Cuando me desperté, todo el mundo estaba ya en pie. Los cosacos se disponían a hacer hervir la carne del almizclero. Cuando quisimos partir, nuestro anfitrión se vistió y se declaró presto para acompañarnos hasta Sidatun.
Aquel día no hicimos demasiado camino. Aunque la disminución de provisiones hacía más ligeras nuestras mochilas, nos dio trabajo llevarlas, ya que las correas rozaban nuestras espaldas con fuerza cada vez mayor. Me daba cuenta de que no era el único en experimentarlo. Por otra parte, el viento frío había secado y pulverizado la nieve, lo que hacía notablemente más lento nuestro avance. Era sobre todo al subir las cuestas, cuando nos caíamos con frecuencia y nos precipitábamos hacia abajo. Nuestras fuerzas disminuían, nos sentíamos agotados y teníamos necesidad de un reposo más prolongado que un simple alto de un día.
Encontramos al borde del agua una cabaña abandonada. Los cosacos se instalaron en ella, mientras los chinos resolvieron dormir al aire libre, cerca del fuego. Dersu quería primero hacerles compañía, pero se dio cuenta de que ellos recogían la primera madera que les venía a las manos, y decidió dormir separadamente.
—No comprenden nada —dijo—. No quiero que mi camisa se prenda fuego. Hay que buscar buena madera.
En apariencia, esta cabaña abandonada había servido a menudo de abrigo nocturno a cazadores. Toda la madera seca de los alrededores estaba desde hacía tiempo abatida y quemada. Pero Dersu no se arredró por esto. Fue más allá, a la taiga, y trajo un arce seco. No contento con aquello, recogió todavía madera hasta el crepúsculo y yo le ayudé lo mejor que pude. Así pudimos dormir hasta la saciedad, sin temblar por la seguridad de nuestra tienda o de nuestra ropa.
Por la noche un resplandor púrpura y una bruma que subió hasta el horizonte antes del alba, indicaron con certeza que helaría por la mañana. Aquello se confirmó, en efecto, puesto que el sol apareció velado, derramando alguna claridad, pero nada de calor. Los rayos luminosos se proyectaban verticalmente en los dos sentidos, mientras que sobre los dos flancos del disco se percibían esos fulgores irisados que en el lenguaje de las poblaciones árticas se denominan «las rejas solares».
El udehéque nos acompañaba conocía bien estos parajes y sabía encontrar sendas para acortar el camino. A unos dos kilómetros antes de la desembocadura del Kuliumbé, nuestro sendero se desvió hacia la selva, por donde tuvimos que marchar todavía cerca de una hora. Pero la vegetación se terminó tan bruscamente como el sendero mismo, y nos encontramos delante del Iman, que no estaba aún congelado y sólo arrastraba hielos a lo largo de las dos orillas. Sobre la orilla opuesta, justo frente a nosotros, hormigueaban toda clase de seres humanos. Eran niños udehés.Un poco más allá, se veía una cabaña situada en un vallecito y flanqueada por un granero que se apoyaba sobre tablas.
Dersu gritó a los muchachos que nos trajeran una embarcación. Pero ellos nos echaron miradas asustadas y se largaron. Un hombre salió a continuación de la cabaña, fusil en mano. Después de haber cambiado algunas palabras, llegó en barca a nuestro lado. El género de embarcación que usan los udehéses una barquilla alargada, de fondo llano y bastante ligera como para poder ser fácilmente retirada del agua por un solo hombre. La parte delantera es achatada, pero el fondo de la barca forma un saliente ancho y arqueado que recuerda una copa o una pala, lo que da al conjunto un aspecto más bien extraño. Esta estructura de la barquilla le permite escalar, por decirlo así, la corriente, en lugar de surcarla. Como el centro de gravedad se encuentra muy elevado, la embarcación parece extremadamente vacilante. Cuando nosotros subimos a ella, se sacudió tan fuertemente que yo me así sin querer a los dos bordes. Pero en cuanto nos instalamos cómodamente y arrancamos, me pude persuadir de la solidez de esta barca. El remero udehépermanecía de pie y maniobraba con la ayuda de una larga pértiga. La manera firme en que aplicaba sus golpes hacía avanzar la embarcación aguas arriba, mientras que la corriente la inclinaba de lado y así la llevaba poco a poco hacia la orilla opuesta.
Acabamos por aproximarnos al lugar donde se encontraba la cabaña e hicimos pie sobre el hielo. Una mujer vino a nuestro encuentro, acompañada de tres niños atemorizados, que se escondían detrás de su madre. Habiéndonos hecho entrar en la cabaña, ella nos siguió, se sentó cerca del fuego y encendió su pipa, mientras que los pequeños se quedaron fuera y se pusieron a amontonar pescado en el granero. La cabaña estaba llena de hendiduras por donde el viento entraba silbando. El fuego estaba encendido en el centro de la habitación. Los niños entraron a veces para calentar sus manos desnudas, trabajaban sin tener aspecto de pasar frío. Si uno de ellos se retrasaba más que los otros cerca del fuego, el padre refunfuñaba y lo perseguía.
—Pero el pequeño tiene frío —dije una vez a Dersu, rogándole tradujera mis palabras al anfitrión.
—No tiene más remedio que habituarse —objetó el udehé—. Si no, morirá de hambre.
Este hombre tenía razón. Cuando se trata de la naturaleza y se está obligado a explotar los productos naturales, hay que tomarla como es, incluso si es dura.
Tras haber consultado a los indígenas a propósito del camino, nos volvimos a poner en marcha y llegamos pronto a una aldea de cazadores chinos, situada sobre la misma orilla del Iman y habitada por cinco familias que se repartían las tres cabañas. Allí fue donde detuve mi destacamento.
El 31 de octubre, la helada aumentó sensiblemente y el río acarreó hielos. No obstante, los udehésdecidieron conducirnos en barca tan lejos como la vía fluvial lo permitiera.
20
Situación difícil
A una hora muy mañanera del primero de noviembre, comenzamos a descender en barca la corriente del Iman. Los udehésse habitúan desde la infancia a navegar por estos ríos de montaña. Todo el tiempo se está obligado a mirar hacia delante, para reconocer exactamente tal lugar donde se ha de hacer más lenta la marcha de la embarcación o tal otro donde hay que virar para volver a colocarla contra la corriente. Pero se debe también aprovechar el momento que exige franquear rápidamente un pasaje peligroso. La menor falta permitiría al torrente impetuoso llevarse la barca a la deriva y estrellarla contra las rocas. La embarcación vacila, evidentemente, al franquear los rápidos, lo que hace aún más difícil mantener el equilibrio necesario. Nuestro viaje se complicaba por el hecho de que la corriente acarreaba hielos, y porque el canal navegable se encontraba reducido por las capas congeladas que se extendían a lo largo de las dos orillas. El hielo nos impedía elegir la dirección a nuestro gusto, y nos imponía otra, que era la única practicable. Esto se manifestaba especialmente cuando un rápido coincidía con un remolino. Por otra parte, la corriente se hacía más fuerte en el centro del río, a medida que se ensanchaban las superficies congeladas sobre los dos flancos.