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Esa noche en la cama, envuelta entre los brazos de Joe, un sentimiento de completo equilibrio y felicidad absoluta llenó su cuerpo, mente y espíritu. Pensó que quizás había encontrado un pequeño nirvana en la tierra, pero aún tenía una pregunta que hacer.

– ¿Joe?

Él deslizó la mano de las costillas a la cadera de Gabrielle.

– Humm…

– ¿Cuándo supiste que me amabas?

– Probablemente el mes pasado, pero no lo supe con seguridad hasta que te vi en la fiesta de los Hillard anoche.

– ¿Por qué tardaste tanto tiempo?

Él guardó silencio un momento, luego dijo:

– Después de que me dispararan, estuve pensando un montón de tiempo y decidí que era hora de formar una familia. Tenía una imagen en la cabeza de cómo debía ser mi esposa. Tenía que gustarle cocinar y asegurarse de que llevo los calcetines emparejados.

– Pero yo no soy así.

– Lo sé. Tú eres a quien quería antes de saber qué quería en realidad.

– Creo que lo entiendo. Siempre pensé que me enamoraría de un hombre que haría meditaciones conmigo.

– Ése definitivamente no soy yo.

– Lo sé. Tú eres a quien quería antes de saber qué quería en realidad. -Se echó hacia atrás y lo miró-. ¿Aún crees que estoy chiflada?

– Lo que creo -dijo apretándola entre sus brazos-, es que estoy locamente enamorado de ti.

Epílogo

Joe entró en el estudio de Gabrielle y contempló el retrato que ella pintaba de Sam. El sujeto en cuestión colgaba cabeza abajo en su percha, observándola. El pájaro de la tela parecía más una perdiz que un loro y había un resplandor amarillo alrededor de la cabeza que parecía un sol. Supuso que era el aura de Sam, pero era lo suficientemente listo para no dar su opinión.

– ¿Estás segura de que no prefieres pintarme desnudo? Me ofrezco voluntario.

Posar para Gabrielle se convertía frecuentemente en una sesión de pinceladas suaves donde se salpicaban el uno al otro con alguna pintura no tóxica que ella tuviera a mano. Hacía que uno viera el arte de otra manera.

Ella sonrió sumergiendo el pincel en una masa informe de amarillo brillante.

– Tengo un montón de retratos de tu Señor Feliz -dijo, y apuntó hacia el montón de telas apoyadas en la pared-. Hoy quiero pintar a Sam.

Joder, había sido sustituido por un pájaro.

Apoyó el hombro contra la pared y observó trabajar a Gabrielle. Llevaban casados tres meses y algunas veces tenía que contenerse para no mirarla. Su madre había tenido razón en eso, se podría pasar el resto de su vida observándola, ya estuviera pintando, preparando sus aceites o durmiendo. Especialmente le gustaba mirarla a los ojos cuando hacía el amor con ella.

En una semana celebrarían el aniversario del día en que lo había rociado con un bote de laca para el pelo. Él no estaba dispuesto a celebrar aniversarios artificiales y, aunque el recuerdo de ese día hacía lucir una sonrisa más grande en los labios de Gabrielle que en los de él, lo celebraría para hacerla feliz.

Bajó la mirada al vientre de Gabrielle e imaginó que si se fijaba detenidamente podría ver cómo se redondeaba donde crecía su bebé. Creían que había concebido la noche que se habían mudado a su nuevo hogar hacía dos meses. Había sido una celebración estupenda.

Sam dejó escapar un graznido, luego voló de la percha al hombro de Joe. Hinchó el pecho y se balanceó de un pie a otro.

– Hazte esta pregunta. ¿No crees que eres afortunado? Contesta, hijo de perra.

Joe contempló a su esposa, que vestía una camisa blanca salpicada de pintura. Todo lo que había querido o que querría alguna vez estaba en aquella habitación. Tenía una bella esposa a la que amaba tanto que le dolía, su semilla estaba protegida y crecía segura en su vientre, y tenía un pájaro muy pícaro. ¿Qué más podía querer un tío?

– Sí, lo soy -dijo-. Soy un hijo de perra muy afortunado.

Rachel Gibson

Rachel Gibson nació y creció en una casa repleta de niños y animales. Su padre trabajaba para una empresa telefónica y su madre se quedaba en casa cuidando de ella y sus hermanos. Aunque puede parecer algo fuera de lo común en una escritora, a Rachel no le gustaba el colegio, odiaba tener que aprender a escribir y le encantaba jugar fuera de casa. De hecho, su sueño era ser deportista cuando creciera. Pero como esto no resultó, cambio de idea y pensó que sería enfermera, pero no le llegaba a gustar del todo la idea y estuvo unos cuantos años yendo a la deriva, sin saber que profesión iba a escoger definitivamente. Tras ver una antigua serie televisiva "Quincy" se dijo a si misma que sería un trabajo interesante el ser forense, pero la idea se desvaneció pronto de su cabeza en el momento en que asistió a un funeral y tuvo pesadillas durante meses con ello.

Un día, Rachel y un amigo suyo decidieron hacer novillos y no asistir a clase. Cogieron su flamante coche y se fueron a dar una vuelta con él, con tan mala suerte que estrellaron el coche y salvándose de milagro de un final más trágico. Rachel pensó que sus padres se enfadarían mucho por lo ocurrido y decidieron mentir sobre lo ocurrido. Dejaron el maltrecho coche en unos aparcamientos que estaban bastante alejados del instituto y llamó a su madre para decirle que su coche había desaparecido, que había sido robado. Su madre se lo creyó, y fue a partir de entonces que Rachel comenzó a pensar que tenía buena mano para la narración y para inventar historias.

Después de terminar el instituto conoció al que es hoy su marido y se olvidó por un tiempo de la idea de ser escritora. Se casaron y al cumplir los veinticuatro años, Rachel ya tenía en el mundo a sus tres hijos. Fue una época muy ajetreada criando a sus hijos, tan solo descansaba cuando se iba a dormir por las noches.

El acontecimiento que llevó a Rachel a plantearse ser escritora, fue, cuando se estropeó el televisor de su casa. Estaba aburrida y decidió ponerse a leer. Pero lo único que había de lectura interesante en su casa era una colección de libros clásicos que la abuela de su marido James le había regalado. Después de leer unas pocas páginas de David Copperfield, Rachel, descubrió su amor por la lectura.

Tardó poco tiempo en descubrir la novela romántica a manos de Shirlee Busbee. Estaba cansada de leer libros siempre con la misma temática y vista desde el lado masculino, cuando una amiga suya le prestó el libro La rosa de España de Shirlee Busbee. Fue subyugada por la lectura del libro y al instante se convirtió en una enamorada de la novela romántica. Y fue este amor por la novela romántica lo que la llevó a sentarse y escribir su primera novela. Seis años después tenía cuatro manuscritos enteros escritos y un montón de cartas de editoriales rechazando sus novelas. Hasta que un día una editorial decidió publicar su libro Simply irresistible obteniendo un gran éxito de ventas. Después de aquello ha seguido publicando sus libros y la forma tan original de escribir que tiene Rachel Gibson y su gran sentido del humor que plasma con gran maestría en sus novelas, se han ganado la alabanza de toda la crítica en el mundo de la novela romántica.

Tres de sus novelas, Simply Irresistible, Truly Madly Yours, y True Confessions fueron incluidas entre los diez mejores libros del año por la Romance Writers of America. Y su cuarta novela True Confessions fue galardonada con el prestigioso premio RITA en el 2002. Entre otros premios que ha recibido Rachel Gibson por su obra, destacan: El Golden Heart Award, el National Reader’s Choice, y el Romantic Times Magazine Bookstores.

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