Últimamente había pasado algún tiempo con ella. La mayor parte en el bar. Iba a desayunar y algunas veces, cuando no podía salir, ella le llevaba el almuerzo. Y hablaban. Bueno, Ann hablaba.
Habían salido dos veces y la última vez, al llevarla a casa, la había besado. Pero algo parecía no estar bien y terminó el beso casi antes de que empezara.
El problema no era Ann. Era él. Ella era todo lo que siempre había buscado en una mujer. Todo lo que había pensado que quería. Era bonita, lista, una excelente cocinera y sabía que sería la madre ideal. Pero era aburrida hasta lo indecible. Y eso en realidad tampoco era culpa de ella. No era culpa de ella que cuando él la miraba deseara que dijera algo tan raro como para que se le erizara el pelo de la nuca. Algo que lo haría reaccionar y ver las cosas bajo una nueva luz. Gabrielle tenía la culpa. Había arruinado lo que creía que quería. Ella lo había puesto todo del revés, y su vida y su futuro ya no estaban tan claros para él como antes. Tenía la impresión de que se estaba moviendo en círculos, de que iba en la dirección equivocada, pero quizá si se detenía, si se quedaba quieto, todo volvería a encajar y su vida retomaría su curso habitual.
Esa tarde seguía dándole vueltas al asunto. Debería estar divirtiéndose de lo lindo con su familia, pero era incapaz de hacerlo. Por eso, era el único que permanecía en la cocina mirando el patio trasero y pensando en el vídeo de Gabrielle.
Aún podía oír su voz horrorizada cuando le habían pedido que se sometiera al detector de mentiras. Si cerraba los ojos, podía ver su bella cara y su pelo alborotado. Si se dejaba llevar, podía sentir el tacto de sus manos y el sabor de su boca. Y cuando imaginaba su cuerpo apretado contra el suyo, podía recordar el perfume de su piel. Casi era mejor que no estuviera en la ciudad.
Sabía dónde estaba, por supuesto. Lo había sabido dos días después de que se hubiera marchado. Había tratado de contactar con ella una vez, pero no contestó y él no había dejado mensaje. Lo más probable era que lo odiase y no la culpaba. No después de lo que había pasado esa noche en el porche cuando le había dicho que lo amaba y él le había respondido que estaba confundida. Tal vez lo había manejado todo mal, pero como era habitual en Gabrielle, su declaración lo había sorprendido tanto como si lo hubiera mandado al infierno. No esperaba algo así. Había sido el broche final para una de las peores noches de su vida. Si pudiera dar marcha atrás y hacer las cosas de manera diferente lo haría. No sabía exactamente lo que le diría, pero de todas maneras ahora no tenía importancia. Estaba bastante seguro de que en ese momento él no era una de sus personas favoritas.
Su madre entró por la puerta trasera y la mosquitera se cerró de golpe tras ella.
– Es la hora del pastel.
– Bien.
Cambió el peso de pie y observó a Ann hablando con sus hermanas. Seguramente le estaban contando la vez que había prendido fuego a sus Barbies. Sus sobrinos corrían por el gran patio, disparándose con pistolas de agua y gritando a todo pulmón. Ann encajaba perfectamente en su familia, como él ya había imaginado.
– ¿Qué pasó con la chica del parque? -preguntó su madre.
Él no necesitaba preguntar qué chica.
– Era simplemente una amiga.
– Humm. -Sacó una caja de velas y las puso en la tarta de chocolate-. Por supuesto, pero no parecía una amiga. -Joe no respondió y su madre continuó tal como él sabía que haría-. No miras a Ann de la misma manera que te vi mirarla a ella.
– ¿De qué manera?
– Como si pudieras mirarla durante el resto de tu vida.
En ciertos aspectos la prisión estatal de Idaho le recordaba a Gabrielle a una escuela de secundaria. Tal vez fuera el linóleo o las sillas de plástico. O tal vez fuera el limpio olor a pino y a cuerpos sudorosos. Pero a diferencia de una escuela de secundaria la gran sala donde estaba sentada estaba llena de mujeres y bebés, y una sensación sofocante le oprimía el pecho.
Cruzó las manos sobre el regazo y esperó como el resto de las mujeres. La semana anterior había tratado de escribir a Kevin varias veces, pero cada vez le había resultado imposible continuar tras las primeras líneas. Tenía que verle. Quería ver su cara cuando le preguntara todas esas cosas que necesitaba saber.
Se abrió una puerta a su izquierda y los presos, con idénticos pantalones azules, entraron en la sala. Kevin era el tercero por la cola y en el momento que la vio se detuvo antes de continuar hacia la zona de visita. Gabrielle se levantó y lo observó caminar hacia ella con sus familiares ojos azules y el rubor cubriéndole el cuello y las mejillas.
– Me sorprendió que quisieras verme -dijo-. No he tenido muchas visitas.
Gabrielle tomó asiento, y él se sentó al otro lado de la mesa.
– ¿Tu familia no te ha visitado?
Él contempló el techo y se encogió de hombros.
– Algunas de mis hermanas, pero de todas formas no me alegra demasiado verlas.
Pensó en China y su amiga Nancy.
– ¿Ninguna de tus novias?
– No estarás hablando en serio, ¿no? -Él le devolvió la mirada con el ceño fruncido-. No quiero que nadie me vea aquí. Estuve a punto de no verte a ti, pero supongo que tienes algunas preguntas y quieres respuestas.
– En realidad, sólo tengo una pregunta. -Respiró hondo-. ¿Me escogiste a propósito como socia para utilizarme de tapadera?
Él se recostó en la silla.
– ¿Qué? ¿Has hablado con tu amigo Joe? -Tanto la pregunta como la cólera que había detrás la asombraron-. El día que me arrestaron me dijo que yo te había utilizado. En realidad tuvo las pelotas de actuar como si él no lo hubiera hecho también. Para colmo, al día siguiente vino a mi celda y me acusó de haberme aprovechado de ti. ¿No te parece irónico cuando fue él quien te utilizó para pillarme?
Por un momento consideró decirle la verdad sobre Joe y qué papel había jugado ella en su arresto, pero al final no lo hizo. Supuso que era porque no tenía fuerzas suficientes para discutir y, de todas formas, tampoco tenía importancia ahora. Ni siquiera sentía que le debiera nada.
– No has contestado a mi pregunta-le recordó-. ¿Me escogiste a propósito como socia para usarme como tapadera?
Kevin ladeó la cabeza y la estudió un momento.
– Sí. Al principio sí, pero resultaste ser más lista de lo que pensaba y también más observadora. Además, al final no hacía tantos negocios fuera de la tienda como había planeado.
Ella no sabía lo que había esperado sentir. Cólera, dolor, traición, tal vez un poco de cada cosa, pero lo único que sintió fue alivio. Podía seguir adelante con su vida. Un poco mayor, un poco más sabia, y bastante menos confiada. Todo gracias al hombre que se sentaba frente a ella.
– De hecho, estaba pensando en hacer todo legalmente hasta que los polis metieron las narices en mi vida.
– ¿Quieres decir después de obtener el dinero de la venta del Monet de los Hillard?
Él se inclinó hacia delante y negó con la cabeza.
– No llores por esas personas. Son ricos y tienen seguro.
– ¿Y eso hace que esté bien?
Él se encogió de hombros sin mostrar ni una pizca de remordimiento.
– No deberían tener una pintura tan cara en una casa con un sistema de seguridad tan penoso.
Una risa tonta se le escapó de los labios. Kevin no se sentía responsable de sus acciones. Incluso en una sociedad que culpaba del cáncer de pulmón a las compañías de tabaco y de las muertes por disparos a los fabricantes de armas, acusar a los Hillard del robo de su propia pintura era ser extremadamente sociópata. Pero la parte realmente espeluznante era que ella no se hubiera dado cuenta antes.
– Necesitas un psicólogo-dijo levantándose.
– ¿Sólo porque no me sienta culpable de que a un montón de ricos les roben sus obras de arte y antigüedades?