Sholto estaba ahora junto a nosotros, y su mirada estaba totalmente fija en mí. Tenía esa mirada que los hombres ponen cuando miran a una mujer que es algo más que su amante. En parte posesiva, en parte excitada y en parte confusa, como si algo de lo sucedido fuera del cuarto ocupara todavía su mente. Me tendió la mano, y dejé la mano de Galen para ir hacia él. Galen me dejó hacerlo; compartíamos bien la mayoría de las veces, y aún en el caso de que no lo hiciéramos, la Diosa había decretado que Sholto fuera uno de los padres de los bebés que llevaba. Todos los padres obtuvieron privilegios. Aunque creo que ninguno de nosotros había esperado el milagro genético de tener seis padres para dos bebés.
Sholto me atrajo a sus brazos y fui voluntariamente. De todos los padres, él había sido el último en llegar a mi cama. De hecho, sólo habíamos tenido relaciones sexuales la vez que me quedé embarazada, pero como reza el viejo dicho, una vez es suficiente. La novedad era que no estaba enamorada de él. Realmente no le amaba del todo. Me sentía atraída por él, me preocupaba por él, pero no habíamos hablado lo suficiente para conocernos mejor y saber si le amaba o si le podría amar. Sin embargo, nos gustábamos el uno al otro.
– He visto el saludo tradicional del Rey de los Sluagh a su reina, así que os dejaré solos. Tal vez mi intuición le pueda ser de ayuda a Dogmaela. -dijo Galen, sonando un poco disgustado. Pero le dejé ir, porque me había sorprendido siendo más listo de lo que yo esperaba y eso era culpa de mi falta de percepción.
Sholto no esperó a que Galen cerrara la puerta detrás de él para mostrarme cuánto le gustaba con un beso, sus manos, y su cuerpo apretado contra el mío todo lo más que permitían nuestras ropas todavía puestas. Me permití hundirme en la fuerza de sus brazos, el satén de su túnica, y el centelleo de los bordados y las pequeñas joyas cosidas en ella, mientras pasaba mis manos sobre sus ropas y el cuerpo que había debajo. Pensé en él haciendo el amor conmigo de la misma forma en que lo había hecho con Ivi la noche anterior, con la mayor parte de sus ropas todavía puestas, para que el satén acariciara mi piel mientras lo hacíamos. El pensamiento me hizo responder aún más a sus besos, y envió mis manos más abajo a acariciar su trasero bajo la túnica, aunque no alcanzaba tan bien con una mano como con la otra porque la espada en su cintura me molestaba.
Sholto respondió a mi avidez, deslizando sus manos bajo mi trasero y alzándome. Rodeé con mis piernas su cintura, y él nos guió de regreso a la cama salvando los pocos centímetros que faltaban para llegar a ella. Me dejó en la cama, con mis brazos y piernas todavía rodeándole. Dejó una mano en mi trasero y con la otra sostuvo nuestro peso contra la cama.
Dejó de besarme el tiempo suficiente para poder decirme con voz jadeante…
– Si hubiera sabido que éste sería el recibimiento, hubiera venido antes.
Le sonreí.
– Te extrañé.
Él sonrió de oreja a oreja. Tenía uno de los rostros más hermosos que se habían visto en cualquiera de las cortes y esa sonrisa enorme arruinaba algo esa perfección más allá de cualquier modelo, pero yo amaba esa gran sonrisa porque sabía que era sólo para mí. Sabía que nadie más le había visto de esa manera. Nadie le había hecho tan feliz como lo era en los momentos que pasábamos juntos. Tal vez todavía no le amaba, pero amaba cómo era cuando estábamos juntos. Amaba que me permitiera ver al gran Rey de los Sluagh sonreír abiertamente. Apreciaba que dejara atrás todos esos años escondido tras un muro de arrogancia para permitirme ver al hombre que había detrás.
– Amo que me eches de menos.
Como si hubiera leído mi mente, me levantó, obligándome a soltarlo para poder alargar una mano y desabrocharse los pantalones. Se dejó puestos la espada, el cinturón, y el arma en su pistolera, abriéndose lo justo los pantalones para mostrarse a sí mismo, duro y firme y tan magnífico como cualquier hombre de las cortes.
Normalmente, quería más juegos previos, pero en este momento no los necesitaba. En parte debido a lo que Ivi y Brii habían hecho conmigo anoche, y también a que Sholto había comenzado a condicionarme con el saludo.
Volvió a dejarme en la cama, mis piernas todavía colgando, y metió la mano por debajo de mi falda hasta encontrar mis bragas. Me las sacó deslizándolas por mis piernas y mis altos tacones, dejándolas caer al suelo. Me levantó la falda, contemplándome desnuda de cintura para abajo excepto por los zapatos. No le pregunté si quería que me los quitara, porque sabía que no quería. A Sholto le gustaba que llevara tacones.
Puso sus manos a ambos lados de mis caderas y tiró de mí hacia la longitud firme de su cuerpo. Se colocó contra mi sexo, alzando mis caderas en vez de tocarse a sí mismo para cambiar el ángulo. Empujó y yo estaba demasiado apretada para que él entrara de un solo impulso. Tuvo que abrirse camino hacia dentro, pero yo ya estaba mojada. Me estreché a su alrededor con más fuerza, haciendo que su cabeza cayera un poco hacia adelante y su pelo rozara mi rostro. Vaciló encima de mí, luego empujó con más fuerza, entrando centímetro a centímetro, hasta que yo llegué al orgasmo simplemente por sentirlo así de grande, de ancho, llenándome tan completamente.
Grité mi placer, echando la cabeza hacia atrás, enterrando mis dedos en sus brazos cubiertos de satén, incapaces de encontrar algo que arañar.
Él me levantó de la cama estando todavía dentro de mí. Me sujetó en sus brazos mientras mi cuerpo convulsionaba a su alrededor, aferrándose al suyo. Acabó de entrar en mi cuerpo de un sólo impulso, largo y duro, mientras me sujetaba y me hacía gritar otra vez.
Medio colapsó en la cama, medio gateó hacia el centro. Sus brazos me soltaron y sólo el peso de la parte inferior de su cuerpo me sujetó al lecho. Había dejado de moverse una vez que su cuerpo estuvo tan dentro del mío como podía. Dijo…
– Tú eres mi reina, y yo soy tu rey. Ésta es la prueba.
Era un dicho muy antiguo entre los voladores nocturnos, de los que su padre había formado parte. Se parecían a enormes mantas rayas oscuras con tentáculos, y rostro muy lejos de lo humano. Entre ellos, sólo los miembros de la familia real podían reproducirse, y ser capaces de llevar a las hembras a un orgasmo tan fácilmente. Los voladores nocturnos hembras reaccionaban a una púa que los machos tenían dentro del pene y que a mí me habría matado, pero afortunadamente para ambos, Sholto no se parecía tanto a su padre.
Dije la siguiente parte del ritual, tal como Sholto me había enseñado.
– Tú, dentro de mí, pruebas que eres de sangre real y yo llevo a tu hijo. -Si no hubiera estado embarazada, la respuesta habría sido… -Tú, dentro de mí, pruebas que eres de sangre real y yo llevaré a tu hijo.
Él se incorporó lo suficiente para deshacerse del cinturón de la túnica. Dejó el cinturón con su espada y el arma a nuestro lado, no fuera de la cama; a mano, aunque fuera del paso. Habló, mientras comenzaba a tirar de la túnica para sacársela por la cabeza, con el cuerpo todavía apretado contra el mío en la cama.
– No recordaba que fueras tan fácil de complacer, Meredith.
Se nos daba bien compartir, pero no tanto como para poder decirle que en parte había sido gracias al trabajo que habían hecho Ivi y Brii la noche anterior que su actuación había sido tan asombrosa.
– Te lo dije, te extrañé.
Él sonrió abiertamente otra vez, quedando luego su rostro escondido tras la túnica mientras se la quitaba. Se quitó después la blanca túnica interior, y finalmente pude ver la parte superior de su cuerpo. Era tan musculoso como cualquiera de los otros hombres excepto Rhys. Ancho de hombros, simplemente bello, y con un tatuaje dibujado en su estómago, que le llegaba hasta el tórax. El tatuaje dibujaba los tentáculos que habría tenido si se hubiera parecido más a su padre. Tiempo atrás, sus tentáculos no eran un tatuaje, sino que eran algo real. Ahora, él podía estar conmigo tan terso y humano como cualquier sidhe, o podía elegir ser todo aquello que podía llegar a ser.