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– Ni yo. No entiendo cómo un detective con nueve años de experiencia puede andar sin el busca. Cuando supimos que Carter había cambiado la hora de la reunión y vimos que no podíamos localizarte enviamos una patrulla a esa tienda de la calle Decimotercera. El oficial informó que llamó en las dos puertas, pero no contestó nadie.

– No estaba allí.

– Enviamos a alguien a su casa. Tenías el coche aparcado fuera, pero nadie abrió la puerta.

Cielo Santo. No había oído a nadie llamando, pero, por supuesto, en algunos momentos clave ni se habría enterado de una banda de música tocando a medio metro de su culo.

– Ha debido de ser cuando salimos para desayunar -improvisó-. Fuimos en el coche de la señorita Breedlove.

Luchetti se detuvo en la puerta de la habitación.

– ¿Le contaste lo de Carter y tenía ganas de desayunar? ¿Se sentía con ánimos para conducir?

Era el momento de cambiar de táctica. Miró de frente al capitán y dejó escapar la cólera que había estado conteniendo.

– ¿Estás tratando de tocarme las pelotas, Luchetti? El robo Hillard es el caso más importante del departamento y me perdí el jodido arresto porque estaba haciendo de canguro de un colaborador. -Dejar escapar parte de la furia lo hizo sentir condenadamente bien-. He trabajado muy duro en este caso y he currado un montón de horas extra. Tuve que aguantar las sandeces de Carter todos los días y quería ponerle las esposas yo mismo. Merecía estar allí y no sabes cuánto me jode habérmelo perdido. Así que si estás tratando de hacerme sentir como un gilipollas, ya puedes olvidarte. No puedes hacer que me sienta peor.

Luchetti se balanceó sobre los talones.

– De acuerdo, Shanahan, lo dejaré pasar a menos que vuelva a surgir el tema.

Dios no lo quiera. Joe no podía explicar lo que había pasado entre Gabrielle y él. Ni siquiera se lo podía explicar a sí mismo.

– ¿Estás seguro de que no hueles a flores? -preguntó Luchetti, y olfateó el aire-. Algo como el perfume de lilas de mi esposa.

– Joder, no huelo nada. -«Lo sabía. Sabía que olía como una chica»-. ¿Dónde está Carter?

– En la tres, pero no habla.

Joe se dirigió a la sala de interrogatorios y abrió la puerta. Y allí estaba Kevin sentado con una mano esposada a la mesa.

Kevin levantó la vista y torció la boca con desprecio.

– Cuando uno de los polis me dijo que había un detective infiltrado trabajando en Anomaly supe que tenías que ser tú. Desde el primer día me di cuenta de que eras un perdedor.

Joe apoyó un hombro contra el marco de la puerta.

– Quizá, pero no soy el perdedor que atraparon con el Monet del Sr. Hillard, ni el perdedor que llenó su casa de antigüedades robadas. Tampoco soy el perdedor que va a pasar de quince a treinta años en la prisión estatal. Ese perdedor eres tú.

La cara pálida de Kevin palideció aún más.

– Mi abogado me sacará de aquí.

– Creo que no. -Joe se apartó para dejar entrar al jefe Walker en la sala-. No existe abogado tan bueno.

El jefe se sentó en la mesa frente a Kevin con una voluminosa carpeta llena de documentos. Joe sabía que algunos no tenían nada que ver con Kevin. Una de las más antiguas tácticas policiales era hacer creer a un criminal que tenía un grueso expediente.

– Shalcroft está colaborando más que usted -comenzó Walker, lo cual, supuso Joe, tenía tantas posibilidades de ser mentira como verdad. Él también creía que cuando Kevin viera la cantidad de pruebas que había contra él cantaría rápidamente. Si no le quedaba más remedio, Kevin Carter se preocuparía sólo de salvar su propio pellejo. Sin duda daría el nombre del ladrón que había contratado para robar la pintura y el de los demás involucrados.

– Deberías pensar seriamente en cooperar antes de que sea demasiado tarde -sugirió Joe.

Kevin se recostó en la silla y ladeó la cabeza.

– Vete a la mierda.

– De acuerdo, piensa en esto. Mientras tú estés en una cómoda celda de la cárcel yo me iré a casa a celebrarlo con una buena barbacoa.

– ¿Con Gabrielle? ¿Sabe ella quién eres en realidad? ¿O sólo la utilizaste para acercarte a mí?

El peso de la culpa se le asentó en el estómago. Culpa y el mismo sentimiento protector que había sentido la noche que había visto a Gabrielle colgar de la terraza. Aquello lo cogió desprevenido y se impulsó desde la puerta.

– No me hagas hablar de quien ha utilizado a Gabrielle. Tú lo has hecho durante años sólo para tener una tapadera. -En ese momento sintió que el estómago revuelto era por algo más que el deber de proteger a su colaboradora, pero no estaba de humor para pensar en ello.

Kevin se dio la vuelta.

– Estará bien.

– Cuando hablé con ella esta mañana, no lo parecía.

Kevin se volvió y por primera vez le brilló en los ojos algo más que arrogante beligerancia.

– ¿Qué le dijiste? ¿Qué sabe?

– Lo que sabe no debe preocuparte. Todo lo que necesitas saber es que yo estaba en Anomaly para cumplir con mi deber.

– Sí, seguro -se burló él-. Cuando tenías a Gabe contra la pared con la lengua dentro de su boca haciéndola gemir me pareció algo más que deber.

Walker levantó la mirada y Joe sonrió con facilidad.

– Algunos días fueron mejores que otros. -Se encogió de hombros y sacudió la cabeza como si Kevin sólo dijese tonterías-. Sé que estás muy cabreado conmigo, pero voy a darte un consejo. Puedes seguirlo o puedes mandarme a la mierda otra vez, a mí me da lo mismo, pero ahí va: no eres la clase de tío que se deje joder por nadie y ahora no es el momento de tener escrúpulos. El barco se está hundiendo, amigo, o te salvas o te ahogas con las demás ratas. Sugiero que elijas la primera opción antes de que sea demasiado tarde. -Miró a Kevin por última vez, luego salió de la habitación y se dirigió a las celdas.

En contra de lo que había dicho el jefe a Kevin, William Stewart Shalcroft no cooperaba en lo más mínimo. Estaba sentado en la celda esperando impacientemente con la mirada fija en los barrotes. La luz del techo formaba una sombra grisácea en su cabeza calva. Joe observó al traficante de arte esperando sentir el subidón de adrenalina que le haría rugir la sangre. El subidón que siempre surgía en el momento de hacer cantar a un estafador pese a la advertencia de que cualquier cosa que dijera se usaría en su contra. El subidón no llegó. En su lugar, Joe sólo se sintió cansado. Mental y físicamente.

La energía que llenaba la comisaría lo mantuvo despierto y alerta el resto del día. Escuchó los detalles del arresto de Kevin y Shalcroft, y luego algo más sobre la historia que fue procesada y reprocesada de principio a fin manteniendo su mente ocupada para no pensar demasiado en Gabrielle y lo que tenía intención de hacer con ella.

– ¿Alguien trajo flores? -preguntó Winston en el pasillo.

– Es cierto, huele a eso -añadió Dale Parker, el detective novato.

– No huele a nada, joder -ladró Joe a sus compañeros, luego enterró la nariz en el trabajo de oficina.

Se pasó el resto de la tarde oliendo a lilas y esperando que el hacha cayera sobre su cuello. A las cinco, agarró la pila de papeles del escritorio y se fue a casa.

Sam estaba en su jaula al lado de la puerta principal.

– Hola, Joe -lo saludó tan pronto como éste entró.

– Hola, amigo. -Joe lanzó las llaves y el montón de papeles sobre la mesa delante del sofá, luego dejó salir a Sam de la jaula.

– ¿Qué tal la tele hoy?

– JER…ry JER…ry -chilló Sam saliendo por la puerta de alambre y volando a la parte superior del gimnasio de roble.

Joe no había permitido que Sam viera a Springer durante varios meses. No desde que había adquirido un lenguaje soez para hacer alarde de él en los momentos más inoportunos.