– Joder -juró y apuntó hacia la ingle de David-. Mira eso. No he tenido nada tan pequeño desde que tenía dos años.
– Tienes fijación con los órganos genitales.
– No yo, señora. -Se giró y la señaló con el dedo-. Eres tú la que se dedica a pintarme en cueros.
– Soy artista.
– Ya, y yo astronauta.
Había estado dispuesta a perdonar su ruda crítica, pero sólo hasta cierto punto y él acababa de traspasar la línea.
– Vete. Ahora.
Él se cruzó de brazos y cambió el peso de pie.
– ¿Me estás echando?
– Sí.
Un brillo machista le curvó las comisuras de los labios.
– ¿Crees que eres lo suficientemente grande para intentarlo?
– Sí.
Él se rió.
– ¿Sin el bote de laca, señorita mala leche?
De acuerdo, ahora estaba enfadada. Le dio un empujón en el pecho y Joe se tambaleó hacia atrás. La siguiente vez que lo empujó, estaba preparado y no se movió.
– No puedes venir a mi casa a intimidarme. No tengo por qué aguantar esto. -Lo empujó otra vez y él la agarró por la muñeca-. Eres un policía infiltrado. No eres mi novio. Jamás tendría un novio como tú.
Su sonrisa se borró como si ella le hubiera insultado de alguna manera. Lo que era imposible. Tendría que tener emociones humanas para sentirse ultrajado.
– ¿Por qué diablos no?
– Estás rodeado de energía negativa -dijo, mientras luchaba para quedar libre de su presa pero no pudo-. Y no me gustas.
La soltó y ella dio un paso atrás.
– Anoche no pensabas lo mismo.
Ella cruzó los brazos y achicó los ojos.
– Anoche hubo luna llena.
– ¿Y qué me dices de estos cuadros en los que me pintaste desnudo?
– ¿Qué pasa con ellos?
– No pintarías la polla de un tío que no te gusta.
– Mi único interés en tu… eh… -No lo podía decir. No podía decir esa palabra que empezaba con P.
– Puedes llamarlo Señor Feliz -la ayudó-. Pene también vale.
– Anatomía masculina -dijo ella-, es porque soy una artista.
– Ya estás otra vez. -Enmarcó su cara entre las palmas de las manos-. Estás creándote mal karma. -Le rozó ligeramente la barbilla con el pulgar.
– No miento -mintió.
Se quedó sin respiración al pensar que la besaría. Pero sólo se echó a reír, dejó caer las manos y se volvió hacia la puerta. Ella quedó atrapada entre el alivio y la decepción.
– Soy artista profesional -le aseguró a Joe siguiéndolo a la sala de estar.
– Si tú lo dices…
– ¡Lo soy!
– Entonces, déjame decirte… -dijo, cogiendo las llaves y la cartera de la mesita de café- que la próxima vez que sientas la urgencia de pintarme, no dudes en llamarme. Ponte alguna de esas prendas de ropa interior tan picante que tienes y te mostraré mi anatomía. En primer plano y de verdad.
Capítulo 14
Alrededor de medianoche Gabrielle tiró al suelo la lencería que Joe había echado sobre la cama y se acostó. Cerró los ojos e intentó no pensar en él dentro de su dormitorio con la camisa sin mangas marcándole los anchos hombros y las bragas de vinilo colgando de un dedo. Era un neandertal. La pesadilla anacrónica de cualquier chica. La había enojado más que cualquier hombre que hubiera conocido. Tendría que odiarlo a muerte. Realmente debería hacerlo. Primero se había burlado de sus creencias y ahora de su arte y, no importaba lo mucho que lo intentara, él seguía sin desagradarle. Había algo en Joe, algo que la atraía como los fieles a La Meca. No quería dejarse llevar, pero su corazón parecía no atender a razones.
Si había alguien que conociera a Gabrielle por dentro y por fuera, era ella misma. Sabía qué era bueno para ella y qué no lo era. Algunas veces se equivocaba, como cuando aspiró a ser masajista para descubrir que necesitaba una salida más creativa. O cuando había tomado clases de Feng Shui con intención de aprender a diseñar la distribución de una habitación para lograr paz y armonía perfecta, pero en cambio sólo había conseguido un dolor de cabeza agudo.
Como resultado de los distintos giros que había tomado su vida, sabía un poco de cada cosa. Algunas personas podrían considerar eso como algo frívolo e irresponsable, pero ella lo veía de otra manera, más como una disposición a correr riesgos. No temía cambiar de rumbo. Su mente estaba abierta a casi cualquier cosa. Salvo a la idea de dejar que su corazón se involucrara en una relación con Joe. Eso nunca podría funcionar. Eran demasiado diferentes. Como el día y la noche. Positivo y negativo. Ying y yang.
Él saldría pronto de su vida. Pensar en no volver a verlo nunca más debería hacerla feliz. Sin embargo, la hacía sentirse vacía e insomne.
A la mañana siguiente corrió los habituales cuatro kilómetros antes de regresar a casa y prepararse para ir al trabajo. Después de la ducha se puso unas braguitas blancas con corazoncitos rojos y un sujetador a juego. Ese conjunto era uno de los pocos artículos de la tienda de Francis que Gabrielle se permitía ponerse. Se cepilló el pelo y mientras se secaba, se maquilló y se puso unos largos pendientes de perlas.
Los lunes eran el día de descanso de Kevin y estaría sola con Joe hasta el mediodía, momento en que llegaría Mara. Pasar tiempo a solas con él la asustaba, pero también le provocaba pequeñas mariposas en el estómago. Se preguntó si se dedicaría a registrar los archivos de Kevin con la puerta de la oficina cerrada igual que la semana anterior. O si tendrían que buscar algo para que él hiciera. Y se preguntó si llevaría el cinturón de herramientas un poco caído sobre las caderas.
Sonó el timbre de la puerta seguido de un golpe que ella reconoció de inmediato. Se puso rápidamente un albornoz blanco y se ató el cinturón mientras caminaba hacia la puerta. Se retiró el pelo de debajo de la prenda y abrió la puerta. En lugar de los habituales vaqueros y la camiseta, Joe llevaba un traje azul marino, camisa blanca y una corbata azul y grana. Las oscuras gafas de sol ocultaban sus pensamientos, En una mano llevaba una bolsa del mismo bar de la Octava donde había comprado los bocadillos el viernes, la otra la tenía metida en el bolsillo de los pantalones.
– Te traje el desayuno -dijo.
– ¿Por qué? ¿Te sientes mal por haberte burlado de mí anoche?
– Nunca me he burlado de ti -dijo con la cara totalmente seria-. ¿Vas a invitarme a pasar?
– Nunca has pedido permiso. -Se hizo a un lado para dejarle pasar, luego cerró la puerta tras él-. Siempre entras como si estuvieras en tu casa.
– Tenías la puerta cerrada con llave. -Colocó la bolsa de papel en la mesita delante del sofá, y cogió dos magdalenas y dos tazas de café-. Espero que te gusten las magdalenas de queso -dijo, quitándose las gafas de sol y metiéndolas en el bolsillo interior de su chaqueta. Luego la miró con ojos cansados y quitando la tapa plástica de los vasos de poliestireno le ofreció uno-: toma.
A Gabrielle no le gustaba el café, pero lo cogió de todos modos. Él le tendió una magdalena y también la aceptó. Por primera vez desde que abrió la puerta notó la tensión que le fruncía la boca.
– ¿Qué pasa?
– Primero come. Hablaremos después.
– ¿Primero? ¿Cómo es posible que pueda comer algo ahora?
Él deslizó la mirada por sus mejillas y su boca, luego volvió a mirarla a los ojos.
– Ayer por la noche un marchante de arte de Portland se puso en contacto con Kevin. Su nombre es William Stewart Shalcroft.
– Conozco a William. Kevin trabajó para él.
– Aún lo hace. Esta tarde a las tres, William Stewart Shalcroft llegará de Portland en un vuelo chárter sin escalas. Kevin y él planean encontrarse en una sala del aeropuerto, intercambiar el Hillard por dinero y luego el señor Shalcroft piensa alquilar un coche y conducir de regreso a Portland. Nunca llegará al mostrador de Hertz. Los arrestaremos en cuanto hagan el intercambio.