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El agua comenzaba ya a congelarse en ciertos canales. Los peces que quedaban en el hielo, estaban condenados a pasar allí todo el invierno. Pero ya en primavera, en cuanto el sol venía a calentar la tierra, iban a ser transportados, al mismo tiempo que los témpanos, hacia el mar, donde tocaría el turno a los animales marítimos para ocuparse de su aniquilamiento.

—Unos matan a los otros —monologó Dersu a propósito de esto—. Los peces comen cualquier cosa; después, los jabalíes vienen a comer a los peces; nosotros, a nuestra vez, comemos al jabalí.

Al decir esto, apuntó a uno de los paquidermos presentes e hizo fuego. El animal herido dio un aullido y saltó hacia el bosque, pero se desplomó, hocico en tierra, sacudido por espasmos. Los pájaros se elevaron en el aire con gritos aterrorizados y espantaron a su vez a los peces, que se pusieron a hacer en el agua zigzags desenfrenados.

Regresando al campamento a la hora del crepúsculo, nos acostamos pronto para levantarnos por la mañana temprano. Cuando los rayos del sol vinieron a dorar las cimas de las montañas, habíamos ya franqueado tres o cuatro kilómetros. Nuestro destacamento llegó hacia mediodía a una pequeña fanzasituada en la confluencia de tres torrentes de montaña; nosotros debíamos seguir el torrente central. Todos estos últimos días, el tiempo había permanecido tan bueno como calmo. La temperatura era tan cálida que podíamos caminar en camisa de verano y ponernos las ropas más pesadas hacia la noche. Yo admiraba este buen tiempo; pero Dersu expresó una opinión completamente opuesta:

—Mira un poco, capitán, esta prisa que los pájaros se dan para alimentarse. Saben bien que va a hacer mal tiempo.

Como el barómetro indicaba buen tiempo, yo sonreí ante las reflexiones del gold—,pero él se limitó a decirme:

—Los pájaros lo saben ahora; yo lo sabré algo más tarde.

La distancia entre la última fanzahabitada y el paso del Sijote-Alin era de unos ocho kilómetros. Nuestras mochilas eran bastante pesadas, pero avanzábamos todos a un paso vivo y no hacíamos muchos altos. Llegados hacia las cuatro de la tarde a la montaña, no teníamos ya más que ascender a la cresta. Yo quería seguir el camino, pero Dersu me retuvo por el brazo:

—Espera, capitán —dijo—. Pienso que debemos acostarnos aquí.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Esta mañana, los pájaros tenían prisa por comer; ahora, como ves, no queda ni uno solo.

De hecho, es siempre antes de acostarse cuando los pájaros muestran más animación. Pero en la selva había en este momento una calma sepulcral. Los pájaros habían desaparecido todos de golpe, como siguiendo una orden. Dersu nos aconsejó plantar sólidamente las tiendas y, más especialmente, preparar tanta madera como fuera posible, a fin de tener suficiente, no solamente para la noche sino también para el día siguiente. Evitando toda discusión, fui al bosque en busca de combustible. Pasaron aproximadamente dos horas antes del crepúsculo y nuestros soldados tuvieron tiempo de aportar madera en una cantidad que parecía más que suficiente. Pero el goldfue obstinado. Escuché que hacía esta advertencia a los chinos:

—Los soldados no entienden nada. Somos nosotros los que debemos trabajar.

Como ellos reemprendían la tarea, puse a su servicio a mis dos cosacos. No cesamos así de trabajar hasta el momento en que se extinguieron los últimos resplandores del sol. La luna se elevó derramando sobre la tierra su fulgor pálido y claro, que penetró a fondo en las negras espesuras y se extendió en largos rayos sobre la hierba seca. El cielo y la tierra estaban calmos; nada parecía presagiar el mal tiempo. Sentados cerca del fuego, tomábamos el té y embromábamos al gold:

—Por una vez, nos has mentido —le azuzaban los cosacos.

Sin responder, Dersu reafirmaba la tienda. Fue a protegerse bajo una roca, contra la cual apoyó un grueso tocón. Apuntalando éste con varias piedras, el goldcuidó también de tapar todos los agujeros con musgo. Recubrió el conjunto con su lona y encendió una hoguera delante de la entrada. Su instalación me pareció tan confortable que me apresuré a trasladarme cerca de él con todos mis efectos. El tiempo transcurrió sin que la calma fuera interrumpida. Por un momento pensé a mi vez que Dersu se había equivocado; pero, de repente, la luna se circundó de un halo opaco, con el borde exterior irisado. Poco a poco, el disco lunar se volvió mate y el contorno se hizo cada vez más vago. Una especie de bruma se extendió rápidamente en el cielo, sin que se pudiera definir el origen ni la dirección.

Creí que no íbamos a tener más que un poco de lluvia y me dormí, acunado por este pensamiento nada alarmante. No sé cuánto tiempo duró mi sueño. Despertado por alguien, abrí los ojos y percibí a Murzine:

—Nieva —me anunció.

Retirando mi manta, noté que estaba oscuro, que la luna había desaparecido completamente y que caía una nieve fina. Nuestro fuego iluminaba alegremente las tiendas, los hombres dormidos y las provisiones de madera. Desperté a mi vez al gold.Azorado, entreabrió los ojos para observar en seguida los alrededores y el cielo, y a continuación, encendió su pipa.

—Calma chicha —apuntó—. Pero no ha habido viento desde hace algunos soles (es decir, desde hace algunos días). Y bien, tendremos una tempestad de nieve.

En efecto, la gran paz que nos rodeaba parecía encerrar una amenaza. Al cabo de pocos minutos, la nieve aumentó y cayó a tierra con un rumor ligero. Todos los otros compañeros se despertaron a continuación y se ocuparon de ordenar sus efectos. Súbitamente, la nieve se puso a remolinear.

—Esto comienza —dijo Dersu.

Como para responder a sus palabras, un ruido resonó en la montaña, seguido de una violenta ráfaga de viento, cuya dirección era completamente imprevista. Los leños lanzaron grandes llamas. Tras esta primera ráfaga, vino una segunda, una tercera y así sin interrupción, cada una más prolongada que la precedente. Nos sentimos contentos de haber sujetado bien nuestras tiendas, sin lo cual hubieran sido arrastradas por el viento.

Observé a Dersu. Fumaba tranquilamente su pipa y observaba el fuego con mirada indiferente. La tormenta de nieve no lo asustaba. En el curso de su vida, el goldlas había visto tan a menudo que ésta no tenía para él nada de nuevo. Pareciendo adivinar mi pensamiento, hizo de pronto esta observación:

—Hay mucha madera y las tiendas están bien plantadas. ¡Todo va bien!

Una hora después, el día empezó a despuntar. Pero el cuadro que contemplamos era inimaginable. El viento impetuoso rompía las ramas y las hacía revolotear como copos. Viejos e inmensos cedros vacilaban como jóvenes tallos. No se distinguía ya nada: ni montañas, ni cielo ni tierra. El conjunto torbellineaba en medio del huracán de nieve. A través de este velo blanco, se podía percibir a veces las siluetas de los árboles más próximos, pero nada más por un instante. Una nueva ráfaga borraba en seguida el cuadro apenas entrevisto. Mudos de terror, nos atrincheramos bajo nuestras tiendas.

Fue por la tarde cuando la tempestad alcanzó todo su vuelo. Aunque protegidos por las rocas y por la tienda, sentimos que ese abrigo no era bastante seguro: tan pronto nos asfixiábamos por el calor y el humo, viniendo el viento a soplarnos en el rostro, tan pronto tiritábamos cuando las llamas se apartaban en el sentido opuesto. En lugar de ir a buscar agua, llenábamos nuestras teteras de nieve, de la cual teníamos más de la necesaria. La tempestad alcanzó su punto culminante hacia el crepúsculo, tomando un aspecto tanto más terrible cuando la oscuridad se hizo más espesa. Aquella noche no se pudo realmente dormir; sólo se pudo pensar en calentarse.