– Parece que está bien -dijo el capitán, mientras observaba los movimientos de la figura.
Joe cruzó las manos detrás de la cabeza y estiró las piernas. Llevaba allí tres horas sentado discutiendo el caso Hillard con los demás detectives. Les había informado previamente de lo que había visto en la casa de Kevin comenzando por las antigüedades robadas de la habitación de invitados, continuando con el ajedrez de marfil y finalizando con los espejos del dormitorio. Había pensado que a esas alturas Kevin ya estaría detenido y estaba jodidamente decepcionado.
– Lástima que no podamos arrestarlo hoy.
– Ese es tu problema, Shanahan, eres demasiado impaciente. -El capitán Luchetti se miró el reloj y colocó el informe sobre el escritorio de Joe-. Quieres que todo se solucione en una hora, como en una de esas series policíacas.
La impaciencia no era el problema de Joe. Bueno, puede que un poco, pero tenía sus razones para querer que el caso se resolviese cuanto antes y no tenían nada que ver con la paciencia, sino con cierta colaboradora pelirroja.
El capitán encogió los hombros bajo la chaqueta y enderezó la corbata.
– Lo has hecho bien. Conseguiremos una orden judicial para registrar la casa de Carter y pinchar el teléfono. Lo cogeremos -le dijo, y salió de la habitación.
Vince Luchetti nunca se perdía la misa dominical. No importaba dónde estuviera o lo que hiciese en ese momento. Joe se preguntaba a quién temía más el capitán: a Dios o a su esposa Sonja.
Estiró los brazos por encima de la cabeza y le echó una ojeada al informe. Había sido muy meticuloso en la redacción del documento, había aprendido hacía mucho tiempo que los abogados defensores buscaban frases ambiguas o inadecuadas; cualquier excusa valía para alegar arresto ilegal. Pero eso era problema de ellos. De todas maneras no creía que su esfuerzo equivaliese a ponerse de rodillas. Obtendría una autorización, había suficientes pruebas para que el juez autorizara un registro, pero Walker y Luchetti querían esperar. Como Joe no había encontrado el Monet la noche anterior, no estaban convencidos de que registrar la casa de Kevin hiciera que recuperaran la pintura ni que Kevin la sacara del lugar en el que la policía creía que estaba oculta desde el robo.
Con lo cual la orden judicial sería archivada. Ahora mismo sólo tenían pruebas para arrestar a Kevin por comprar antigüedades robadas, pero un arresto no sería suficiente. Conseguiría una palmadita en la espalda de algunos altos cargos, pero Joe quería más. Quería a Kevin sentado en la sala de interrogatorios.
– Oye, Shannie. -Winston Densley, el único detective afroamericano de la brigada antirrobos y uno de los tres detectives que estaban en el caso de Kevin, hizo rodar la silla hasta el escritorio de Joe-. Cuéntame sobre esos espejos del dormitorio de Carter.
Joe se rió entre dientes y cruzó los brazos sobre el pecho.
– Tiene la habitación totalmente cubierta y puede verse en acción desde cualquier ángulo.
– Un jodido pervertido, ¿eh?
– Sí. -Y Joe había estado en la habitación de los espejos mirando desde todos los ángulos la imagen de Gabrielle Breedlove con aquel pichi tan feo, preguntándose cómo se vería sin llevar otra cosa que uno de esos sujetadores transparentes de Victoria's Secret con unas braguitas a juego. O mejor todavía: un tanga. Así podría sentir su trasero desnudo bajo las palmas de las manos.
Mientras ella le preguntaba sobre el Windex, él no dejaba de preguntarse cómo estaría con los senos al aire. Ahora ya no tenía que preguntárselo. Ahora lo sabía. Sabía que sus senos eran más grandes de lo que había supuesto y que llenaban perfectamente sus grandes manos. Conocía la textura suave de su piel y la sensación que producían sus pezones arrugados al rozarle el pecho. Y conocía más cosas, como el sonido de su suspiro apasionado y la fuerza de sus seductores ojos verdes. Conocía el olor de su pelo, el sabor de su boca y sabía que las caricias aterciopeladas de sus manos lo ponían tan duro que apenas podía pensar ni respirar.
Y sabía sin lugar a dudas que habría sido mejor no saberlo. Joe suspiró y se pasó las manos por el pelo.
– Quiero cerrar este caso.
– El caso durará lo que tenga que durar. ¿Tienes prisa?
¿Que si tenía prisa? Había estado a punto de hacer el amor con Gabrielle y no estaba seguro de que no ocurriera de nuevo. Podría decirse a sí mismo que no volvería a suceder, pero ciertas partes de su cuerpo no opinaban igual. Estaba realmente cerca de poner en peligro su carrera por ella. Si Gabrielle no le hubiera hablado de un pariente que se comunicaba con ballenas, la hubiera tomado allí mismo en el suelo de la sala de estar.
– Supongo que estoy algo inquieto -respondió.
– Aún piensas como un agente de narcóticos. -Winston se levantó empujando la silla hacia atrás-. Algunas veces la espera es divertida y puede que este caso aún tarde en concluir -le previno.
Tiempo era algo que Joe no tenía. Necesitaba que lo asignaran a un caso diferente antes de joderla hasta el punto de perder su trabajo o ser destinado a patrullar las calles. El gran problema, sin embargo, era que no podía pedir una nueva asignación sin una puta razón, y «me temo que voy a intercambiar fluidos con mi colaboradora» estaba fuera de consideración. Tenía que hacer algo, sólo que no sabía qué.
Dejó el informe sobre el escritorio y se dirigió a la puerta. Si se apresuraba, quizá pillaría a Ann Cameron antes del descanso para el almuerzo. Era exactamente el tipo de mujer que siempre había querido como novia. Era atractiva y una magnífica cocinera, pero lo más importante de todo, era normal. Elemental. Baptista. Nada que ver con Gabrielle.
Al cabo de media hora, Joe se sentaba a una mesa pequeña del bar de Ann, saboreando pan caliente y pollo con crema al pesto. Pensó que se había muerto e ido al cielo, pero había algo que evitaba que disfrutara completamente de la comida. No podía evitar la sensación de que estaba engañando a su novia. Que estaba engañando a Gabrielle con Ann. El sentimiento era completamente irracional. Pero le molestaba, le martilleaba el cerebro y no lo dejaba en paz.
Ann estaba sentada frente a él, hablando sin pausa sobre el negocio y de cómo era la vida mientras crecían en el mismo barrio. La conversación era perfectamente normal, pero algo hacía que no se sintiera bien.
– Intento beber al menos dos litros de agua y caminar cuatro kilómetros al día -dijo. Sus ojos estaban muy brillantes como si estuviera entusiasmada de verdad, pero no sabía qué tenía de excitante caminar y beber agua-. Recuerdo que sacabas un perro a pasear todas las noches -dijo ella-. ¿Cómo se llamaba?
– Scratch -contestó, recordando al perro que había rescatado de la muerte. Scratch había sido un cruce de pitbull y sharpei; el mejor perro que un niño podía tener. Ahora Joe tenía un loro. Un loro que quería dormir con Gabrielle.
– Yo tengo un pomeraniano, Snicker Doodle. Es un cielo.
«Cielo santo.»
Empujó el plato a un lado y cogió el vaso de té helado. Bueno, podía tolerar un perrito con ladrido agudo. Era una cocinera genial y tenía los ojos bonitos. No había ninguna razón para no poder quedar con ella. No estaba saliendo con nadie.
Se preguntó si a Sam le gustaría Ann o si por el contrario trataría de echarla de casa. Tal vez era el momento de invitarla y averiguarlo. Y no había ninguna razón para sentirse culpable, no había absolutamente nada por lo que sentirse así. Nada. Y punto.