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Hablé en ese silencio opresivo.

– ¿O fue Andais la que hizo imposible que tuvieras su amor? Ella nunca se habría arriesgado a que vosotros dos unierais vuestro poder.

– Y ahora hay una reina en el mundo de las hadas que te habría dejado tener todo lo que deseabas, pero es demasiado tarde -dijo Rhys, con voz queda.

– ¿Estás celoso de la cercanía que ves entre Frost y Doyle? -Le pregunté con voz cuidadosa y tranquila.

– Estoy celoso del poder que veo en los otros hombres. Eso lo admitiré, y me resulta difícil pensar que sin tu toque nunca regresaré a mi pleno poder. -Él se aseguró de que yo pudiera verle, pero su rostro era una máscara de arrogancia, bella y extraña. Fue una mirada que le había visto dirigir a Andais. Su rostro era ilegible, y él nunca había tenido que usarla conmigo antes.

– Cuando Merry y tú tuvisteis relaciones sexuales en el transcurso de una visión, hiciste que se desbordaran todos los ríos que rodean St. Louis -dijo Rhys-. ¿Cuánto poder más quieres tener?

Esta vez Barinthus apartó la mirada, eludiendo la nuestra. Supuse que ésa era una respuesta suficiente.

Fue Doyle quien dio un paso o dos hacia adelante, y dijo…

– Entiendo que quieras recuperar todo tu viejo poder, amigo mío.

– ¡Tú has recobrado el tuyo! -Gritó Barinthus-. No intentes apaciguarme cuando estás ahí, lleno a rebosar de tu propio poder.

– Pero no es mi antiguo poder, no del todo. Todavía no puedo curarme como lo hacía. No puedo hacer muchas cosas que alguna vez sí pude.

Barinthus miró a Doyle entonces, y la cólera en sus ojos los había hecho cambiar de un radiante azul al negro, negro como esas aguas profundas bajo cuya superficie había rocas afiladas, preparadas para desgarrar el casco de tu barco y hundirte.

Se oyó una salpicadura repentina contra el costado de la casa. Estábamos demasiado lejos por encima del nivel del mar como para que la marea nos encontrase, y además era el momento equivocado del día para que eso sucediera. Hubo otro golpe de agua, y esta vez la oí chocar violentamente contra las enormes ventanas del cuarto de baño adjunto a la habitación.

Fue Galen quien se deslizó por la puerta y fue hacia el cuarto de baño para averiguar qué era ese sonido. Hubo otro golpe de agua contra el cristal, y cuando regresó, su rostro estaba serio.

– El mar asciende, pero es como si alguien recogiera el agua y la lanzara contra las ventanas. En verdad se separa del mar, y parece flotar por un momento antes de golpear contra el cristal.

– Debes controlar tu poder, amigo mío -dijo Doyle, su voz grave volviéndose aún más profunda debido a una fuerte emoción.

– Hace mucho tiempo yo podría haber llamado al mar y haber hundido esta casa en el agua.

– ¿Eso es lo que quieres hacer? -Pregunté. Apreté la mano de Frost, moviéndome para acercarme a Doyle.

Él me miró entonces, su cara reflejando una gran angustia. Sus manos convertidas en puños a sus costados.

– No, no haría que el mar se tragara todo lo que hemos ganado, y yo nunca te haría daño, Merry. Nunca deshonraría a Essus y todo lo que él intentó para salvar tu vida. Llevas a sus nietos. Quiero estar aquí para ver nacer a esos niños.

Su pelo sin atar se revolvió a su alrededor, y así como el pelo de la mayor parte de las personas parecía flotar al viento, había algo líquido en la forma en que su pelo se movía, como si de alguna forma, las corrientes que circulaban bajo esta habitación se tocaran y jugaran con su pelo largo hasta los tobillos. Apostaba a que su pelo tampoco se enredaba.

Afuera, el mar se calmó, el ruido fue decreciendo hasta que se convirtió simplemente en la quietud del agua en la estrecha playa de abajo.

– Lo siento. Perdí los estribos, y eso es imperdonable. Yo, de entre todos los sidhe, sé que tales despliegues infantiles de poder no tienen sentido.

– ¿Y tú quieres que la Diosa te devuelva más poder? -preguntó Rhys.

Barinthus alzó la mirada, y por un momento pudo verse en sus ojos el destello de agua oscura fluyendo, entonces fue absorbido por algo más tranquilo, más controlado.

– Lo hago. ¿No lo harías tú? Oh, pero se me olvidaba, tú tienes ahora un sithen esperándote, regalo de la Diosa la noche pasada. -Ahora había amargura en su voz, y el océano sonó un poco más fuerte, como si alguna gran mano lo agitara de forma impaciente.

– Tal vez hay una razón por la cual la Diosa no te ha devuelto todos tus poderes -dijo Galen.

Todos nosotros le miramos. Él se apoyaba contra el quicio de la puerta, viéndose serio pero tranquilo.

– Tú no puedes opinar sobre eso, chico. No recuerdas lo que perdí.

– No lo hago, pero sé que la Diosa es sabia, y ella ve más lejos en nuestros corazones y mentes de lo que nosotros lo hacemos. Si esto es lo que haces con sólo una parte de tu poder de regreso, ¿Cuánto más arrogante serías si todo ese poder volviera?

Barinthus dio un paso en su dirección.

– No tienes derecho a juzgarme.

– Él es tan padre de mis niños como Doyle -dije-. Es tan rey de pleno derecho como lo es Doyle.

– Él no fue coronado por el mundo de las hadas y los mismos dioses.

Se oyó un golpe en la puerta que me hizo saltar.

– Ahora, no -gritó Doyle.

Pero la puerta se abrió, y entró Sholto, Rey de los Sluagh, Señor de las Sombras y de Aquello que Transita por el Medio. Entró con su pelo, un manto de un rubio casi blanco suelto sobre una túnica negra y plateada, a juego con sus botas.

Él me dirigió una sonrisa, y recibí el pleno impacto de sus ojos tricolores: el dorado metálico alrededor de la pupila, luego ámbar, y después un amarillo como el de las hojas del álamo en el otoño. Su sonrisa desapareció cuando se volvió hacia los otros hombres y dijo…

– Te oí gritar, Señor del Mar, y yo sí he sido coronado por el mundo de las hadas y los mismos dioses. ¿Hace eso que esta pelea sea más mía?

CAPÍTULO 26

– NO TE TEMO, SEÑOR DE LOS SLUAGH -DIJO BARINTHUS, Y de nuevo se pudo oír en su voz el sonido fiero del mar.

La sonrisa de Sholto desapareció por completo, haciendo que su rostro, bien parecido y arrogante, de una cruda belleza, no pareciera precisamente amistoso.

– Lo harás -dijo, y su voz tenía un tono colérico. Hubo un destello dorado en sus ojos cuando comenzaron a brillar.

Afuera, el mar golpeaba de nuevo contra el cristal, más fuerte, con más furia. No era sólo que fuera una mala idea que los hombres se batieran en duelo; hacerlo junto a la orilla del mar era un peligro para todos nosotros. No podría creer que Barinthus, precisamente Barinthus, se comportara tan mal. Había sido la voz de la razón en la Corte Oscura durante siglos, y ahora… o había cambiado sin que yo me diera cuenta, o quizás era que sin la Reina Andais, Reina del Aire y la Oscuridad para mantenerle a raya, estaba viendo cómo era realmente después de todo. Ése fue para mí un pensamiento amargo.

– Ya basta -dijo Doyle-, los dos.

Barinthus se volvió hacia Doyle, y le dijo…

– Es contigo con quien estoy enojado, Oscuridad. Si prefieres ser tú quien se bata conmigo, por mí no hay problema.

– Creí que era conmigo con quien estabas molesto, Barinthus -dijo Galen. Eso me pilló por sorpresa; habría supuesto que él tendría más sentido común y no atraería la cólera del gran hombre por segunda vez.

Barinthus se giró y miró a Galen, quien todavía estaba junto a la puerta del cuarto de baño. Detrás de él, el mar golpeaba contra las ventanas lo bastante fuerte como para sacudirlas.