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Llegó la noche y aparecieron algunas estrellas. Las fanzaschinas estaban ya lejos, pero nosotros seguíamos explorando el camino. De pronto, el goldse detuvo para olfatear el aire, con la cabeza levantada hacia atrás:

—Escucha, capitán —me dijo—. He percibido ahora mismo el olor del humo. —Al cabo de un minuto, añadió—: Son los udehés.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Kojevnikov—. ¿Por qué no pueden ser aún fanzaschinas?

—No, son udehés—insistió Dersu—. Una fanzachina posee siempre una gran chimenea y la humareda se remonta en el aire, mientras que el humo que sale de una yurtase extiende a lo largo del suelo. Estos son los udehés,que asan su pescado.

Tras estas palabras avanzó con seguridad, parándose a veces para aspirar más profundamente el aire. Franqueamos así cincuenta pasos, después cien e incluso otros doscientos, pero la yurtaprometida no aparecía todavía. Los hombres, fatigados, se pusieron a burlarse del bueno de Dersu, que se sintió ofendido.

—¡Si queréis, dormid aquí! Pero yo quiero ir a la yurtay comer pescado —replicó con dignidad.

Yo le seguí, imitado, por otra parte, por los cosacos. Al cabo de unos tres minutos, llegamos en efecto a un campamento udehé,compuesto de dos yurtas.Entré en una y encontré a una mujer que asaba sobre el fuego pescado desecado. El olfato del goldera aparentemente muy superior al nuestro, puesto que él había presentido la humareda y el pescado asado a una distancia por lo menos de doscientos cincuenta pasos.

Unos minutos después, sentados en torno al fuego, comíamos pescado y tomábamos té. Me encontraba tan fatigado por el trayecto que apenas pude escribir las notas necesarias en mi diario. Como rogué a los udehésque encendieran fuego durante la noche, me prometieron velar por turno y comenzaron en seguida a cortar leña. La noche fue fría y brumosa. A decir verdad, yo hubiera estado muy contento de verse desencadenar el mal tiempo por la mañana. Aquello nos habría al menos permitido reposar y dormir a placer; pero, en seguida de levantarse el sol, la bruma se disipó. Las zarzas y los árboles de la orilla se cubrieron de escarcha y parecían corales. Sobre el hielo limpio, la escarcha formó rosetas donde juguetearon los rayos del sol, semejando diamantes esparcidos sobre la superficie del río. Pero yo noté que los cosacos estaban con prisa de regresar a sus domicilios y me adelanté a su deseo. Uno de los udehésse ofreció para servirnos de guía.

Había un hecho bastante curioso: cuanto más nos acercábamos al Ussuri, más incómodos nos sentíamos. Nuestras mochilas estaban casi vacías, pero nos costaba más trabajo llevarlas que al principio de la expedición, cuando cada una pesaba más de quince kilos. Nuestras espaldas estaban tan doloridas por las correas que nos hacía mal el tocarlas; el esfuerzo continuo nos causaba dolores de cabeza y una debilidad general.

A medida que avanzábamos hacia el ferrocarril, la población nos trataba con una creciente malevolencia. En verdad, el mal estado de nuestras ropas y nuestro calzado hacía que los campesinos nos considerasen como vagabundos. Nuestros hombres avanzaban con pereza y tomaban reposo a menudo.

A la caída del crepúsculo, llegamos a un puesto llamado Parovosy [29], nombre bastante original del cual yo no pude saber el origen, a pesar de mis esfuerzos. Habitaba allí un cierto Sarl Kimunka, jefe udehé,rodeado de su familia. Era él quien había remontado en 1901 el curso del Iman hasta el Sijote-Alin, acompañando a un funcionario del departamento de Colonización. Kimunka, que conocía así, por experiencia profesional, las dificultades a las que se expone cada explorador del Sijote-Alin, nos reservó en su fanzauna acogida muy hospitalaria, ofreciéndonos una cena copiosa, compuesta de grano y trigo sarraceno y pescados oreados.

Al día siguiente, después de habernos levantado tarde, comimos aún pescado antes de partir. Nuestro huésped nos acompañó hasta las habitaciones de ciertos coreanos, que se habían instalado recientemente en la vecindad de Parovosy. Tuvimos que atravesar en barca el río Iman, cuyo curso inferior no estaba aún congelado; pero, habiendo recorrido todas las fanzas,no encontramos un solo hombre. Las mujeres nos echaron miradas aterradas y se apresuraron a esconder a sus niños. Viendo que no había nada que hacer, yo tomé partido y ordené a mis hombres que se aproximaran al agua. Nuestro udehéencontró, no obstante, un barco de fondo llano, escondido en alguna parte entre las zarzas. Se sirvió de él para transportarnos uno a uno y volvió después a su casa.

Sobre la orilla izquierda del Iman, cuatro cabañas de tierra desleída estaban instaladas al pie de una colina aislada: era una aldea rusa llamada Kotelnoyé. Los colonos acababan de llegar de Rusia y no habían tenido todavía tiempo de construir los edificios necesarios. Entramos en una de las viviendas, pidiendo hospitalidad para la noche. Los huéspedes fueron acogedores, nos hicieron las preguntas habituales concernientes a nuestra ocupación y a nuestra procedencia, para continuar con las lamentaciones sobre su propia suerte.

Fue para mí una voluptuosidad poder gustar el pan de campaña. Por la noche, todos los campesinos se reunieron en esta isba primitiva. Nos hablaron, con muchos suspiros, de su existencia en ese nuevo país. Tenían el aspecto de haber sufrido de lo lindo en el curso de la colonización. Sólo el ketalos había sostenido y preservado de la muerte por hambre.

A partir de Kotelnoyé, había una ruta provista de mojones que indicaban las distancias. El que estaba situado a la entrada del pueblo, llevaba la cifra de setenta y cuatro verstas. No teníamos más dinero para alquilar caballos y yo quería, costara lo que costase, llevar a buen término mis relevos, lo cual sólo podía hacer yendo a pie. Además, nuestras ropas usadas hacían que prefiriéramos el ejercicio de la marcha, que nos permitía entrar en calor.

Temprano, casi al alba, partimos del pueblo. A mediodía, llegamos a la aldea de Lukianova, que cuenta con cincuenta fanzasmuy espaciadas. Después de un pequeño alto, volvimos a partir y fuimos sorprendidos por el crepúsculo cuando marchábamos, todos derrengados, hambrientos y helados. Pronto no pude ya distinguir las cifras marcadas por mi instrumento, si bien la ruta era aún visible. Continué trabajando al resplandor de las cerillas que un cosaco acercaba hacia el instrumento, a una señal de mi parte. Durante esta corta iluminación, llegaba a percibir la cifra que indicaba el aparato y anotarla sobre mi tablero.