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– De acuerdo, maldita sea, ¿dónde está? -se detuvo en medio de la sala de estar.

Gabrielle cerró la puerta y se apoyó contra ella. Subió la mirada por sus poderosas pantorrillas y muslos a la cicatriz que marcaba su piel bronceada.

– Venga, Gabrielle. Entrégamelo.

Ella levantó la mirada a su cara. Tenía una marcada sombra de barba y la miraba con el ceño fruncido. Hubo un tiempo en que había pensado en él como alguien amenazante e intimidador, un matón. Pero ya no.

– ¿No tienes que tener una orden, una autorización judicial o algo por el estilo antes de irrumpir en casa de una persona?

– No juegues conmigo. -Apoyó las manos en las caderas y ladeó la cabeza-. ¿Dónde está?

– ¿El qué?

– Genial. -Él dejó la cartera y las llaves junto al plato de la mesita de café, luego procedió a mirar detrás del sofá y en el guardarropa.

– ¿Qué haces?

– Te dejo sola veinticuatro horas y vas, y haces esto. -Atravesó el comedor donde rápidamente echó un vistazo alrededor, luego continuó por el pasillo dejando un reguero de palabras tras él-. Cuando comienzo a pensar que tienes dos dedos de frente vas y cometes una estupidez.

– ¿Qué? -El sonido de sus pasos se perdía en su dormitorio, y Gabrielle lo siguió rápidamente. Cuando llegó, ya había abierto y cerrado la mitad de los cajones-. Si me dices lo que estás buscando, podría ahorrarte tiempo.

En lugar de contestarle, él abrió de golpe las puertas del armario y empujó a un lado las ropas.

– Te advertí que no le protegieras.

Se dobló por la cintura ofreciéndole a Gabrielle una maravillosa vista de su estupendo trasero. Cuando se enderezó, tenía una caja en las manos.

– Oye, deja eso en su sitio. Contiene cosas personales.

– Deberías haberlo pensado antes. A partir de ahora no tienes cosas personales. Estás tan implicada que creo que ni siquiera esa comadreja de abogado que tienes pueda ayudarte.

Vació la caja sobre la cama y docenas de sujetadores, bragas, bustiers y tangas se derramaron sobre el edredón. Él clavó los ojos en la lencería con los ojos como platos.

Si Gabrielle no hubiera estado tan molesta, se habría reído.

– ¿Qué diablos es esto? -dijo, cogiendo las bragas negras de vinilo. Colgaban de su dedo índice mientras las inspeccionaba desde todos los ángulos-. Tienes ropa interior de prostituta.

Le arrebató las bragas y las lanzó con el resto sobre la cama.

– Francis me regala lencería picante de su tienda, pero no la uso.

Él cogió un corsé color cereza adornado con flecos negros. Se veía como un niño ante un surtido completo de caramelos. Un niño con las mejillas teñidas de color azulado por la sombra de la barba.

– Me gusta éste.

– Por supuesto que te gusta. -Cruzó los brazos y apoyó el peso sobre un pie.

– Deberías ponértelo.

– Joe, ¿a qué has venido?

A regañadientes, él apartó la mirada de la ropa interior esparcida sobre la cama.

– Recibí una llamada informándome de que Kevin te pasó algo en un tubo FedEx.

– ¿Qué? ¿Así que va de eso? Él sólo quería que viera unos pósteres de películas antiguas que compró por Internet.

– Entonces es cierto que estuvo aquí.

– Sí. ¿Cómo lo supiste?

– Joder. -Lanzó el corsé sobre la cama y salió del dormitorio-. ¿Por qué lo dejaste entrar?

Gabrielle iba un paso por detrás con la mirada clavada en los pequeños rizos que le rozaban el cuello.

– Es mi socio. ¿Por qué no le iba a dejar entrar?

– Mierda, no sé. Puede que porque es un ladrón y está implicado en los robos de arte. ¿Qué te parece eso para empezar?

Gabrielle apenas oyó nada de lo que dijo. Un pánico repentino la invadió mientras lo seguía pasando por el baño hasta el final del pasillo. Lo agarró del brazo y tiró de él, pero fue como tratar de detener a un toro. Se puso delante de él y abrió los brazos bloqueando la puerta del estudio.

– Éste es mi estudio privado -dijo con el corazón en un puño-. No puedes entrar.

– ¿Por qué?

– Porque no.

– Dime algo mejor.

Así de pronto no se le ocurría nada.

– Porque lo digo yo.

Él la asió por los brazos con sus fuertes manos y la apartó de su camino.

– ¡No, Joe!

La puerta se abrió. Durante un largo momento el silencio flotó en el aire, y Gabrielle le rogó a cualquier dios que pudiera escucharla que de alguna manera el estudio no estuviera tal y como lo había dejado la última vez que había estado allí.

– Cielo Santo.

Supuso que estaba igual.

Él entró lentamente en la habitación hasta detenerse a un metro de la pintura de tamaño natural. Gabrielle sólo quería huir y esconderse, ¿pero adonde podía ir? Miró la tela, la luz del sol poniente atravesaba las cortinas y se derramaba sobre el suelo de madera noble e iluminaba el retrato con una especie de resplandor etéreo. Rogó para que Joe no se reconociese.

– ¿Y eso? -preguntó, señalando la pintura-. ¿Se supone que soy yo?

No había esperanza ahora. Estaba atrapada. Podía haber tenido un problema con la proporción de los pies y las manos, pero no había tenido absolutamente ningún problema con el pene de Joe. Sólo había una cosa que podía hacer, aguantar el chaparrón hasta el final y disimular la vergüenza lo mejor que pudiera.

– Creo que es muy bueno -dijo ella cruzándose de brazos.

Él la miró por encima del hombro con los ojos un poco vidriosos.

– Estoy en pelotas.

– Desnudo.

– Es lo mismo, joder. -Él se volvió, y Gabrielle se colocó a su lado-. ¿Y dónde están mis manos y mis pies?

Ella ladeó la cabeza.

– Bueno, no he tenido tiempo aún de pintarlos.

– Veo que, sin embargo, tuviste tiempo para pintarme la polla.

«¿Qué podía decir a eso?»

– Creo que hice un buen trabajo con la forma de los ojos.

– Y también con las pelotas.

Intentó de nuevo desviar su atención hacia más arriba.

– Plasmé la boca perfectamente.

– ¿Se supone que ésos son mis labios? Están hinchados -dijo, y ella pensó que al menos debería estar agradecida de que no criticara el tamaño de los genitales-. ¿Y qué diablos es esa gran bola roja? ¿Fuego o algo por el estilo?

– Tu aura.

– Ya. -Fijó su atención en las dos pinturas apoyadas contra la pared-. Veo que has estado ocupada.

Ella se mordió el labio inferior y no dijo nada. Al menos en la pintura de demonio, estaba vestido, en la otra, bueno…

– ¿Y no tuviste tiempo para pintar las manos o los pies en ésos?

– Aún no.

– ¿Se supone que soy el diablo o algo por el estilo?

– Algo por el estilo.

– ¿Qué pinta ese perro?

– Es un cordero.

– Ah… Parece un corgi galés.

No parecía ni de lejos un corgi galés, pero Gabrielle no discutió. Primero, porque nunca explicaba su arte a nadie y segundo, porque creía que la falta de tacto de sus comentarios debía perdonarse ante el shock de verse pintado desnudo en los cuadros. Suponía que debía de ser un poco perturbador abrir una puerta y que el retrato desnudo de uno mismo te devolviera la mirada.

– ¿Quién es ése? -preguntó, apuntando hacia la pintura de su cabeza con el cuerpo del David.

– ¿No lo sabes?

– Yo no soy así.

– Usé la escultura del David de Miguel Ángel de modelo. No sabía que tenías vello en el pecho.

– ¿Y no te parece chocante? -preguntó incrédulo, mientras sacudía la cabeza- Nunca fui así. Parece rarito.

Esperaba que rarito quisiera decir extraño, pero lo dudaba.

– Se preparaba para la batalla con Goliath.