Выбрать главу

Gabrielle bajó la carta a su regazo. «¿A quién hizo daño?» ¿Hablaba en serio? Con la mirada hojeó rápidamente el resto de la carta llena de más racionalizaciones y excusas. Insultaba a Joe con palabras realmente fuertes. Esperaba que hubiera sido lo suficientemente lista para darse cuenta de que Joe sólo la había usado para acercarse a él y confiaba en que a esas alturas hubiera tenido la sensatez de haberse deshecho de él. Gabrielle estaba sorprendida de que no se hubiera enterado del papel que ella había jugado, y hacia el final de la carta le llegaba a preguntar si le escribiría, como si aún siguieran siendo buenos amigos. Descartó la idea y con la carta en la mano entró en la sala de nuevo.

– ¿Qué había en el sobre? -preguntó Claire, levantándose de la mesa donde, recientemente, Gabrielle había estado mezclando pétalos de rosa y lavanda en un mortero.

– Una carta de Kevin. Quiere que sepa que lo siente y que no es tan culpable como parece. Que sólo robó a gente rica. -Hizo una pausa para dejar caer la carta a la basura-. Supongo que éstas eran las buenas noticias que te dijo la mariposa que recibiría hoy.

Su madre la miró de aquella manera suya tan calmada y compuesta, sin juzgarla. Y Gabrielle se sintió como si hubiera pateado a un amante de la paz.

Suponía que lo había hecho, pero últimamente parecía que no podía ni ayudarse a sí misma. Era abrir la boca, y toda la cólera que tenía dentro salía como un chorro a presión.

Sin ir más lejos, la semana pasada su tía Yolanda había estado deshaciéndose en alabanzas sobre su tema favorito: Frank Sinatra, y Gabrielle le había espetado:

– Sinatra era un mamón y las únicas que no piensan así son las mujeres que se pintan las cejas.

Gabrielle había pedido perdón inmediatamente a su tía y Yolanda pareció haberlo aceptado y olvidado, pero una hora más tarde se apropió sin querer de un pavo en el supermercado.

Gabrielle no era ella misma, no tenía realmente clara su identidad. Le dolía admitirlo, pero su confianza y su corazón habían sido destrozados por dos hombres diferentes el mismo día haciéndole perder la fe en sí misma y en todo lo que la rodeaba.

– El día aún no ha terminado -dijo Claire y señaló los posos del mortero sobre la mesa-. Los Hillard dan una fiesta, y según la invitación quieren que vayan todos los que colaboraron en la recuperación de su pintura.

– No puedo ir. -El solo pensamiento de ver a Joe hacía que tuviera mariposas en el estómago como si se hubiera tragado el místico monarca del huerto de su madre.

– No puedes esconderte aquí para siempre.

– No me escondo.

– Huyes de la vida.

Por supuesto que huía de la vida. Su vida era un agujero negro que se extendía delante de ella totalmente vacío. Había meditado y probado a imaginarse la vida sin Joe, pero no lo había conseguido. Siempre había sido espontánea ante la vida. Si algo no marchaba bien, cambiaba de rumbo y tomaba una nueva dirección. Pero por primera vez, todos los sitios adonde se dirigía eran iguales.

– Tienes que cerrar este ciclo. -Gabrielle cogió una ramita de menta y la giró entre los dedos-. Tal vez, deberías escribirle una carta a Kevin. Luego deberías pensar en ir a la fiesta de los Hillard. Necesitas enfrentarte a los hombres que te han lastimado y que te han puesto tan furiosa.

– No estoy furiosa.

Claire simplemente se la quedó mirando.

– De acuerdo, estoy un poco furiosa.

Descartó la idea de escribirle a Kevin enseguida, aunque quizá su madre tuviera razón. Tal vez debería enfrentarse a todo eso para poder seguir adelante. Pero no a Joe. No estaba preparada para ver a Joe, para mirar sus familiares ojos castaños y ver que no sentía nada por ella.

Durante el tiempo que había permanecido con su abuelo, su madre, su tía Yolanda y ella habían hablado de Kevin, pero la mayor parte del tiempo ella había hablado de sus sentimientos por Joe. No había mencionado que Joe era su yang, ni siquiera lo había insinuado. Pero de todas maneras, su madre lo había sabido.

Su madre creía que las almas gemelas y el destino estaban irremediablemente entrelazados. Gabrielle esperaba que no tuviera razón. Claire había hecho frente a la pérdida de su marido cambiando totalmente de vida. Gabrielle no quería cambiar su vida. Quería recuperarla tanto como fuera posible.

Pero tal vez su madre tenía razón en una cosa. Tal vez fuera hora de volver a casa. Tiempo de concluir una etapa. Tiempo de recoger los pedazos y vivir su vida otra vez.

Joe metió la cinta de vídeo y la puso en marcha. El zumbido y el chasquido del aparato llenaron la silenciosa sala de interrogatorios mientras apoyaba el trasero contra la mesa y cruzaba los brazos sobre el pecho. La película parpadeó y saltó, y luego la cara de Gabrielle llenó la pantalla del televisor.

– Por supuesto, yo misma soy artista -dijo ella, y oír su voz después de un mes fue como sentir el brillo del sol en la cara después de un invierno largo y frío; entró a raudales por cada poro de su piel calentando todo su ser.

– Entonces entenderá que el señor Hillard esté ansioso por recuperarlo -sonó su voz fuera de cámara.

– Me imagino que sí. -Los grandes ojos verdes de Gabrielle se llenaron de confusión y miedo. No recordaba haberla visto tan asustada y no entendía cómo no se había dado cuenta. Ahora lo sabía porque la conocía y sabía que era inocente.

– ¿Ha visto o se ha encontrado alguna vez con este hombre? -preguntó él-. Su nombre es Sal Katzinger.

Ella inclinó la cabeza y miró las fotos antes de volver a pasárselas.

– No. No creo habérmelo encontrado nunca.

– ¿Ha oído mencionar alguna vez ese nombre a su socio, Kevin Carter? -preguntó el capitán Luchetti.

– ¿Kevin? ¿Qué tiene que ver Kevin con ese hombre?

El capitán explicó la conexión entre Katzinger y Kevin, y sus sospechas de cómo estaba involucrado en el robo del Monet de los Hillard. Joe observó la mirada de Gabrielle que iba de Luchetti a él mismo con cada emoción presente en su bella cara. Miró cómo se metía el pelo detrás de la oreja y puso los ojos en blanco al ver cómo defendía ferozmente a un hombre que no merecía su amistad.

– Ciertamente me enteraría si vendiese antigüedades robadas. Trabajamos juntos casi todos los días. Si él estuviera ocultando un secreto de ese calibre, lo sabría.

– ¿Cómo? -preguntó el capitán.

Joe reconoció la mirada que le echó a Luchetti. Era la mirada que ella reservaba para los poco entendidos.

– Sólo lo sabría.

– ¿Alguna otra razón?

– Sí, es Acuario.

– Cielo santo -se oyó Joe gemir a sí mismo.

Notó su propia exasperación y escuchó la explicación de Gabrielle acerca de que Lincoln también era Acuario, y esta vez se rió. Aquel día lo había vuelto completamente loco. Y había seguido haciéndolo los días siguientes. Se rió entre dientes mientras ella contaba lo de la barrita de caramelo que había robado pero que por supuesto no había disfrutado ni un poquito. Luego la observó cubrirse la cara con las manos y la risa se le congeló en la cara. Cuando ella levantó la mirada de nuevo, las lágrimas anegaban sus ojos verdes y mojaban sus pestañas. Se las enjugó y miró fijamente a la cámara. Su mirada era acusadora y dolida, y Joe se sintió como si le hubieran golpeado en el estómago con una porra.

– Mierda -dijo a la habitación vacía y presionó el botón de expulsión del vídeo.

No debería haber mirado la cinta. Lo había estado evitando durante un mes y era lo mejor que podía haber hecho. Ver cómo ella afrontaba los hechos y oír su voz había provocado que todo saliese de nuevo a la superficie. Todo el caos, la confusión y el deseo.

Cogió la cinta y se fue a casa. Necesitaba darse una ducha rápida, luego iría a casa de sus padres para la fiesta del sesenta y cuatro cumpleaños de su padre. De camino recogería a Ann.