Gabrielle parpadeó.
– Me tomas el pelo, ¿no?
– Ojalá fuera así, pero no. Desde la noche del robo Kevin ha tenido la pintura en su poder.
Ella lo oyó. Sus palabras eran contundentes, pero no tenían sentido. No podía conocer a Kevin desde hacía tantos años y estar tan equivocada con respecto a él.
– Tiene que haber un error.
– No hay error posible.
Él parecía tan seguro, sonaba tan inflexible que la primera sombra de duda pasó por su mente.
– ¿Estás absolutamente seguro?
– Pinchamos el teléfono de su casa y tenemos grabado cómo establece la cita con Shalcroft para el intercambio.
Miró a Joe, el cansancio y la tensión asomaban a sus ojos castaños.
– Entonces ¿todo es cierto?
– Me temo que sí.
Y por primera vez desde que la esposó y la llevó a la comisaría, lo creyó.
– ¿Robó Kevin el Monet del señor Hillard?
– Contrató a alguien para que efectuara el robo.
– ¿A quién?
– No lo sabemos aún.
Se aferró a esa respuesta.
– ¿Y no es posible que quien efectuó el robo sea el único ladrón?
– No. El robo de una obra de arte tan valiosa como un Monet requiere planificación y una trama clandestina de contactos. Comienza con un coleccionista rico y avanza desde ahí. Creemos que han planeado el robo desde hace por lo menos seis meses y que ésta no es la primera vez que Kevin y Shalcroft trabajan juntos. Creemos que han realizado operaciones de este tipo desde que Kevin conoció a Shalcroft en Portland.
Todo lo que Joe decía era posible, pero increíble de aplicar al Kevin que ella conocía.
– ¿Cómo puede haberse involucrado en algo tan horrible?
– Por dinero. Mucho dinero.
Gabrielle miró la magdalena y el café que tenía en las manos. Durante un momento estuvo tan confundida que olvidó cómo habían llegado hasta allí.
– Voy a dejarlos aquí -dijo ella, colocando todo sobre la mesa-. No tengo hambre. -Joe intentó abrazarla, pero ella se apartó y se hundió en el sofá lentamente. Se sentó con las manos en el regazo y la mirada clavada en la habitación.
A simple vista todo parecía igual que un momento antes. El reloj sobre la chimenea marcaba silenciosamente los minutos y la nevera zumbaba en la cocina. Una vieja camioneta pasó por delante de la casa y un perro ladró calle abajo. Sonaba a la rutina de un día normal, pero todo era diferente. Su vida era diferente ahora.
– Te dejé trabajar en Anomaly porque no te creí -dijo ella-. Pensaba que estabas equivocado y durante todo este tiempo estuve fantaseando con la idea de que un día vendrías a decirme lo mucho que lamentabas todo e… esto. -Se le quebró la voz y se aclaró la garganta. No quería llorar. No quería sufrir una crisis nerviosa y montar una escena, pero fue incapaz de evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas. Se le empañó la vista, el dibujo de las tazas de café pareció desdibujarse y difuminarse-. Que tendrías que disculparte por arrestarme ese día en el parque y por hacerme traicionar a Kevin. Pero al final no estabas equivocado sobre él.
– Lo siento. -Joe se sentó a su lado con las piernas separadas y cerró su cálida mano sobre la de ella-. Siento que te ocurriera algo así. No mereces pasar por esto.
– No soy perfecta, pero nunca he hecho nada para tener tan mal karma. -Sacudió la cabeza y una lágrima se le deslizó por la mejilla hasta una de las comisuras de los labios-. ¿Cómo pude estar tan ciega? ¿Por qué no vi ninguna señal? ¿Cómo pude ser tan estúpida? ¿Cómo no me di cuenta de que me había asociado con un ladrón?
Él le apretó la mano.
– Porque eres como el ochenta por ciento de la gente. No crees conocer a ningún criminal. No sospechas de nadie.
– Tú lo haces.
– Porque es mi trabajo y tengo que estar con el otro veinte por ciento de idiotas. -Rozó los nudillos de Gabrielle con el pulgar-. Sé que ahora no eres capaz de ver nada bueno en todo esto, pero todo irá bien. Tienes un buen abogado. Seguro que consigue que te quedes con la tienda.
– No creo que la tienda pueda sobrevivir a este desastre. -Una segunda lágrima se le escapó de los ojos y luego una tercera-. El robo de esa pintura todavía es noticia. Cuando arrestéis a Kevin, la tienda se convertirá en un hervidero de periodistas… Nunca podré recobrarme de algo parecido. -Con la mano libre se secó las lágrimas que le corrían por las mejillas-. Anomaly está acabada.
– Puede que no -dijo él, su voz profunda sonaba tan confiada que casi le creyó.
Pero ambos sabían que la tienda nunca sería la misma. Siempre estaría marcada por el robo de la pintura Hillard. Kevin lo había hecho. Él le había hecho eso, y era imposible para ella reconciliar al Kevin ladrón de arte con el hombre que siempre le había llevado té cuando no se había sentido bien. ¿Cómo podía existir tal dicotomía en una persona? ¿Cómo pudo pensar que conocía a Kevin tan bien cuando no lo conocía en absoluto?
– ¿También creéis que tiene todas esas antigüedades robadas que me enseñasteis en la comisaría?
– Sí.
Un pensamiento horrible golpeó a Gabrielle y rápidamente miró a Joe por encima del hombro.
– ¿Todavía piensas que estoy involucrada?
– No. -Él le acarició la húmeda mejilla con el dorso de los dedos-. Sé que tú no estás involucrada.
– ¿Cómo?
– Te conozco.
Sí, tal como ella lo conocía a él. Le recorrió la cara con la mirada, desde las mejillas recién afeitadas a la suave mandíbula.
– ¿Cómo pude ser tan estúpida, Joe?
– Engañó a mucha gente.
– Sí, pero yo trabajaba con él casi todos los días. Era mi amigo, pero supongo que nunca lo conocí en realidad. ¿Por qué no sentí su energía negativa?
Joe le rodeó los hombros con los brazos y la obligó a recostarse con él sobre los cojines del sofá.
– Bueno, no creo que sea culpa tuya, el aura de las personas también puede hacer trampa.
– ¿Estás riéndote de mí?
– Estoy siendo amable.
Se le atascó un sollozo en la garganta cuando lo miró. ¿Primero Kevin y ahora Joe? Ninguno era como ella creía.
– ¿Por qué soy tan ingenua? Francis me dice siempre que soy demasiado confiada. Siempre acabo metiéndome en problemas. -Sacudió la cabeza y parpadeó para eliminar las lágrimas de los ojos. La cara de Joe estaba tan cerca que podía verle los pelos del bigote bajo la piel morena y oler su aftershave-. Algunas personas creen que cada uno atrae acontecimientos positivos o negativos a su vida, que atrae a las personas que se merece.
– Eso me parece una gilipollez. Si fuera así, tú sólo atraerías videntes de auras, temerosos del karma y vegetarianos no practicantes.
– ¿Estás tratando de ser amable otra vez?
Él sonrió.
– Si no te das cuenta, es que no lo estoy haciendo bien.
Ella miró la hermosa cara que conocía tan bien, esos intensos ojos con las cejas bajas como siempre que la miraba. La nariz recta y la profunda curva del labio superior. La piel suave donde aparecería una sombra azulada aproximadamente al mediodía.
– Mi último novio veía auras, era un temeroso del karma y vegetariano, aunque él sí era vegetariano del todo.
– Suena como si fuera muy dinámico.
– Era aburrido.
– Ves, eso es porque no puedes evitar caer en la tentación. -Con el pulgar le enjugó otra lágrima de la mejilla mientras paseaba la mirada por su cara-. Tú necesitas un hombre que aprecie a las mujeres rebeldes y apasionadas. Fui a la escuela parroquial y desde entonces siento un profundo afecto por las chicas que caen en la tentación. En cuarto grado Karla Solazabal solía levantarse la falda del uniforme para enseñarme las rodillas. Dios mío, cómo la amaba por eso.
Y ella amaba que tratara de animarla.
– ¿Qué va a ocurrir ahora? -preguntó.
Su mirada se ensombreció.