Выбрать главу

Como cualquier otro torrente de montaña, el Iman abunda en rápidos. Uno de ellos, considerado como el más peligroso, deja oír su ruido a una gran distancia. El declive del fondo del río es inmediatamente perceptible a la vista. Sobre una de sus riberas se levanta una roca inclinada hacia el agua, cuya base, siempre embestida por el torrente, estaba entonces cubierta de espuma helada.

Tras haber parado la embarcación, los udehésse consultaron y la colocaron a través de la corriente. Después, la dejaron lentamente progresar en esa posición. Pero en el momento en que una oleada más fuerte nos llevó hacia las rocas, un golpe hábil les permitió sacar la embarcación del remolino. Noté en sus ojos que acabábamos de escapar a un serio peligro. Dersu permanecía más calmo que todos nosotros y le comuniqué mis impresiones.

—Está bien, capitán —me respondió—. Un udehées como un pez. Nosotros no podríamos hacer otro tanto.

Pero las dificultades aumentaron en el curso de la ruta. Los hielos se amontonaban cada vez más y las capas congeladas no hacían más que crecer por los dos lados. Los udehésvolteaban más ágilmente en medio de estos bloques, empujándolos con golpes de pértiga. En un recodo especialmente difícil, estos bloques se habían acumulado en gran cantidad, no dejando en el centro más que un pasaje estrecho. No sabiendo si éste era franqueable o iba a terminar en un callejón sin salida, nuestros remeros pararon la embarcación para preguntarme si era necesario o no correr el riesgo. Como ya estaba verdaderamente harto de este viaje fluvial, con mi mochila a la espalda, resolví tentar la suerte. Dersu trató de disuadirme, pero yo no era de su misma opinión, suponiendo que, en caso de fracasar, podríamos de todas maneras alcanzar la orilla.

Ciertamente, no podíamos quedarnos mucho tiempo en el mismo lugar. Era forzoso avanzar; pero apenas hubimos franqueado unos cuarenta metros, vimos el pasaje obstruido: más allá, no había más que hielo compacto, al cual era imprudente acercarse. En efecto, si la corriente hubiera llevado allí nuestra sobrecargada embarcación, ésta se hubiera llenado de agua inmediatamente. Había, pues, que volver lo más pronto posible, pero esto no era tan fácil. No pudiendo ya hacer virar la embarcación en aquel estrecho pasaje, tuvimos que ir retrocediendo, con la popa delante. Como si fuera a propósito, éste era el lugar más profundo del canal, donde las pértigas alcanzaban apenas el fondo sólido. Con grandes esfuerzos, pudimos franquear la mitad de la distancia. En este momento, uno de los udehésdio un grito de angustia, que me reveló la inminencia del peligro. Me volví y vi un bloque de hielo enorme, que venía a nuestro encuentro con una rapidez que no nos permitía ya salir del estrecho canal. Los remeros aplicaron todas sus fuerzas, pero el bloque no dio tregua. Golpeando con estrépito contra uno de los bordes del pasaje, fue a continuación rechazado hacia el otro. El resultado fue imprevisto: estos choques violentos pusieron en movimiento todos los bloques a la vez y el pasaje se redujo.

—¡Los hielos van a romper la embarcación! —gritó Dersu, con voz irreconocible—. ¡Hay que utilizar rápidamente las piernas!

Saltó del barco y corrió sobre aquel hielo flotante hacia la orilla, teniendo en sus manos la amarra. Por dos veces, dio zambullidas involuntarias, pero consiguió remontar cada vez sobre el hielo. Felizmente, la orilla no estaba lejos. Imitando el ejemplo del gold,los cosacos saltaron a su vez. Dos de ellos ganaron la orilla sanos y salvos, pero Murzine se hundió. En el momento en que iba a volver a trepar sobre un bloque de hielo, éste se dio vuelta. Toda la acrobacia del cosaco no sirvió sino para hundirlo más aún en el agua. Un solo minuto más hubiera bastado para que pereciese. Pero Dersu fue en su socorro, arriesgando su propia vida. Durante este tiempo, habíamos logrado —los bateleros y yo— pasar de un bloque de hielo a otro, tirando siempre del barco y agarrándonos a la vez. La proa llegó casi a rozar a Dersu y a Murzine, lo que les salvó a los dos. Pero la embarcación se encontró de nuevo bloqueada a través de la corriente y fue arrastrada por los hielos. No tuvimos otro remedio que lanzar nuestras mochilas sobre la orilla y trepar a continuación nosotros mismos.

Unos minutos después, nuestro barco fue proyectado contra el gran peñasco. Como un ser viviente, la embarcación tropezó aún algún tiempo, resistiendo los bloques de hielo, pero se partió de golpe con estrépito, como cortada en dos. Un último crujido, un despojo emergiendo de las aguas, y después, todo desapareció.

No bien nos encontramos en la orilla, nuestro primer movimiento fue encender un fuego para secarnos. Alguien opinó que sería necesario hacer el té y comer un poco. Pero cuando nos pusimos a buscar el saco de provisiones, no pudimos encontrarlo. Faltaba también una de nuestras carabinas. A falta de otros comestibles, cada uno comió lo poco que tenía en su bolsillo; después, continuamos nuestro camino, pero a pie. Los udehésnos aseguraron que llegaríamos hacia la noche a una fanzadonde esperaban encontrar pescado congelado.

En efecto, llegamos a esa vivienda a la caída del crepúsculo. Estaba vacía, pero los cosacos descubrieron en el granero grandes pescados secos y tuvimos que contentarnos con esa escasa cena.

En este lugar, el Iman forma un vasto meandro y recoge a uno de sus principales afluentes, que viene a desembocar del lado norte y que se llama Armu. El 2 de noviembre, hacia el mediodía, llegamos a un río cuya corriente tuvimos que costear para remontar hacia el paso de la cresta que obliga al Iman a hacer esta gran curva. Pero he aquí que se nos presentaron a la vez dos fuentes: una, corriendo hacia el norte y la otra, hacia el oeste. Probablemente, hubiéramos tenido que seguir la segunda. Pero, por temor, yo me metí en la otra dirección. Habiendo al menos franqueado el paso, instalamos nuestro campamento en cuanto encontramos el combustible necesario y un espacio más o menos llano.

En la mañana del 3 de noviembre, comimos los restos de nuestro yukola [27]y partimos con nuestras mochilas aligeradas. Como no podíamos ya contar más que con los productos de la caza, se decidió que Dersu debía ir delante y que nosotros íbamos a seguirle a una distancia de unos trescientos pasos, a fin de no asustar a la caza. Cada uno de nosotros esperaba que el goldmataría algún animal, pero fue en vano. No se escuchó ni un solo disparo.

El valle se hacía más espacioso. A mediodía, encontramos un sendero muy pequeño, apenas visible, y que se desviaba hacia la izquierda, hacia el norte, franqueando un pantano lleno de mogotes. Como el hambre se hacía sentir cada vez más, todo el mundo guardó silencio durante la marcha. De repente, vi al goldque iba a derecha e izquierda, inclinándose y recogiendo algo de tierra. Le interpelamos en seguida:

—Bueno, ¿qué has encontrado allí? —le preguntó uno de los cosacos.

—Los osos han venido aquí para comer pescado —respondió el gold—. Pero han tirado las cabezas y eso es lo que yo recojo.

En efecto, había muchas cabezas de pescado esparcidas sobre la nieve. Era evidente que los osos habían pasado por allí después que la tierra fuera cubierta por el sudario del invierno.