– Joe -dijo abriendo la puerta.
Luego fue incapaz de pronunciar otra palabra por la emoción que la embargaba. La hambrienta mirada de Gabrielle lo recorrió de arriba abajo, desde el pelo oscuro, pasando por la camiseta negra y los vaqueros, a la punta de las botas negras. Devolvió la mirada a esa cara intensamente masculina con la sombra característica de la barba de última hora de la tarde y las delgadas líneas de su boca sensual. La boca sensual con la que él le había besado el interior del muslo hacía menos de doce horas.
– ¿Viste las noticias? -preguntó, y había algo en su voz, algo en la manera en que se comportaba que hizo sonar campanas de alarma en su cabeza-. ¿Has hablado con tu abogado?
Finalmente, ella encontró la voz.
– Sí. ¿Quieres entrar?
– No, no es una buena idea. -Retrocedió hasta el borde de los escalones-. Pero quería hablar contigo sobre lo que sucedió entre nosotros esta mañana.
Ella supo lo que iba a decir antes de que abriera la boca.
– No me digas que lo sientes -le advirtió, porque no creía que su corazón pudiera soportar sentir su lástima como si lo que habían compartido fuera un error- No me digas que nunca debería haber ocurrido.
– No decirlo no hace que no sea así, Gabrielle. Lo que sucedió fue culpa mía. Eras mi colaboradora y hay procedimientos y políticas estrictas respecto a eso. Violé todas las reglas. Si quieres hablar con alguien de asuntos internos, puedo decirte con quién debes contactar.
Ella se miró los dedos desnudos de los pies, luego subió los ojos hasta su reflejo en las gafas. Él hablaba de reglas otra vez. A ella no le preocupaban las reglas ni los procedimientos, ni quería hablar con nadie que no fuera él. Joe hablaba de lo que habían hecho, pero no de cómo se sentía. Puede que no la amara, pero tenía que sentir el vínculo entre ellos.
– Me equivoqué y lo siento.
Eso le hacía daño, pero no tenía tiempo de lamerse las heridas. Si no se lo decía, nunca sabría lo que ella sentía por él. Si Joe se marchaba ahora sin que le dijera nada, siempre se preguntaría si el habérselo dicho hubiera podido cambiar las cosas.
– No lo sientas. Puede que no lo sepas, pero no me acuesto con cualquiera. Supongo que no puedo esperar que lo creas después de lo que sucedió esta mañana, pero tengo que tener sentimientos muy profundos por un hombre para liarme con él.
Joe apretó los labios en una línea recta, pero ella había llegado demasiado lejos para detenerse ahora.
– No sé cómo ocurrió -continuó-, hasta hace unos días, no sabía siquiera que me gustabas. -Con cada palabra que pronunciaba, él fruncía más el ceño-. En realidad nunca me he enamorado antes. Bueno, creí estarlo hace años de Fletcher Wiseweaver, pero lo que sentía por él no se puede comparar con lo que siento por ti. Nunca he sentido nada así.
Joe se quitó las gafas de sol y se masajeó las sienes y la frente.
– Has tenido un mal día, y creo que estás confundida.
Gabrielle miró sus ojos cansados, a sus iris color chocolate.
– No me trates como si no supiera lo que siento. Soy adulta, no confundo amor y sexo. Sólo hay una explicación para lo que sucedió hoy. Estoy enamorada de ti.
Él dejó caer la mano, palideció y un embarazoso silencio se extendió entre ellos.
– Acabo de decir que estoy enamorada de ti. ¿No tienes nada que decir?
– Sí, pero no creo que quieras oírlo.
– Deja que yo lo decida.
– Hay otra explicación que hace que todo tenga sentido. -Él se frotó la nuca y dijo-: Teníamos que hacernos pasar por novios. Las cosas se calentaron muy rápido, y nos metimos de lleno en la situación. Los límites se confundieron y empezamos a creérnoslo. Fuimos demasiado lejos.
– Quizá tú estés confundido, pero yo no lo estoy. -Ella negó con la cabeza-. Tú eres mi yang.
– ¿Perdón?
– Tú eres mi yang.
Él dio otro paso atrás bajando los escalones del porche.
– ¿Que soy qué?
– La otra mitad de mi alma.
Él se puso de nuevo las gafas para volver a ocultar la mirada.
– No lo soy.
– No me digas que no sientes la conexión entre nosotros. Tienes que sentirla.
Él negó con la cabeza.
– No. No creo en todo eso de unir almas o ver grandes auras rojas. -Retrocedió otro paso, bajando a la acera-. En unos días te alegrarás de que esté fuera de tu vida. -Respiró hondo y exhaló lentamente-. Ocúpate de ti misma, Gabrielle Breedlove -dijo, y dando media vuelta se marchó.
Ella abrió la boca para llamarle, para decirle que no la dejara, pero aferrándose al último jirón de orgullo y amor propio entró en la casa cerrando la puerta a la imagen de sus anchos hombros alejándose de ella para salir de su vida. Sintió como si le hubieran clavado un puñal en el corazón y cuando el primer sollozo escapó de su garganta se asió la camiseta sobre el pecho izquierdo. Se suponía que eso no tenía que ocurrir. Una vez encontrado el yang, se suponía que él la conocería, la reconocería. Pero no lo había hecho y nunca habría imaginado que su alma gemela no retribuyera su amor. Ni que su rechazo pudiera doler tanto.
Se le nubló la vista y se derrumbó contra la puerta. Se había equivocado. Hubiera sido mejor no saber que él no la amaba.
¿Qué se suponía que tenía que hacer ahora? Su vida era un caos total. Su negocio era una ruina, su socio estaba en la cárcel y su compañero del alma no sabía que lo era. ¿Cómo se suponía que debía seguir viviendo cuando se estaba muriendo por dentro? ¿Cómo podría vivir en la misma ciudad sabiendo que él estaba allí fuera en algún sitio y no la quería?
Obviamente se había equivocado en otra cosa; la incertidumbre no era lo peor que había sentido en su vida.
Sonó el teléfono y lo cogió al cuarto timbrazo.
– ¿Diga? -dijo, su voz sonó vacía y distante incluso a sus propios oídos.
Pasó un rato antes de que contestase su madre.
– ¿Qué ha pasado desde la última vez que hablamos?
– Eres adivina, ¿por qué no me lo dices tú? -Se le entrecortó la voz y soltó un sollozo-. Cuando me dijiste que me veías con un amante apasionado, ¿por qué no me dijiste que me rompería el corazón?
– Voy ahora mismo a recogerte. Mete algunas cosas en una maleta y te llevaré a casa de Franklin. Él te hará compañía.
Gabrielle tenía veintiocho años, veintinueve en enero, pero ir a casa de su abuelo nunca había sonado tan bien.
Capítulo 16
Gabrielle se arrodilló al lado del viejo sillón de cuero de su abuelo y frotó aceite de jengibre caliente en sus manos doloridas. Los nudillos de Franklin Breedlove estaban inflamados y sus dedos, nudosos por la artritis. Los suaves masajes diarios parecían aliviarlo.
– ¿Qué tal, abuelito? -le preguntó mirando su cara arrugada, los pálidos ojos verdes y las cejas blancas.
Lentamente, él flexionó los dedos hasta donde podía.
– Mejor -dijo, y palmeó a Gabrielle en la cabeza como si ella fuera su viejo sabueso de patas torcidas, Molly-. Eres una buena chica. -Deslizó la mano por el hombro de Gabrielle y cerró sus ojos cansados. Hacía eso cada vez más a menudo. La noche anterior se había quedado dormido con el tenedor ante los labios en mitad de la cena. Tenía setenta y ocho años y su narcolepsia estaba tan avanzada que sólo vestía pijamas. Cada mañana se ponía uno limpio antes de bajar a su estudio. La única concesión que hacía durante el día eran sus zapatos de rejilla.
Desde que Gabrielle podía recordar, su abuelo trabajaba en el estudio hasta el mediodía y, después de comer, hasta la noche. Nunca había sabido con certeza en qué trabajaba. Cuando era niña creía que era un inversor arriesgado. Pero desde que estaba en casa había interceptado llamadas de hombres que querían invertir quinientos o dos mil en favoritos como Eddie el Tiburón o Greasy Dan Muldoon. Sospechaba que eran apuestas.