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– Una vez que Kevin sea arrestado, lo ficharán…

– No -lo interrumpió-. ¿Soy tu colaboradora hasta después del juicio?

– No, quedas libre del acuerdo. Como no sabes nada, estoy seguro de que ni siquiera tendrás que testificar en el juicio.

Su respuesta se le clavó en el corazón como una flecha ardiente. No preguntaría si tenía intención de verla otra vez, si la llamaría ahora que no era su novia ficticia. No quería preguntar porque no estaba segura de querer saber la respuesta.

– ¿Cuándo tienes que irte?

– Todavía no.

Gabrielle deslizó la mano por el brazo de Joe, ascendiendo por el hombro, hasta la cabeza. No hablaría de lo que podría ocurrir más tarde o mañana o la semana siguiente. No quería pensar en eso. Le acarició el cuero cabelludo para mesarle el pelo corto y punzante. Un deseo ardiente iluminó los ojos de Joe, que bajó la mirada a su boca.

– ¿Qué le ocurrió a Karla? -preguntó ella.

Él llevó la palma de la mano a un lado del cuello de Gabrielle y deslizó los dedos bajo el albornoz.

– Es fiscal del distrito.

Le levantó la barbilla con el pulgar al tiempo que bajaba los labios para acariciar los de ella una vez, dos, tres veces. Sus besos eran tan suaves que parecieron quemarla como el radiante sol de agosto, calentándola desde la coronilla hasta la boca del estómago. Un cálido estremecimiento se extendió por sus piernas descendiendo por la parte de atrás de las rodillas hasta las puntas de los pies. El interior de su húmeda boca sabía a menta y café. Joe la besó como si el sabor de ella fuera dulce y muy, muy bueno.

Ella inclinó la cabeza hacia un lado para facilitarle el acceso, y él la empujó contra el respaldo del sofá haciéndole el amor con los labios y la lengua. La cálida palma de su mano se coló bajo el albornoz y deslizó la punta de los dedos por el borde del sujetador acariciando los montículos de los senos. Excitada alcanzó el nudo de la corbata de rayas. Él no la detuvo, y Gabrielle tironeó de la corbata hasta que los extremos le colgaron sobre el pecho. Gabrielle le succionó la lengua mientras desabrochaba el pequeño botón del cuello de la camisa, continuando con el resto de botones hasta que la camisa se abrió por completo. Luego tiró de ella para sacarla de los pantalones. Buscando entre sus cuerpos, sus manos encontraron el duro abdomen. Él contuvo el aliento. El fino vello cosquilleó en sus dedos cuando lo acarició en el estómago para después presionar las palmas de las manos sobre cada tetilla. Sus músculos se endurecieron bajo la caricia, su piel ardió y se le escapó un gemido de la garganta.

Él se había comportado así la noche que le había dado el masaje. Había actuado como si la deseara, luego le había preguntado sobre Elvis y se había marchado. Sin ningún problema.

– ¿Recuerdas la otra noche cuando te di el masaje? -preguntó.

Él se quitó la chaqueta y la lanzó al suelo.

– Es muy probable que nunca olvide ese masaje.

– Te deseaba y creía que tú me deseabas también. Pero te fuiste.

– No me voy a ir a ningún sitio. -Su mirada encontró la suya mientras colocaba cuidadosamente la pistolera con el arma sobre el suelo, al lado de la chaqueta.

– ¿Por qué ahora?

– Porque estoy cansado de resistirme a esto. Te deseo tanto que me duele, y estoy harto de llegar a casa tan duro que no hay ducha fría que pueda remediarlo. Estoy cansado de soñar despierto, imaginándote desnuda como si tuviera dieciséis años otra vez. Imaginando mi cara entre tus senos, imaginando cómo sería tener sexo salvaje contigo. Es el momento de dejar de soñar y pasar a la acción. -Flexionó las muñecas y se desabotonó los puños de la camisa-. Decías la verdad sobre que tomas la píldora, ¿no?

– Sí.

Él se quitó la camisa y la tiró sobre la chaqueta.

– Entonces ya es hora de que hagamos el amor -dijo, y se abalanzó sobre ella envolviéndola entre sus brazos mientras su boca tomaba posesión de la de ella.

Le rodeó la espalda con un brazo y la recostó suavemente sobre el sofá. Puso una rodilla entre sus muslos, apoyando la otra pierna en el suelo, y la volvió a mirar con ojos hambrientos. El albornoz de Gabrielle dejaba entrever la cadera, la pierna derecha y el suave montículo del pecho izquierdo. Él desató el cinturón y apartó la mullida tela. Su mirada ardiente la acarició por todas partes demorándose en el triángulo estampado de corazones que le cubría la entrepierna. Entonces, muy lentamente, subió por el abdomen hasta el sujetador y cogiendo ambas copas con las manos, las apretó una contra otra.

– ¿Recuerdas cuando llegué al patio trasero y te encontré en la piscina de niños?

– Ajá.

– Quise hacer esto.

Él se inclinó sobre ella y colocó las palmas de las manos bajo sus hombros. La alzó y enterró la cara entre sus pechos, prodigándoles besos suaves mientras Gabrielle deslizaba las manos sobre sus hombros desnudos para atraerlo hacia su cuerpo. Envolvió una pierna alrededor de su cintura y se apretó contra él. Un gemido escapó de lo más profundo de la garganta de Gabrielle cuando él también presionó, empujando la dura erección contra su entrepierna. Todo su ser se centró en él, en el placer de sus caricias y en el sordo dolor entre los muslos. Sus besos suaves la hacían perder el juicio y se arqueó contra él ofreciendo un seno turgente a sus labios. Joe buscó su mirada y sonrió, luego abrió la boca y succionó sobre la fina tela del sujetador enloqueciéndola con el ritmo lento y ondulante de sus caderas. A pesar de la delgada tela de las bragas y de sus pantalones consiguió que se licuara por dentro. Le ardía la piel, los pezones pujaron contra la tela y, clavándole los dedos en los hombros, se aferró a él. Joe deslizó la mano bajo su espalda y la agarró por el muslo para detenerla.

– Más despacio, cariño, o me avergonzaré aquí mismo, antes de que comience lo bueno de verdad.

– Creía que ésta era la parte realmente buena.

Una risa suave escapó de sus labios.

– Se puede mejorar.

– ¿Cómo?

– Ahora te lo demostraré, pero no en el sofá. -Él se levantó y la puso de pie, luego la arrastró fuera de la habitación-. En una cama donde pueda estirarme mientras trabajo.

Llegaron hasta el comedor donde ella se detuvo para besarlo en la garganta. Saboreó su colonia y deslizó la mano sobre su abdomen plano, bajo los pantalones, hasta atrapar la dura longitud. Luego, antes de que ella pudiese darse cuenta de lo que él estaba haciendo, la subió y la sentó sobre la mesa. Gabrielle golpeó el teléfono con la mano, que cayó al suelo. A ninguno de los dos le importó.

– La primera vez que te vi corriendo por delante de mí en el parque pensé que tenías el culo y las piernas más dulces a este lado del paraíso. Eras la mujer más guapa que había visto. -Él se sentó en una silla y le besó el interior de una pantorrilla.

– Creías que era una ladrona.

– Eso no quiere decir que no quisiera verte desnuda. -Presionó los labios en el interior de la rodilla-. Que no quisiera mirarte mientras te seguía. Que no supiera lo afortunado hijo de puta que era.

La mirada de Gabrielle le recorrió el pelo y los labios sonrientes que él apretaba contra el interior de su muslo. La pasión ardía a fuego lento en sus ojos oscuros cuando la punta de su lengua tocó la marca unos centímetros por debajo de la banda elástica de sus braguitas. Contuvo el aliento mientras la mantenía así, en suspenso, haciéndole arder las entrañas mientras se preguntaba qué vendría después.

– O cómo sabes aquí -dijo, y suavemente le lamió la piel con su cálida boca.

Cada brote de deseo de su cuerpo se intensificó y ardió, excitándola y paralizándola al mismo tiempo. Él deslizó la mano por el interior de su muslo hasta el triángulo de tela que le cubría la entrepierna. La rozó a través del fino material mientras levantaba la cabeza para mirarla.

– ¿Te gusta?

– Sí, Joe…

Él acercó la silla a la mesa tanto como fue posible.