colaboradora.

Tal como ella lo veía ésa no era una buena razón. El acuerdo de colaboración que había firmado solo era un trozo de papel. Un trozo de papel no podía imponerse al deseo. Sin embargo, el hecho de que fueran dos personas completamente diferentes con creencias dispares debería ser una buena razón para que evitaran cometer el tremendo error de meterse juntos en la cama.

No obstante, mientras miraba el resplandor de la luz del fuego titilar sobre la tersa espalda, sus diferencias no parecieron importar mucho. El movimiento de sus manos se volvió fluido, relajante y sensual. Joe alteraba tanto su equilibrio que se olvidó completamente de tocarlo de manera impersonal. Mojó los dedos en el aceite caliente y su roce fue tan ligero como una pluma cuando le acarició la espalda.

– Conduce tu energía al plexo solar y al abdomen. Toma aire profundamente, luego suéltalo.

Ella cerró los ojos y dejó que sus manos se deslizaran por los contornos flexibles de la parte inferior de su espalda. Luego suavemente recorrió con las puntas de los dedos la columna hacia arriba. Él tembló, y sus músculos se tensaron bajo la piel suave y caliente, cuando extendió los pulgares por su espalda flexible. De repente, ella sentía un abrumador deseo de gemir o suspirar, y de inclinarse hacia delante para hincar los dientes en su piel.

– Conduce tu energía a la ingle.