No tenía ni idea de que Barinthus pensara que los sidhe que no empezaban su vida como sidhe fueran inferiores, y no traté de esconder la sorpresa en mi cara, cuando dije…
– Tú nunca me dijiste nada de todo eso, Barinthus.
– Si te hubiera sentado en el trono, te habría elegido a alguien como padre de tus niños, Meredith. Una vez que hubieras estado en el trono, podríamos haber afianzado tu poder.
– No, Barinthus, podríamos haber tomado el trono, pero hubiéramos sido víctimas de continuos intentos de asesinato hasta que alguno de nosotros muriera. Los nobles nunca me habrían aceptado.
– Podríamos haberlos obligado a aceptar tu poder.
– Sigues diciendo “nosotros”, Hacedor de Reyes. Define “nosotros”, -dijo Rhys.
Recordé la advertencia de Rhys cuando yo había entrado por primera vez en la casa de la playa.
– Me refiero a “nosotros”, sus príncipes y sus nobles -dijo Barinthus.
– Exceptuándome a mí -dijo Frost.
– No he dicho eso -dijo él.
– ¿Pero quisiste decirlo? -Pregunté, tendiendo mi mano hacia Frost que se acercó alto y erguido a mi lado. Apoyé mi cabeza contra su cadera.
– ¿Es cierto que fuiste coronada por el mismo mundo de las hadas y con la bendición de la misma Diosa? -preguntó él-. ¿Realmente vestiste la corona de luz de luna y sombras?
– Sí -dije.
– ¿Realmente Doyle fue coronado con espino y plata?
– Sí -dije, jugando con la mano de Frost, restregando mi pulgar sobre sus nudillos, y sintiendo la agradable comodidad de su cadera contra mi mejilla.
Barinthus se cubrió el rostro con las manos, como si ya no pudiera soportar mirarnos más.
– Pero, ¿qué te pasa? -pregunté.
Él habló sin mover las manos.
– Habías ganado, Merry, ¿No lo entiendes? Habías ganado el trono, y las coronas habrían callado a los otros nobles. -Él bajó las manos y su cara se veía atormentada.
– No puedes saberlo -dije.
– E incluso ahora estás delante de mí con él a tu lado. Aquél por quien lo abandonaste todo.
Finalmente entendí lo que le molestaba, o creí hacerlo.
– Estás molesto porque renuncié a la corona para salvar la vida de Frost.
– Molesto -dijo, soltando una risa seca-. Molesto. No, no diría que esté molesto. Si tu padre hubiera recibido una bendición así, habría sabido qué hacer con ella.
– Mi padre abandonó el mundo de las hadas durante años para salvar mi vida.
– Tú eras su hija.
– El amor es amor, Barinthus. ¿Qué importancia tiene qué clase de amor sea?
Él hizo un sonido asqueado.
– Eres una mujer, y quizás tales cosas te muevan a ti, pero Doyle… -Él miró al otro hombre-. Doyle, tú renunciaste a todo lo que alguna vez habíamos esperado por salvar la vida de un hombre. Tú sabías lo que le ocurriría a nuestra corte y a nuestra gente con una reina incapacitada y ningún heredero de su sangre.
– Esperaba que hubiera una guerra civil o que los asesinos mataran a la reina y hubiera un gobernante nuevo en la corte.
– ¿Cómo pudiste poner la vida de un sólo hombre por encima del bien mayor de tu pueblo? -preguntó Barinthus.
– Creo que tu fe en nuestro pueblo es demasiado grande -dijo Doyle-. Creo que aunque Merry fue coronada por el mundo de las hadas y por la Diosa, la corte está demasiado profundamente dividida en diferentes facciones de poder. Creo que los asesinos no se habrían contentado con matar a la reina. Habrían ido a por la nueva reina, a por Merry, o a por aquéllos más cercanos y más poderosos que estuvieran a su lado, hasta dejarla sola y desvalida. Hay algunos que habrían estado encantados de convertirla en una marioneta en sus manos.
– Con nosotros a su lado y con nuestros plenos poderes no se habrían atrevido -dijo Barinthus.
– El resto de nosotros hemos recuperado casi todo nuestro poder, pero tú sólo has recobrado una pequeña parte del tuyo -dijo Rhys -. A menos que Merry te traiga de vuelta completamente a tus poderes, no eres tan poderoso como la mayor parte de los sidhe en esta habitación.
El silencio en la habitación se hizo repentinamente más pesado, y el mismo aire se volvió repentinamente más espeso, como si intentara succionar nuestro aliento.
– El hecho de que el Asesino Frost puede ser más poderoso que el gran Mannan Mac Lir debe estar envenenándote -dijo Rhys.
– Él no es más poderoso que yo -dijo Barinthus, pero algo en su voz contenía una cierta cantidad de furia marina, como fieras olas chocando contra las rocas.
– Detén esto -dijo Doyle, poniéndose entre los dos.
Me di cuenta de que era la magia de Barinthus la que hacía el aire más denso, y recordé historias suyas hablando de humanos cayendo muertos con agua fluyendo de sus bocas, ahogados en tierra firme, a kilómetros del agua.
– ¿Y tú finalmente serás rey? -preguntó Barinthus.
– Si estás furioso conmigo, entonces continua furioso conmigo, viejo amigo, pero Frost no tuvo nada que ver con las decisiones que tomamos en su nombre. Merry y yo escogimos libremente.
– Aún ahora le proteges -dijo Barinthus.
Me quedé quieta, todavía sujetando la mano de Frost.
– ¿Estás molesto porque abdicamos de la corona por sólo un hombre, o estás molesto porque ese hombre es Frost?
– No tengo nada en contra de Frost, como hombre o como guerrero.
– ¿Entonces, realmente se trata de que no es lo bastante sidhe para ti?
Rhys dio un paso, rodeando a Doyle, para poder ver los ojos de Barinthus.
– ¿O es que ves en Doyle y Frost lo que tú quisiste tener con el Príncipe Essus, aunque siempre tuviste miedo de dar el primer paso?
Todos nos congelamos, como si sus palabras hubieran sido una bomba que todos podíamos ver caer hacia nosotros, sin forma alguna de detenerla. No había forma de atraparla, ni forma de manejarla. Simplemente nos quedamos allí, y por mi cabeza, en rápidos destellos, pasaron recuerdos de mi infancia. Una mano en el brazo del otro, una mano sostenida durante demasiado tiempo, un abrazo, una mirada, y repentinamente me di cuenta de que el mejor amigo de mi padre podría haber sido más que simplemente su amigo.
En el amor, no había nada que fuera mal visto en nuestra corte, sin importar el sexo que escogías, pero la reina no dejaba que ninguno de sus guardias hiciera el amor con otro que no fuera ella, y una de las condiciones para que Barinthus se uniera a su corte había sido que él se uniera a su guardia. Había sido una forma de controlarle, y una forma de decir que el gran Mannan Mac Lir era su lacayo y que en todos los aspectos, era suyo, sólo de ella.
Siempre me había preguntado el motivo que tenía Andais para insistir en que Barinthus perteneciera a su guardia. No era una condición comúnmente impuesta a los exiliados de la Corte de la Luz. La mayor parte de los otros sidhe que habían venido en esa época simplemente se habían unido a la corte. Siempre había pensado que era porque la reina temía el poder de Barinthus, pero ahora vi otro motivo. Ella amaba a su hermano, mi padre, pero también estaba celosa de su poder. Essus era un nombre del que la gente todavía hablaba como si fuera el de un dios, al menos en un pasado reciente, sobre todo si contabas al Imperio Romano como pasado reciente. Pero el nombre de Andais se perdería tan completamente que nadie recordaría lo que había sido alguna vez. ¿Obligó a Barinthus a ser su guardia célibe para mantenerlo alejado de la cama de su hermano?
Durante un momento, pensé en Essus y Mannan Mac Lir, unidos como una pareja, tanto mágica como política, y aunque no estaba de acuerdo con lo que ella había hecho, entendí su miedo. Eran dos de lo más poderosos de entre nosotros. Unidos, podrían haber conquistado ambas cortes, si lo hubieran deseado, porque Barinthus se había unido a nosotros antes de que fuéramos expulsados de Europa. Nuestras guerras internas eran problema nuestro, y no eran incumbencia de la ley humana, así que podrían haber tomado primero la Corte de la Oscuridad y luego la Corte de la Luz.