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– Sí-respondió.

– Claro -convino Lovat-Smith-. ¿Tendrá la amabilidad de contarnos lo que recuerde de esa velada, desde que llegaron los invitados?

Con voz queda pero sin vacilaciones Maxim relató los mismos hechos que Louisa, aunque sus palabras estaban marcadas por el peso de lo que había ocurrido con posterioridad. Lovat-Smith no le interrumpió hasta que refirió el momento en que Alexandra regresó sola del piso superior.

– ¿Cómo se comportó, señor Furnival? -inquirió Lovat-Smith-. Usted no ha mencionado nada al respecto, pero su esposa dijo que era digno de destacar. -Lanzó una mirada a Rathbone al prever una protesta, pero éste se limitó a sonreír.

– No observé nada extraño -contestó Maxim.

Era una mentira tan evidente que se elevó un murmullo entre el público y el juez miró al testigo con sorpresa.

– Intente recordar, señor Furnival -insistió Lovat-Smith en tono grave-. Creo que acabará recordándolo. -Dio la espalda a Rathbone a propósito.

Maxim frunció el entrecejo.

– Se había comportado de forma extraña durante toda la velada. -dijo. Miró de hito en hito a Lovat-Smith y añadió-: Estaba preocupado por ella, pero no más que antes de que bajara.

Lovat-Smith se disponía a insistir en la cuestión pero al oír que Rathbone se levantaba de su asiento para protestar, cambió de parecer.

– ¿Qué ocurrió a continuación? -preguntó. -Fui al vestíbulo delantero, no recuerdo para qué, y vi a Thaddeus tendido en el suelo, con la armadura hecha pedazos alrededor de él, y la alabarda clavada en el pecho. -Hizo una pausa en un intento de serenarse, y Lovat-Smith no le apremió-. Era evidente que estaba herido de gravedad, de modo que, como no podía ayudarlo, regresé a la sala de estar para avisar a Charles Hargrave, el médico…

– Sí, es natural. ¿Se encontraba la señora Carlyon en la sala?

– Sí.

– ¿Cómo reaccionó al enterarse de que su esposo había sufrido un accidente muy grave, quizá mortal, señor Furnival?

– Quedó muy trastornada, palideció, y creo que estuvo a punto de desmayarse; ¿cómo iba a reaccionar? Es horrible tener que decir algo así a una mujer.

Lovat-Smith sonrió y bajó la mirada al tiempo que introducía de nuevo las manos en los bolsillos.

Hester miró a los miembros del jurado y, al ver que tenían el entrecejo fruncido y una expresión de recelo en el rostro, dedujo que les asaltaban preguntas importantes y más perspicaces, precisamente porque no se habían formulado. Intuyó entonces la habilidad de su colega como abogado.

– Por descontado -dijo Lovat-Smith por fin-. Es algo horrible, y supongo que usted estaba muy afligido por ello. -Se volvió y alzó la vista hacia Maxim de forma súbita-. Dígame, señor Furnival, ¿sospechó en algún momento que su esposa tenía una aventura con el general Carlyon?

Maxim palideció y se puso rígido, como si la pregunta fuera de mal gusto, aunque no imprevista.

– No; jamás lo sospeché. De nada serviría que dijera que confiaba en mi esposa, pero hacía muchos años que conocía al general Carlyon y sabía que no era un hombre dado a esa clase de juegos. Mi esposa y yo éramos amigos del general desde hacía quince años. Si en algún momento hubiera sospechado que había algo indecoroso entre ellos, no habría permitido que se prolongara. Supongo que eso no es tan difícil de creer.

– Naturalmente, señor Furnival. ¿Sería entonces correcto afirmar que los celos de la señora Carlyon eran infundados, no un sentimiento comprensible originado por un motivo que resultaba evidente a los ojos de los demás?

Maxim parecía acongojado. Mantenía la cabeza inclinada y evitaba mirar a Lovat-Smith.

– Me resulta difícil creer que pensara realmente que tenían un romance -afirmó con un hilo de voz-. No alcanzo a explicármelo.

– Su esposa es una mujer muy hermosa, señor, y los celos no siempre son una emoción racional. Las sospechas irracionales pueden…

Rathbone se había puesto en pie.

– Su Señoría, las conjeturas sobre los celos de mi distinguido colega pueden influir en la opinión del jurado y resultan irrelevantes para este caso, pues a fin de cuentas son suposiciones de la señora Carlyon.

– Se acepta la protesta -dijo el juez sin dudas. Acto seguido se dirigió a Lovat-Smith-. Señor Lovat-Smith, rectifique su postura. Demuestre su argumento, no filosofe.

– Le ruego que me disculpe, Su Señoría. Gracias, señor Furnival, eso es todo.

– ¿Señor Rathbone? -El juez lo invitó a que interrogara al testigo.

Rathbone se puso en pie y se acercó al banco de los testigos.

– Señor Furnival, ¿puedo pedirle que se remonte al momento en que la señora Erskine subió al primer piso para ver a su hijo? ¿Lo recuerda?

– Sí-respondió Maxim con desconcierto.

– ¿Le contó ella, entonces o más tarde, qué ocurrió mientras estaba arriba?

Maxim frunció el entrecejo.

– No.

– ¿Nadie le comentó nada? ¿Su hijo Valentine, por ejemplo?

– No.

– Tanto usted como la señora Furnival han declarado que cuando la señora Erskine bajó a la sala estaba sumamente trastornada, hasta el punto de que no volvió a comportarse con normalidad durante el resto de la velada. ¿Es eso cierto?

– Sí.

Maxim estaba turbado, y Hester supuso que no tanto por él como por Damaris. Constituía una falta de tacto hablar en público de la conducta de otra persona, sobre todo de una mujer amiga. Los caballeros se reservaban tales comentarios.

Rathbone le dedicó una sonrisa fugaz.

– Gracias. Ahora volvamos a la desconcertante cuestión de si la señora Furnival y el general Carlyon mantenían una relación indecorosa en algún sentido. Ha jurado que en ningún momento durante los quince años o más de su amistad tuvo motivo alguno para creer que se tratara de algo indecente, y nada que usted como esposo de la señora Furnival, o la acusada como mujer del general, no habrían aceptado. ¿Le he entendido correctamente, señor?

Varios de los miembros del jurado miraban de soslayo a Alexandra con expresión inquisidora.

– Sí, lo ha entendido a la perfección. Jamás tuve motivo alguno para creer que había algo más que una buena amistad -declaró Maxim, rígido, sin apartar la vista de Rathbone.

Hester observó al jurado y advirtió que un par de sus miembros asentían con la cabeza. Creían al testigo; la sinceridad de éste era evidente, al igual que su desasosiego.

– ¿Suponía que la señora Carlyon compartía su opinión?

– ¡Sí! ¡Claro que sí! -El rostro de Maxim se iluminó por primera vez desde que se le interrogaba sobre el tema-. Todavía… me cuesta creer…

– Comprendo -lo interrumpió Rathbone-. ¿En alguna ocasión comentó o hizo algo en su presencia que indicara que albergaba alguna sospecha? Por favor, insisto en que se ciña lo más posible a la pregunta. No le pido que conjeture o interprete los hechos a la luz de lo que ocurrió posteriormente. ¿Alguna vez manifestó irritación o celos por la relación que mantenían la señora Furnival y su esposo?

– No, nunca -contestó Maxim sin titubear. Se había abstenido de mirar a Alexandra por temor a que el jurado interpretara mal sus motivos o dudara de su sinceridad, pero entonces no pudo evitar desviar la vista hacia ella por un instante.

– ¿Está absolutamente seguro? -insistió Rathbone.

– Absolutamente.

El juez frunció el entrecejo mientras observaba a Rathbone. Se inclinó como si quisiera intervenir y luego cambió de opinión.

Lovat-Smith arrugó la frente.

– Gracias, señor Furnival. -Rathbone le dedicó una sonrisa-. Le agradezco su franqueza. Resulta desagradable formular preguntas y conjeturas sobre asuntos que deberían ser privados, pero la fuerza de las circunstancias no nos deja otra opción. Ahora, a menos que el señor Lovat-Smith desee interrogarle de nuevo, puede abandonar el estrado.