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– Tu madre es una bola de grasa.

– Jesús -suspiró Joe, hundiéndose en el sofá. Había pensado que Sam había olvidado aquello.

– Compórtate -imitó desde su percha sobre la tele.

Joe recostó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos. Su vida se iba al garete. Había arriesgado su carrera y aún había posibilidades de que su trabajo estuviera en peligro. Estaba de mierda hasta el cuello y su pájaro tenía una boca sucia. Todo estaba fuera de control.

Sin trabajo que lo distrajera, volvió a pensar en Gabrielle, en el día que la había arrestado. Su opinión sobre ella había dado un giro de ciento ochenta grados en menos de una semana. La respetaba y se sentía realmente mal porque lo más probable era que tuviera razón sobre el negocio. Su nombre y la tienda estaban ahora vinculados al robo más infame del estado. Probablemente tendría que cerrar, pero gracias a su pequeño y hábil abogado, no lo perdería todo. Al menos esperaba que no lo hiciera.

Y luego pensó en esa deliciosa boca sobre la suya y sus pezones duros contra su torso. En sus caricias sobre su espalda y abdomen. El pene en su mano mientras lo frotaba contra la piel tersa del estómago y sobre el aro del ombligo. Casi había eyaculado allí mismo. Todavía podía ver los pendientes de perlas entre su pelo mientras la miraba a la cara y sentir el calor de su cuerpo bajo el suyo. Era bella con ropa y asombrosa sin ella. Había conmocionado su mundo fundiendo su mente, y si fuese cualquier otra mujer estaría tratando de encontrar una forma de desvestirla otra vez, y otra. Estaría en el coche camino de su casa para obligarla a desnudarse y ponérsele a horcajadas sobre el regazo.

Ella le gustaba un poco. Bueno, le gustaba mucho. Muchísimo. Pero que una mujer le gustara muchísimo no significaba que la amara. Incluso aunque una relación con ella no fuera tan jodidamente complicada, Gabrielle no era el tipo de mujer con la que se veía sentando cabeza. No quería lastimarla, pero tenía que mantenerse alejado de ella.

Inspirando profundamente, se mesó el pelo con los dedos, luego dejó caer las manos en el regazo. Tal vez no tenía nada de qué preocuparse. Nada por lo que sentirse culpable. Ella no tenía por qué esperar nada. Era mayorcita. Una chica lista. Probablemente sabía que lo de la cama, lo del suelo y lo de la ducha había sido un error garrafal. Seguramente temía volver a verlo. Habían sentido algo intenso durante un par de horas, algo realmente bueno, pero no podía ocurrir de nuevo. Ella también lo sabía. Tenía que saber que no había ninguna posibilidad de que mantuvieran una relación.

Con las cortinas echadas y las luces apagadas, Gabrielle se sentó sola en la oscura sala de estar y miró las noticias locales de las cinco y media. El robo Hillard era de nuevo la noticia del día, sólo que esta vez la fotografía de Kevin ocupaba la pantalla en primer plano.

– Un hombre de la localidad fue arrestado hoy acusado del mayor robo de la historia del estado. El empresario Kevin Carter… -comenzaron las noticias. A continuación salieron unas imágenes de Anomaly y describieron el desarrollo de la operación. Mostraron a un policía sacando el escritorio, el ordenador y los archivadores de Kevin. Habían registrado la tienda buscando objetos robados. Ella sabía todo lo que habían hecho porque había estado allí. Después de vestirse había conducido hasta la tienda y los había observado. Ella, Mara, Francis y su abogado, Ronald Lowman. Uno junto a otro. Todos excepto Joe.

Joe no había vuelto.

La historia ocupó toda la emisión. La foto de William Stewart Shalcroft apareció en una esquina y la de Kevin en la otra mientras un portavoz de la policía respondía a algunas preguntas.

– Tuvimos un colaborador -dijo, pero no mencionó su nombre ni que era inocente-. Hemos mantenido al señor Carter bajo vigilancia durante algún tiempo.

Gabrielle oprimió el botón de apagado del mando a distancia y lo dejó en el sofá al lado del teléfono inalámbrico.

Joe ni siquiera había llamado.

Toda su vida se estaba desmoronando a su alrededor. Su socio, un hombre en el que confiaba lo suficiente como para considerarlo un amigo muy querido, era un ladrón. Aunque las noticias no habían mencionado su nombre, cualquiera que la conociera asumiría que ella era culpable por asociación. Ronald y ella habían discutido brevemente las opciones que tenía, como cerrar la tienda y abrirla bajo otro nombre, pero no sabía si tendría ánimo para comenzar de nuevo otra vez. Pensaría en ello una vez que se calmaran los ánimos y se le aclararan las ideas.

Sonó el teléfono que tenía a su lado en el sofá y sintió un vuelco en el estómago.

– Diga -contestó antes de que timbrase una segunda vez.

– Acabo de ver las noticias -comenzó su madre-. Voy para allá.

Gabrielle se tragó la decepción.

– No, no lo hagas. Me pasaré por tu casa cuando pueda.

– ¿Cuándo?

– Esta noche.

– No deberías estar sola.

– Estoy esperando a Joe -dijo ella; no estaría sola.

Después de que colgara el teléfono, llenó el baño. Añadió lavanda e ylang-ylang, y colocó el teléfono al lado de la bañera, pero cuando sonó otra vez, tampoco era Joe.

– ¿Viste las noticias? -empezó Francis.

– Las vi. -Gabrielle se tragó la decepción por segunda vez-. Oye, ¿te importa si te llamo yo dentro de un rato? Estoy esperando que me llame Joe.

– ¿Por qué no le llamas tú?

Porque no tenía el número de su casa y tampoco estaba en la guía. Lo había mirado. Dos veces.

– No, estoy segura de que llamará cuando salga del trabajo. Probablemente no podrá hablar conmigo sobre el caso hasta entonces. -O sobre ellos. Sobre lo que ocurriría ahora.

Después de que Francis colgara, Gabrielle salió de la bañera y se puso un par de pantalones cortos color caqui y una camiseta blanca. Se dejó el pelo suelto porque pensó que a él le gustaría más de ese modo. Ni siquiera intentó convencerse a sí misma de que no estaba esperando su llamada. No importaba cuánto lo intentara, nunca sería una mentirosa consumada. Con cada tictac del reloj, se le tensaban más los nervios.

A las siete y media, un minusválido vendiendo bombillas tuvo la desgracia de llamar.

– ¡No! -chilló ella al teléfono-. ¡He tenido un día realmente malo! -colgó y se hundió en el sofá. Cierto, acababa de ganarse el peor karma imaginable. ¿Qué clase de mujer gritaba a un discapacitado?

El tipo de mujer cuya vida estaba en la cuerda floja, y que debería haber sido más escrupulosa con su negocio y su vida amorosa, pero no lo había sido. El tipo de mujer que estaba a punto de perder los nervios y que sabía en lo más profundo de su ser que si podía perderse en los brazos de Joe todo estaría bien.

Si quería hablar con él, tendría que llamar a la comisaría de policía o dejarle un mensaje en el busca. Había hecho el amor con él, y él le había tocado el corazón como nadie había hecho nunca. Había tocado su cuerpo, consiguiendo una respuesta que ella jamás había experimentado. Había sido algo más que sexo. Lo amaba, pero tenía el alma en vilo al no saber lo que él sentía por ella. La incertidumbre la estaba volviendo loca y aquello era peor que cualquier cosa que hubiera sentido en su vida.

Habían hecho el amor, luego él había salido corriendo de su casa como alma que lleva el diablo. Y sí, sabía que él no había tenido otra opción. La lógica le decía que su precipitada partida no había sido decisión suya, pero ni siquiera le había dado un beso de despedida. Ni siquiera había mirado hacia atrás.

Sonó el timbre de la puerta y dio un brinco. Cuando miró por la mirilla, Joe le devolvió la mirada desde detrás de sus galas de sol. Contuvo el aliento y el dolor se le asentó en el corazón como si hubiera tragado aire.