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– Demasiado tarde. -Él se levantó y se giró hacia ella-. Ya está toda ahí.

Ella miró hacia arriba, a sus ojos entornados y a la curva de los labios. Una gota de sudor se deslizó por su mejilla, continuó por la mandíbula y siguió bajando por un lado del cuello hasta fundirse en el hueco de su garganta bronceada. Ella levantó las manos y las colocó en su abdomen plano. Sus pulgares acariciaron la línea de vello oscuro que rodeaba su ombligo.

Bajó la mirada a la cintura y al inconfundible abultamiento de su erección. Curvó los dedos contra su barriga y sintió que se le secaba la boca. Se lamió los labios y dejó vagar la mirada por la cicatriz de su muslo, visible a través de la abertura de la toalla.

– Siéntate, Joe-le pidió, y lo empujó hasta que su trasero tocó el asiento. La toalla se subió por el muslo derecho revelando el borde inferior de unos boxers negros-. ¿Es aquí donde te dispararon? -preguntó, arrodillándose entre sus piernas.

– Sí.

Ella sumergió los pulgares en el aceite, luego los deslizó alrededor de la cicatriz.

– ¿Duele todavía?

– No. Al menos no como solía hacerlo -dijo con voz ronca.

Pensar que hubiera padecido tal violencia le rompió el corazón y lo miró a la cara.

– ¿Quién te hizo esto?

Mirándola con los ojos entrecerrados esperó un rato antes de contestarle, tanto que ella pensó que no lo haría.

– Un informador que se llamaba Robby Martin. Probablemente lo verías en los periódicos hace cosa de un año.

El nombre le sonó familiar y sólo le llevó un momento recordarlo. Una imagen de un joven rubio cruzó por su mente. La historia había sido noticia durante mucho tiempo. El nombre del detective que había hecho el disparo mortal nunca había sido mencionado o lo había olvidado, no así el del chico que había recibido el disparo, Robby.

– ¿Fuiste tú?

De nuevo él se demoró en contestar.

– Sí.

Lentamente, ella deslizó los pulgares hacia arriba y abajo por la gruesa cicatriz y aplicó un poco de presión. Lo recordaba muy bien porque, al igual que todo el mundo, había hablado de ello con sus amigos, preguntándose si algunos polis de Boise tenían el gatillo demasiado ligero con los jóvenes sólo por fumarse unos porros.

– Lo siento.

– ¿Por qué? ¿Por qué deberías sentirlo?

– Siento que tuvieras que hacer algo así.

– Cumplía con mi deber -dijo con cierta dureza.

– Lo sé. -Suavemente ella hundió las puntas de los dedos en los músculos del muslo-. Lo siento porque tuviste que pasarlo muy mal.

– ¿No crees que soy de los que tienen el dedo rápido?

Ella negó con la cabeza.

– No creo que seas imprudente ni que terminases con la vida de alguien a menos que no tuvieses otra elección.

– Tal vez tengo la sangre tan fría como decían los periódicos. ¿Cómo puedes saberlo?

Ella contestó con lo que sabía que era verdad en su corazón.

– Porque conozco tu alma, Joe Shanahan.

Joe miró esos claros ojos verdes y casi creyó que ella podía ver en su alma, que lo conocía mejor de lo que él se conocía.

Ella se lamió los labios y él observó cómo deslizaba la punta de la lengua por la comisura de los labios. Luego ella hizo algo que le detuvo el corazón, provocando que un torrente de pura lujuria se estrellara contra su ingle: inclinó la cabeza y le besó el muslo.

– Sé que eres un buen hombre.

Se quedó sin respiración y se preguntó si ella todavía pensaría que era un buen hombre si le pedía que subiera un poco más la boca para besar su otro músculo. El miraba hacia abajo, a la coronilla, mientras tenía una fantasía realmente buena que incluía la cara de Gabrielle en su regazo, pero ella miró hacia arriba y lo arruinó todo. Lo contempló como si realmente pudiera ver su alma. Como si viera un hombre mejor de lo que él creía ser.

Joe se puso de pie y le dio la espalda.

– No me conoces, joder -dijo, moviéndose a la chimenea y apoyando la mano en la repisa-. Tal vez me guste derribar las puertas a patadas y usar mi cuerpo como un saco de golpes.

– Ah, eso no lo dudo. -Se levantó, se puso a su lado y añadió-: Eres un tipo muy visceral. Pero tampoco dudo que no tuvieras otra opción.

La miró por encima del hombro, luego desvió la vista a las velas encendidas encima de la repisa.

– Tenía otra opción, no tenía por qué perseguir a un vendedor de drogas por un callejón oscuro. Pero soy policía y eso es lo que hago. Persigo a los malos y, una vez que me involucro en algo, llego hasta al final. Y créeme, perseguía a Robby. -Quería conmocionarla. Dejarla sin habla. Borrar esa mirada de sus ojos-. Estaba realmente cabreado con él. Era mi colaborador y me había traicionado, quería ponerle las manos encima. -La recorrió con la vista otra vez, pero ella no parecía conmocionada. Se suponía que era pacifista. Se suponía que odiaba los hombres como él. Se suponía que no debía mirarle como si sintiera lástima por él, por el amor de Dios-. Vi cómo Robby me disparaba -continuó-, y le vacié el cargador en el pecho antes de darme cuenta siquiera que había sacado mi arma. No necesité verle para saber que le había dado. Una vez que oyes algo así, lo sabes. Y nunca lo olvidas. Más tarde, me enteré que había muerto antes de tocar el suelo. Y no sé cómo se supone que debería sentirme ante eso. Algunas veces me parece que soy una mierda y otras, simplemente, me alegra haber disparado mejor que Robby. Es un infierno saber que has quitado la vida a un hombre robando todas las posibilidades que tenía. -Se apartó de la repisa de la chimenea-. Tal vez perdí el control.

– Dudo que hayas perdido el control alguna vez.

Ella estaba equivocada. De alguna manera, lo había obligado a contarle más sobre el tiroteo que a ninguna otra persona. Lo único que había tenido que hacer era mirarlo con aquellos ojos grandes, como si realmente creyera en él, para ponerse a balbucear como un idiota. Bueno, había hecho algo más que hablar. Durante la media hora anterior, había estado sentado sobre esa incómoda silla preguntándose cómo encajarían sus senos en las palmas de sus manos. Con una rugiente erección que le instaba a agarrar una de esas manos suaves que había deslizado por todo su cuerpo y bajarse de golpe los calzoncillos para que pudiera acariciar algo más interesante que su codo.

Él la tomó entre sus brazos y le cubrió la boca con la suya. Reconoció el sabor de sus labios dulces y carnosos como si fueran amantes. Como si la hubiera conocido desde siempre. Inclinó la cabeza hacia un lado y su boca se abrió para él, sus cálidos y húmedos labios le dieron la bienvenida. La sintió estremecerse cuando le tocó la lengua con la suya. Gabrielle le rodeó el cuello con los brazos pegándose a él. El peto de su vestido le rozó el pecho desnudo, sus caderas se arquearon contra él presionando la durísima erección. Joe la asió por la cintura y, en lugar de alejarla, encajó su pelvis en la de ella. El placer fue exquisito y doloroso. Agonía y éxtasis. En ese momento quería de ella algo más que un beso.

Las manos se movieron al cierre de los tirantes del pichi, abriéndolos con facilidad. El peto cayó sobre su cintura y desabrochó con la misma rapidez los botones de la blusa blanca. La abrió y, por fin, llenó sus manos con los turgentes senos cubiertos por el sujetador. Los labios de Gabrielle temblaron y se quedó sin aliento cuando sus pulgares le rozaron una y otra vez los pezones duros y erectos. Joe se echó hacia atrás y le escrutó la cara. Gabrielle abrió los ojos y susurró su nombre, el sonido lo llenó igual que el deseo que retorcía el nudo doloroso de su estómago. El hambre hacía brillar los ojos de Gabrielle, y saber que lo deseaba de la misma manera que él la deseaba a ella hizo que la sangre le hirviera en las venas. Ella era hermosa por dentro y por fuera. Era pura pasión, deseo y fuego bajo sus manos y, ciertamente, él no podía resistirse a jugar con fuego durante un rato más.

Joe tragó aire y exhaló lentamente mientras su mirada viajaba del pelo castaño rojizo, que le enmarcaba la cara con los rizos rebeldes, a los labios húmedos e hinchados por el beso, y siguió bajando por la garganta hasta sus manos colmadas con los senos turgentes.