Sentándose sobre los talones, Gabrielle apretó ligeramente la mano huesuda. La mayor parte de su vida él había sido lo más parecido que había tenido a un padre. Siempre había sido brusco e irritable, y no sentía afecto por otras personas, niños o mascotas. Pero si formabas parte de su familia, movía cielo y tierra para hacerte feliz. Gabrielle se levantó y salió de la habitación que siempre había olido a libros, cuero y tabaco de pipa; olores familiares y reconfortantes que la ayudaban a olvidar aquella noche, un mes atrás, cuando su madre y su tía Yolanda la habían recogido en el porche de su casa para llevarla en un viaje de cuatro horas al norte, a casa de su abuelo. Parecía haber pasado una eternidad desde aquella noche, pero la recordaba como si fuera ayer. Recordaba el color de la camiseta de Joe y la expresión vacía de su cara. Recordaba el perfume a rosas del patio trasero y las ráfagas de aire fresco que le acariciaban las mejillas mojadas mientras iba sentada en el Toyota de su madre. Recordaba el suave pelo de Beezer bajo los dedos, el tranquilizador ronroneo cuando la acariciaba en las orejas y la voz de su madre diciéndole que el corazón acabaría por sanarle y su vida mejoraría con el tiempo.
Se dirigió por el largo pasillo hacia la sala que había convertido en su estudio. Cajas de cartón y madera con aceites esenciales y aromaterapias estaban apiladas contra las paredes bloqueando el sol de esa mañana de septiembre. Se había mantenido ocupada desde el día que llegó con poco más que una maleta y sus aceites. Se había entregado por completo al trabajo para mantener la mente ocupada y así olvidar durante un rato que tenía el corazón destrozado.
Desde que estaba con su abuelo, había viajado a Boise sólo una vez para poner Anomaly en venta. Había visitado a Francis y se había asegurado de que le segaran el césped. Había programado el sistema de riego para que se encendiera todos los días a las cuatro y así no preocuparse de que su jardín se secara, pero había necesitado contratar una empresa para que cortara el césped. El tiempo que había estado en la ciudad había recogido el correo, limpiado, y comprobado los mensajes del contestador automático.
Ni una palabra de la única persona de quien quería oírla. En una de las llamadas creyó haber escuchado el graznido de un loro, pero entonces sonó el timbre de un teléfono al fondo y lo había descartado como una broma o un vendedor.
No había vuelto a saber de Joe desde la noche que, de pie en su porche, le había dicho que confundía sexo con amor. La noche que ella le había dicho que lo amaba y él había retrocedido como si tuviera la lepra. El dolor que sentía en el corazón era continuo, desde que se levantaba por la mañana hasta que se iba a la cama por la noche. Ni siquiera dormida podía apartarlo de su mente. Joe llenaba sus sueños como siempre, pero ahora cuando se despertaba se sentía vacía y solitaria, ya no deseaba pintarlo. No había vuelto a coger un pincel desde el día que él había entrado en su casa buscando el Monet del señor Hillard.
Gabrielle entró en la sala y se dirigió a la mesa de trabajo donde se apilaban todos los frascos de aceites. Las persianas de la habitación impedían que se filtraran los rayos dañinos del sol, pero Gabrielle no necesitaba ver para separar un frasco de sándalo del resto. Desenroscó el tapón y lo llevó a su nariz. Inmediatamente la imagen de Joe llenó su mente. La imagen de su cara, de sus ojos cálidos y hambrientos mirándola con los párpados entrecerrados, de sus labios húmedos besándole la boca.
Igual que el día anterior y el anterior a ése, el dolor volvió a atravesarla antes de que devolviese el tapón al frasco y lo pusiese sobre la mesa. No, no lo había olvidado. Todavía no. Todavía dolía, pero tal vez al día siguiente sería mejor. Tal vez al día siguiente no sentiría nada y estaría lista para volver a su casa en Boise y plantarle cara a la vida una vez más.
– Te he traído el correo -dijo su madre entrando en la sala como si no pasara nada. Traía una cesta con flores recién cortadas colgando de un codo y un gran sobre en la mano. Llevaba puesto un vestido mexicano con un llamativo bordado acompañado de un chal para protegerse del frío matutino y un collar de muñequitas quitapenas para alejar la mala suerte. En algún momento durante su viaje a México había comenzado a comportarse como una nativa del lugar y nunca más había cambiado. Su larga trenza castaño rojiza salpicada con vetas grises colgaba por su espalda hasta sus caderas-. Recibí una gran señal esta mañana. Va a ocurrir algo bueno -predijo Claire-. Yolanda encontró un monarca de los lirios y ya sabes lo que eso significa.
No, Gabrielle no sabía que ver una mariposa en el huerto significara algo, aparte de que el pobre bicho estaba hambriento y buscaba comida, claro está. Desde que su madre le había predestinado un amante moreno y apasionado, sus predicciones psíquicas eran un asunto espinoso. Gabrielle no preguntó sobre la mariposa.
Claire se lo explicó de todas maneras mientras le tendía el sobre a Gabrielle.
– Hoy recibirás buenas noticias. Los monarcas siempre traen buenas noticias.
Ella reconoció la letra de Francis cuando cogió el sobre de la mano de su madre y lo abrió. Dentro estaban las facturas mensuales de la casa de Boise y propaganda diversa. Dos cartas atrajeron su atención inmediatamente. La primera era un sobre firmado por los señores Hillard. La segunda era de la prisión estatal de Idaho. No necesitó ver la dirección para saber quién había enviado la carta. Reconoció la escritura. Kevin.
Durante unos segundos la alegría la invadió, como si estuviera recibiendo noticias ele un viejo amigo. Después, aquel súbito arranque de júbilo fue reemplazado por cólera y cierta tristeza.
No había hablado con Kevin desde antes de su arresto, pero había sabido a través del abogado que tres días después del arresto Kevin había llegado a un acuerdo con la oficina del fiscal. Había cantado como el canario del refrán proporcionando información y nombres a cambio de una reducción de condena. Había delatado a cada uno de los coleccionistas y traficantes con los que había hecho negocios y a los ladrones del robo Hillard. Según Ronald Lowman, Kevin había contratado a dos hermanos que en ese momento estaban en libertad bajo fianza y a la espera de sentencia por algunos robos en barrios residenciales y de los que finalmente habían sido declarados culpables.
Gracias a su cooperación, Kevin sólo había sido condenado a cinco años de prisión pero estaría fuera en dos.
Le dio a su madre el sobre de los Hillard.
– Léelo tú si te interesa -dijo, luego tomó la otra carta y atravesó el pasillo hacia la sala de estar. Se sentó en un viejo sillón y le temblaron las manos cuando abrió el grueso sobre. Había una carta de cuatro páginas escrita en papel legal. La luz que atravesaba las ventanas iluminó la letra sesgada.
Estimada Gabe
Espero que leas esta carta y me des la oportunidad de explicar mis acciones. Primero déjame decirte que lamento sumamente el dolor que con toda seguridad te he causado. Nunca fue mi intención, y jamás imaginé que mis otros negocios repercutirían negativamente en ti.
Gabrielle hizo una pausa. «¿Negocios?» ¿Así llamaba a vender antigüedades y pinturas robadas? Sacudió la cabeza y devolvió la atención a la carta. Hablaba de su amistad, de todo lo que quería contarle y los buenos tiempos que habían compartido. Comenzaba casi a sentir lástima por él cuando la carta tomó otro cariz.
Sé que un gran número de personas ve mis acciones como crímenes y quizás estén en lo cierto. Comprar y vender propiedad robada va contra la ley, pero mi único crimen VERDADERO es haber querido demasiado. Quise las cosas buenas de la vida y por ello tengo que cumplir una condena más dura que la de la mayoría de los condenados. Los maltratadores y pederastas reciben condenas más leves que la mía. ¿No son mis crímenes una tontería en comparación? ¿A quién hice daño? ¿A los ricos que están asegurados?