—Tenemos que ir mañana a Vangubé. Yo creo que hay allí algo malo —tal fue la conclusión del relato que me hizo el gold.
En este momento, resonó fuera como un galope de caballo; nosotros volvimos a nuestros sitios sobre el kangy simulamos los dos estar durmiendo. Li-Tan-Kui entró, pero se detuvo a escuchar sobre el dintel y no fue a desnudarse ni acostarse hasta después de haberse convencido de que todo el mundo dormía. En efecto, yo me dormí en seguida y no me desperté hasta una hora en que el sol estaba ya alto en el cielo. A decir verdad, fue un cierto ruido el que interrumpió mi sueño. Al preguntar lo que había pasado, los cosacos me anunciaron la llegada de algunos udehés.Me vestí para presentarme delante de ellos y quedé sorprendido de la enemistad que reflejaban sus miradas.
Después del té, declaré que me marchaba. Li-Tan-Kui trató de persuadirme para quedarme todavía en su casa un día, prometiendo hacer matar un cerdo en mi honor, etc. Dersu me guiñó en ese momento un ojo para hacerme comprender que no aceptase. El chino comenzó a importunarme, ofreciéndome un guía, pero yo decliné también este género de servicio. Todas estas mañas de nuestro anfitrión fueron inútiles para embaucarnos.
Los chinos del Iman, todos bien armados y llevando una vida muy holgada, fueron muy hostiles con nosotros. Cuando les pedíamos informaciones concernientes a la ruta o al número de pobladores del país, respondían con un grosero But-chi-dao(«No lo sé») mientras que otros decían sin rodeos:
—Yo lo sé, pero no lo diré.
La comunidad de Vangubé, donde habitaban, según nuestras informaciones, ochenta y cinco udehés,y que comprendía cuatro fanzasy varias yurtas [28]estaba situada más lejos y se encontraba un poco aislada. Cuando llegamos a aquel pueblo, todos sus habitantes salieron a nuestro encuentro, pero estuvieron lejos de ser amables y no nos invitaron siquiera a entrar en sus casas. La primera pregunta que me hicieron fue para averiguar el motivo de haber pasado la noche en la casa de Li-Tan-Kui. Yo respondí en seguida a este asunto y les pregunté a mi vez por qué me manifestaban tanta hostilidad. Los udehésme replicaron que ellos me habían esperado mucho, pero que acababan de enterarse, al mismo tiempo, de mi llegada y de mi visita a casa de los chinos.
La situación se aclaró pronto. Se trataba de una verdadera tragedia. Aquel chino llamado Li-Tan-Kui era el tzaidundel valle del Iman, lo que le permitía explotar a los indígenas e inflingirles castigos crueles, si ellos no le entregaban, dentro de un plazo, una cantidad determinada de pieles. Había arruinado así a muchas familias, mofándose de ellas hasta el colmo y quitándoles a sus niños, a los que vendía después para resarcirse de sus deudas. Finalmente, dos de estos udehés, losllamados Massenda y Samo, de la familia Ghialondiga, perdieron la paciencia y fueron a Khabarovsk para elevar una queja contra Li-Tan-Kui. En esta ciudad se les prometió ayudarles y se les mencionó que yo iba a llegar próximamente al Iman, viniendo del borde del mar. Se les dijo que se dirigieran a mí, porque se suponía que una vez en el lugar yo podría desenvolverme fácilmente en todo este asunto. Los dos udehésvolvieron a sus casas para informar a sus congéneres de los resultados de su viaje, y se pusieron a esperar pacientemente mi aparición. Pero Li-Tan-Kui llegó a conocer las gestiones de los dos querellantes y los hizo apalear para establecer un castigo ejemplar. Uno sucumbió en el suplicio, el otro alcanzó a soportarlo, pero quedó malparado para toda la vida. Entonces, un hermano del udehéejecutado se presentó a su vez en Khabarovsk. Li-Tan-Kui le hizo igualmente prender para someterlo al suplicio del frío sobre el río helado. Los udehéslo supieron y decidieron recurrir a las armas para defender a su cantarada. El resultado fue un verdadero estado de sitio. Desde hacía dos semanas, los udehésse quedaban en sus casas, no iban más a la caza, estaban faltos de víveres y sufrían de privaciones. Y he aquí que, en estas condiciones, supieron que, apenas llegado, yo no había encontrado nada mejor que alojarme en casa de Li-Tan-Kui.
Les expresé entonces que no estaba enterado en absoluto de todos estos acontecimientos del Iman y que había llenado a Sian-Shi-Kheza en un estado fatal de fatiga y de hambre que me impulsó a aprovechar, sin examen previo, la primera fanzaque se me había ofrecido.
Aquella misma noche, todos los ancianos de la comunidad decidieron celebrar asamblea en una de sus cabañas.
21
Última etapa
Nos volvimos a poner en ruta el 8 de noviembre. Todos los udehésvinieron a acompañarnos. Aquella multitud de hombres, de vestimenta abigarrada, y de rostros curtidos, con las colas de ardillas sujetas a sus gorros, producía una impresión curiosa. Todos los vaivenes de esa multitud tenían algo de salvaje y primitivo. Marchamos por el centro, flanqueados por los viejos, mientras que la juventud corría por los lados, apartándose a menudo para seguir las pistas de nutrias, zorros y liebres. Llegados al fin del prado, los udehésse detuvieron para dejarme avanzar solo. Pero, en el mismo momento, un anciano de cabellos blancos salió de sus filas para tenderme una uña de lince, rogándome que la metiera en el bolsillo a fin de no olvidar su ruego concerniente a Li-Tan-Kui. En ese momento nos separamos y los indígenas entraron en sus casas mientras nosotros continuábamos la marcha.
Cuando se atraviesa un bosque en verano, hay que prestar atención para no perder el camino. Cubiertos de nieve, en invierno, todos los senderos se hacen muy visibles en medio de las zarzas. Aquello me facilitó mucho la toma de relevos.
Muy fatigados de nuevo por estas últimas y movidas jornadas, teníamos muchas ganas de hacer alto para reposar un poco. Según el parecer de los udehés,el gran pueblo chino de Kartun debía encontrarse en nuestro camino. Contábamos quedarnos allí un día, a fin de restaurar nuestras fuerzas y de alquilar, si fuera posible, caballos. Pero estas previsiones no iban a cumplirse. Cuando llegamos a Kartun, la jornada estaba terminada. Los rayos del sol, que acababa de desaparecer en el horizonte, brillaban aún entre las nubes, proyectando sobre la tierra solamente un reflejo. Las viviendas chinas se protegían detrás de los abetos de la orilla, como para esconderse a los ojos de los caminantes inesperados. Cuando fuimos, pude comprobar que no había visto en ninguna parte fanzasque reflejaran más bienestar. Pero cuando entré en una de aquellas viviendas, encontré una acogida hostil por parte de los chinos. Ellos sabían ya quiénes éramos y por qué estábamos acompañados de los udehés.Como no es agradable alojarse en una casa donde los huéspedes son poco amables, pasé a otra fanza,donde se nos recibió con una hostilidad aún más marcada. En la tercera, no se nos abrió incluso la puerta y este juego se repitió en todas las otras. Nadie está obligado a lo imposible. Yo me dediqué a echar maldiciones igual que los cosacos y que el gold;pero no hubo nada que hacer y tuvimos que tomar partido. No queriendo pasar la noche cerca de esas fanzas,decidí avanzar hasta el primer lugar que conviniera para el campamento.