La sospecha brilló en sus ojos, pero lo hizo mientras preguntaba.
– ¿Qué vas a hacer?
– Voy a hacer estallar tu mente.
– Ésa es una declaración atrevida.
Gabrielle solamente sonrió. Había ido a clases de danza del vientre durante seis meses, el tiempo necesario para saber cómo rodar las caderas y moverse sensualmente. Levantó las manos por encima de la cabeza y rotó las caderas mientras se contoneaba. Cerró los ojos y se abandonó al goce de sentirlo en lo más profundo de su ser.
– ¿Te gusta?
– ¡Jo-der!
Ella sonrió ampliamente y reteniéndolo profundamente en su interior, hizo estallar su mente.
– ¿Estás segura de que no huelo a chica? -preguntó Joe por tercera vez en el comedor mientras se subía los boxers.
Gabrielle le enterró la nariz en el cuello. Después de que se levantaran del suelo del dormitorio, lo había metido medio aturdido en la ducha para reanimarlo con una esponja de lufa y una pastilla especial de su jabón casero de lilas. Él no había dejado de quejarse del olor a chica hasta que ella se había arrodillado ante él para enjabonarlo de arriba abajo.
– Creo que no -dijo, poniéndose las bragas y abrochándose el sujetador. A ella le olía a Joe.
Gabrielle cruzó los brazos y apoyándose contra la mesa lo observó abotonarse los pantalones. La luz acariciaba los rizos cobrizos de su pelo mojado.
– No quiero que hoy contestes al teléfono -dijo, entrando en la sala de estar y cogiendo la camisa y la chaqueta-. Al menos, no hasta después de las tres. Kevin podría intentar ponerse en contacto contigo después de la detención y te sugeriría que no hablaras con él. -Metió los brazos en la camisa y se abotonó los puños antes que el frente-. Y asegúrate de que comes algo. No quiero que te pongas enferma.
¿Qué le pasaba con la comida? Gabrielle lo observó desde el comedor, amándole tanto que le dolía. No sabía cómo, pero había ocurrido. Él no era el tipo de hombre que se había imaginado que podía llegar a querer, pero era el hombre perfecto para ella. Sintió los rápidos latidos de su corazón, el aleteo incesante en su estómago y lo supo en su alma. Era algo más que buen sexo. Más que orgasmos alucinantes. Él era su hombre y ella su mujer. Positivo y negativo.
Pero una pequeña duda mermó la sensación de euforia. No estaba segura de si él había llegado a la misma conclusión que ella.
Joe metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó el busca y miró la pantalla.
– Quizá deberías quedarte con tu madre algunos días. Joder. ¿Dónde está el teléfono?
Gabrielle apuntó a sus pies, donde estaba tirado en el suelo. Él agarró la chaqueta y la pistolera y volvió al comedor. Joe recogió el teléfono con una mano y pulsó el botón de conexión con el pulgar, luego marcó los números.
– Shanahan -dijo, mientras colocaba la pistolera y la chaqueta sobre la mesa- Bueno, mi busca estaba en el coche… ¿Qué dices? Acabo de encontrar un teléfono. -Se metió la camisa por los pantalones y luego cogió la chaqueta-. Dime que estás de coña. ¡Ni siquiera es mediodía! -Con el teléfono entre la oreja y el hombro pasó los brazos por las mangas-. ¿Cuándo fue eso?… Voy para allá -dijo, y colgó el auricular en el soporte-. ¡Joder!
– ¿Qué?
Él la miró, después se sentó en una silla y se puso los calcetines.
– No puedo creer que me pase esto. No es posible.
– ¿Qué?
Joe se cubrió la cara con las manos y se frotó la frente como si tuviera la piel tensa.
– Joder -suspiró, y dejó caer las manos-. Kevin y Shalcroft cambiaron la hora del encuentro. Los arrestaron hace quince minutos. Intentaron contactar conmigo desde la oficina, pero no pudieron. -Se puso los zapatos y se levantó.
– Oh.
Agarrando la pistolera, corrió a la puerta.
– No hables con nadie hasta que vuelva contigo -dijo por encima del hombro. Masculló unas cuantas obscenidades más, luego salió de la casa sin molestarse en decir adiós.
Capítulo 15
Joe hizo girar el volante describiendo una U en mitad de la calle de Gabrielle. La llanta derecha subió a la acera mientras se arrancaba el parche de nicotina de la cintura y lo arrojaba por la ventanilla. Se puso las gafas de sol y buscó en la guantera hasta que encontró una cajetilla de Marlboro. Sacó un cigarrillo y lo encendió con el Zippo. Una nube de humo se extendió hacia el parabrisas cuando tomó una honda calada. Apretaba la mandíbula con tanta fuerza que le rechinaban los dientes. No sabía cómo explicaría la nueva abolladura del Chevy. Una abolladura que era exactamente del tamaño de su pie. Le hubiera gustado patearse el culo si eso fuera humanamente posible.
El arresto más importante de su vida y la había jodido. Se lo había perdido porque estaba manteniendo relaciones sexuales con su colaboradora. No importaba que tal vez técnicamente ella ya no lo fuera en el momento de la penetración; él estaba de servicio y no habían podido localizarle desde comisaría. Habría preguntas. Y no tenía las respuestas. Ninguna que quisiera dar a preguntas como: «¿Dónde diablos te has metido, Shanahan?»
Y qué podía decir: «Bueno, capitán, como se suponía que el arresto sería a las tres, pensé que tenía un montón de tiempo libre para tirarme a mi colaboradora.» Joe se rascó la frente y continuó pensando. «Y oye, tiene un polvo de lo más increíble, después de hacerlo la primera vez me puse cachondo de nuevo y tuve que repetir. Y la segunda vez fue tan espectacular que pensé que iba a necesitar reanimación. Y capitán, te aseguro que no sabes lo que es realmente una ducha hasta que no has sido enjabonado y acariciado por Gabrielle Breedlove.» Si admitiera eso, probablemente tendría que devolver la placa y convertirse en guardia de seguridad.
Otra nube de humo llenó el coche cuando Joe exhaló. Existía la posibilidad de que nadie descubriese su relación con Gabrielle. Él ciertamente no pensaba difundir el incidente ni siquiera para descargar la conciencia. Pero ella podría hacerlo y entonces estaría jodido. Cuando el caso fuera a juicio, podía imaginar al abogado defensor de Kevin acosándole con preguntas del tipo: «¿No es verdad, detective Shanahan, que ha mantenido relaciones sexuales con su colaboradora, la socia de mi cliente? ¿Y no podría ser todo esto un montaje contra mi cliente por celos?»
Tal vez los almacenes K-mart necesitaran a alguien para vigilar las tiendas por la noche.
A Joe le llevó quince minutos y otro cigarrillo aparcar el Chevy delante de la comisaría. Cerró los puños con fuerza y los metió en los bolsillos de los pantalones controlando su cólera. La primera persona que encontró camino de las taquillas fue el capitán Luchetti.
– ¿Dónde diablos te has metido? -ladró Luchetti, pero no había garra tras sus palabras. El capitán parecía diez años más joven que el día anterior y lo cierto era que sonreía por primera vez desde el robo Hillard.
– Ya sabes dónde. -Joe y otro detective habían pasado la noche anterior y las primeras horas de la mañana estudiando los planes del departamento para el arresto. Habían hecho planes de emergencia. Planes que obviamente habían puesto en marcha sin él-. Fui a casa de la señorita Breedlove para avisarla del arresto de Carter. ¿Dónde lo habéis metido?
– Carter y Shalcroft están aún con Miranda. No quieren hablar -contestó Luchetti, mientras caminaban por el pasillo hacia las salas de interrogatorios. Durante los diez días anteriores, el ambiente en el edificio había sido sombrío y lleno de tensión. Ahora todos los que pasaban por delante de Joe, desde detectives a sargentos, lucían una gran sonrisa. Todo el mundo respiraba con alivio menos Joe. No con el culo tan cerca de la trituradora-. ¿No hueles a flores? -preguntó Luchetti.
– No huelo nada.
El capitán se encogió de hombros.
– No pudimos localizarte.
– Bueno, es porque no tenía el busca encima. -Lo cual era básicamente cierto. El busca estaba en los pantalones y no los tenía puestos cuando sonó-. No sé cómo pudo haber ocurrido.