Gabrielle había pensado pasar la mañana tranquilamente en casa preparando aceites esenciales. Pero en vez de eso pintó como un Van Gogh enloquecido. Colocó el retrato en el que había trabajado contra la pared y empezó otro. Su madre llamó y la interrumpió dos veces, así que desconectó el teléfono. Al mediodía había terminado la última pintura de Joe a excepción, por supuesto, de las manos y los pies. Como en todas las demás, Joe estaba dentro de un aura, pero esta vez se había tomado otra pequeña licencia creativa con su paquete. No creía haber exagerado. Era lo que suponía, basándose en la dura longitud que había sentido contra el interior del muslo la noche anterior.
Simplemente pensar sobre lo que había tenido lugar en la sala de estar hacía sonrojar sus mejillas. La mujer que, a propósito, había convertido un masaje inocente en algo erótico no era ella. Ella no hacía ese tipo de cosas. Tenía que haber alguna explicación, como que tal vez se había podrido algo en el cosmos. O que la luna llena afectaba al flujo sanguíneo del cerebelo, y sin equilibrio en el cerebelo todo se sumía en el caos.
Gabrielle suspiró y sumergió el pincel en pintura roja. Realmente no podía convencerse a sí misma de la teoría de la luna y ya no estaba segura de la teoría del ying y el yang. De hecho, ahora sabía que Joe no era su yang. No era la otra mitad de su alma.
Sólo estaba en su vida para encontrar el Monet del Sr. Hillard y fingía preocuparse por ella para poder arrestar a Kevin. Era un poli que vivía al límite y que pensaba que sus creencias eran simples chifladuras. Se reía de ella y le tomaba el pelo, luego la hacía arder con la caricia de sus manos y su boca. Ciertamente no la había besado como un hombre que fingiera pasión. La noche anterior, él había compartido una parte de su pasado con ella, un pedazo de su vida, y ella había pensado que habían conectado.
La había mareado de deseo hasta dejarla aturdida. La había hecho arder para después preguntarle si se comunicaba con Elvis, ¿y él la llamaba loca?
Gabrielle enjuagó los pinceles, luego se cambió la camisa de pintar por unos pantalones cortos y una camiseta con el nombre de un restaurante local en el pecho. No se puso zapatos.
A las doce y media, apareció Kevin con un tubo FedEx con algunos pósteres antiguos de películas que había comprado en una subasta de Internet. Quería saber su opinión sobre qué valor tenían y durante todo el tiempo que estuvieron hablando en la cocina, esperó que hiciera algún comentario de Joe y ella saltando desde la terraza. Pero no lo hizo y pensó que debía sentirse agradecida de que el Señor Feliz hubiera estado ocupado con la mejor amiga de su novia. Debió de parecer culpable, porque Kevin le preguntó varias veces si algo iba mal.
Después de que su socio se marchara, Gabrielle sacó finalmente los aceites y los colocó al lado de los cuencos de cristal y frascos sobre la mesa de la cocina. Quería probar con limpiadores faciales, cremas hidratantes y diversas mezclas de tónicos y cremas para el acné y las varices. Cuando estaba a punto de ponerse una mascarilla de yogur, Francis llamó al timbre de la puerta.
Su amiga llegó con un Wonderbra azul y un par de braguitas a juego. Gabrielle se lo agradeció y luego la reclutó para un masaje facial. Envolvió el pelo de Francis en una toalla de baño y la hizo sentar sobre una silla del comedor con la cabeza echada hacia atrás.
– Avísame si empiezas a tener la piel demasiado tensa -dijo, esparciendo una mascarilla de arcilla por la cara de su amiga.
– Huele a regaliz -se quejó Francis.
– Eso es porque le eché aceite de hinojo. -Gabrielle esparció la arcilla por la frente de Francis, cuidando de no manchar la toalla. Francis tenía mucha experiencia con los hombres, no siempre buena, pero no tan mala como la de Gabrielle. Tal vez su amiga pudiera ayudarla a entender lo que había ocurrido con Joe-. Dime una cosa: ¿conociste alguna vez un hombre que crees que no te gusta, pero con el que no puedes dejar de fantasear y soñar?
– Sí.
– ¿Quién?
– Steve Irwin.
– ¿¡Quién!?
– El cazador de cocodrilos.
Gabrielle miró alucinada los grandes ojos azules de Francis.
– ¿Sueñas con el cazador de cocodrilos?
– Bueno, creo que tiene un gran corazón y sé que probablemente consumo demasiadas pilas de litio para que se interese por mí, pero me encanta su acento. Está buenísimo con ese traje de safari. Me imagino luchando contra él.
– Está casado con Terri.
– ¿Y qué más da? Pensaba que hablábamos de fantasías. -Francis hizo una pausa para rascarse la oreja-. ¿Tienes fantasías con tu detective?
Gabrielle cogió otro poco de arcilla y la esparció por la nariz de su amiga.
– ¿Es tan obvio?
– No, pero si no fuese tuyo, las fantasías con él las tendría yo.
– Joe no es mío. Trabaja en mi tienda y lo encuentro algo atractivo.
– Es Tauro.
– De acuerdo, es ardiente, pero no es mi tipo. Cree que Kevin está metido en ese lío de vender arte robado y probablemente sigue pensando que yo también lo estoy. -Esparció el barro por las mejillas de Francis antes de añadir-: Y bueno, cree que soy rara, aunque sea él quien me pregunte si puedo comunicarme con Elvis.
Francis sonrió y arrugó la arcilla de alrededor de la boca.
– ¿Puedes?
– No seas absurda. No soy psíquica.
– No es absurdo. Crees en otras cosas de la New Age, así que no veo nada raro en que te lo preguntara.
Gabrielle se limpió las manos con una toallita húmeda, luego se dobló por la cintura y envolvió una toalla alrededor de la cabeza.
– Bueno, estábamos haciéndolo en ese momento -explicó, mientras se erguía.
– ¿Haciéndolo?
– Besándonos. -Ella y Francis intercambiaron miradas, y Gabrielle miró hacia arriba, a la cara de su amiga que estaba cubierta, con excepción de los ojos y los labios, de pasta blanca-. Y otras cosas.
– Ah, eso sí que es extraño. -La arcilla suave se sentía maravillosamente fresca sobre la frente de Gabrielle, que cerró los ojos tratando de relajarse-. ¿Quería que fueras Elvis, o sólo quería preguntarle al Rey algunas cosas?
– ¿Qué más da? La cosa se estaba poniendo bastante caliente y se detuvo para preguntarme si podía comunicarme con Elvis.
– Hay una gran diferencia. Si sólo quería hacer unas preguntas, obtener alguna información, entonces es simplemente un poco raro. Pero si quería que te convirtieras en el Rey del Rock & Roll, entonces deberías buscarte otro tío.
Gabrielle suspiró y abrió los ojos.
– Joe no es mío. -El borde de la mascarilla de Francis y la punta de su nariz comenzaban a secarse-. Ahora te toca a ti -dijo cambiando a propósito de tema-. ¿Por qué no me dices qué hiciste anoche? -Estaba más confundida que nunca y no sabía cómo se le había ocurrido la idea de que Francis podía ayudarla a aclarar sus sentimientos.
Después de la mascarilla, probaron el tónico de Gabrielle y la crema hidratante. Cuando Francis se fue, ambas mujeres tenían los poros limpios y un brillo saludable en la piel. Gabrielle horneó una pizza vegetal para cenar y se sentó delante de la tele para comérsela. Con el mando en la mano, hizo zapping buscando un episodio de El cazador de cocodrilos. Quería ver qué encontraba Francis tan fascinante en un hombre que luchaba contra reptiles, pero el timbre de la puerta sonó antes de que hubiese tenido la posibilidad de revisar cada canal. Colocó el plato en la mesita de café y fue a la entrada. Nada más abrir la puerta, Joe irrumpió en la casa como un tornado. El perfume a sándalo y a brisa nocturna entró con él. Llevaba unos pantalones cortos de nailon negro con el anagrama de Nike Swoosh en el trasero. Las mangas de la camiseta habían sido cortadas y los agujeros de las sisas le llegaban casi hasta la cintura. Los calcetines blancos estaban ligeramente sucios, los zapatos eran viejos. Parecía un macho arrogante, igual que la primera vez que lo había visto apoyado contra un árbol en el Ann Morrison Park fumando como una chimenea.