De repente, el viento cambió de dirección, separando la cortina de humo. Dersu se enderezó y me obligó a ponerme de pie. Traté de andar sobre los guijarros pero noté en seguida que esto sobrepasaba mis fuerzas. Mi talón, sobre el cual me apoyaba principalmente durante las últimas marchas, se encontraba fuertemente desollado. Por otra parte, mi pierna sana estaba muy fatigada y experimentaba dolores en la rodilla. Cuando el goldcomprendió que no podía ya avanzar, me levantó la tienda y trajo madera, declarando que iba a procurarme un caballo en casa de los chinos. Era el único medio de salir de la taiga. Así que Dersu partió, dejándome solo.
Las llamas continuaban torbellineando del otro lado del río. Multitud de chispas iluminaban la humareda, que se agitaba en el cielo. El fuego no cesaba de propagarse. Los árboles ardían a una cadencia desigual. Vi un jabalí atravesar torpemente la corriente de agua y a un pico-negro revolotear de árbol en árbol como un loco. A los gritos incesantes de un cascanueces, respondí con mis propios gemidos. Después, vino la oscuridad. Comprendí que Dersu no podía ya volver la misma noche. Como mi pie enfermo se había hinchado mucho, me lo desnudé y palpé el absceso. Había madurado bien, pero la piel de la planta estaba endurecida por las largas marchas y no podía reventar. Acordándome de que tenía un cortaplumas, me puse a afilarlo con la ayuda de piedras. Después añadí leños al fuego, esperé a que estuviesen bien inflamados y abrí la llaga. El dolor me nubló por un momento la vista. La sangre negra y el pus brotaron de la herida en espesa masa. Esfuerzos extremos me permitieron reptar hasta el agua para lavar mi herida, sirviéndome de una manga que arranqué a mi camisa. Hecho esto, puse una compresa en mi pie y volví hacia la hoguera. Al cabo de una hora, sentí un alivio; aunque el dolor persistía, era menos fuerte que antes.
El resplandor rojizo del incendio se veía ahora por el lado donde se habían corrido las grandes llamas. En la proximidad, las luces centelleaban todavía en la selva, proviniendo de los árboles abatidos que acababan de consumirse. Me quedé largo rato sentado bajo la tienda y pasé suavemente la mano sobre mi pie enfermo. Reconfortado por el fuego de la hoguera, me adormecí poco a poco.
Cuando me desperté vi a Dersu acompañado de un chino. Me encontraba abrigado por una manta; una tetera estaba suspendida por encima del fuego y al lado había un caballo ensillado. Mi dolor se había calmado, la hinchazón había empezado a disminuir. Lavé aún mi herida con agua caliente, tomé té y un poco de aquel pan seco cocido al estilo chino, sin levadura, y después me vestí. Dersu y mi compañero me ayudaron a izarme sobre el caballo y nos volvimos a poner en ruta.
El incendio se había alejado durante la noche, pero la selva estaba aún envuelta en humo. Tuve que estar inmovilizado hasta el momento en que mi herida se cicatrizó completamente. Al cabo de tres días, pude marchar de nuevo y una semana bastó para restablecerme completamente. Entretanto, Tchan-Bao me hizo varias visitas.
Observando a los chinos, noté la popularidad que rodeaba a este hombre en su medio. Sus palabras se propagaban de boca en boca. Todas sus órdenes eran ejecutadas de buen grado y sin dilación. Aunque mucha gente venía a consultarlo, parecía que no había jamás un asunto, por complicado que fuera, al cual no pudiera él encontrar solución.
Pero Dersu, no obstante, pasaba todas sus jornadas en casa de sus amigos indígenas. Encontró en aquel país a un anciano que él había conocido ya en su juventud. Por otra parte, tuvo tiempo de trabar conocimiento con todos y estuvo invitado en todas las fanzas.
Dos días antes de mi partida, Tchan-Bao vino a decirme adiós. Asuntos urgentes reclamaban su presencia en otra parte. Puso a mi disposición a dos chinos que debían acompañarme hasta el Sijote-Alin y volver junto a él por otra ruta, a fin de transmitirle todo lo que ellos hubieran observado durante su trayecto.
18
Campaña de invierno
No pudimos partir el 16 de octubre a causa de que nuestros guías chinos no se presentaron en mi casa hasta el día siguiente a mediodía. Los udehésde la vecindad nos acompañaron de una fanzaa otra y nos rogaron entrar en cada una, aunque no fuera más que un minuto. En el momento de la partida, Dersu fue colmado de demostraciones de simpatía; las mujeres y los niños le hicieron señales con la mano, que él respondió de igual forma. A decir verdad, estuve contento cuando, tras estas repetidas detenciones en todas las fanzas,llegamos por fin a la última de las habitaciones indígenas. Después, nuestro camino nos condujo sobre la orilla izquierda de una corriente de agua, a lo largo de la cual debimos hacer todavía cerca de tres kilómetros. A continuación, tuvimos que subir hacia un paso. El crepúsculo iba a caer e instalamos nuestro campamento en cuanto un nuevo descenso nos permitió encontrar agua.
Por la mañana, fui despertado por una lluvia fina y persistente. Sin tardar, recogimos nuestras mochilas para reemprender el camino. A mediodía, aumentó la lluvia y tuvimos que acampar temprano. Disponiendo de una media tarde libre, Dersu y yo tomamos nuestros fusiles para ir a reconocer los alrededores. Los troncos desnudos y envueltos en una bruma fría, la hierba amarillenta, las hojas caídas por tierra, los helechos esmirriados y ennegrecidos, todo aquello indicaba que había llegado ya el crepúsculo del año.
Un ruido extraño resonó súbitamente a alguna distancia. Dejando en seguida el sendero, fuimos al borde del río, donde un cuadro curioso se ofreció a nuestros ojos. El curso de agua estaba literalmente obstruido por las ketas.Se formaban a veces verdaderos montones de peces muertos. Obstruían por millares las partes estancadas y también las oleadas movientes del río. Estos pobres seres de aletas estropeadas y de cuerpos completamente magullados tenían entonces un aspecto lamentable. La mayoría no daba señales de vida, pero otros podían aún moverse y se esforzaban en ir agua arriba, como si esperaran encontrar un medio de escapar a sus sufrimientos. La naturaleza misma se había encargado de enviar sus higienistas para hacer tabla rasa de todos estos peces. Los pájaros se alimentaban principalmente de los muertos, mientras que los cuadrúpedos trataban de recoger a los sobrevivientes. Sendas regulares habían sido batidas a lo largo del río. Vimos un oso sentado sobre los guijarros, al borde del agua, esforzándose por atrapar con sus patas la presa que se le ofrecía. Anotemos que el oso pardo y su pariente de Kamtchatka tragan la cabeza del pescado y abandonan la carne, mientras que el oso manchú de pecho blanco, hace todo lo contrario y es la cabeza lo que rechaza. En otro sitio, dos jabalíes se regalaban a su vez con estos peces, pero no comían más que las colas. Avancé y percibí a un zorro. Este saltaba las altas hierbas para atrapar un solo keta,pero se abstuvo de tragarlo sobre el campo y lo llevó por precaución a la maleza.
Sin embargo, eran los pájaros los que formaban la gran mayoría de la asamblea. Las águilas, posadas sobre la orilla, remataban sin prisa, con algunos picotazos perezosos, lo que quedaba del festín del oso. Las cornejas daban saltitos torpemente y escogían con preferencia los peces ya un poco descompuestos. Los arrendajos daban vueltas por las zarzas, buscando querella a todos los otros pájaros, pegando gritos estridentes.