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Después de una corta espera, volví a ver la misma mancha. No obstante, ahora pude distinguir que eran seres vivientes los que se desplazaban sin cesar y adiviné de qué se trataba: ¡eran jabalíes!

En efecto, había más de un centenar de paquidermos salvajes. Algunos de estos animales se apartaban del rebaño, pero no tardaban en volver a él. Bien pronto se pudo distinguir cada bestia por separado.

—Hay allí un hombre muy voluminoso —apuntó Dersu en voz baja.

Yo no comprendía de qué hombre quería hablar, y lo miraba con asombro.

En medio del rebaño se destacaba, como un montículo, el lomo de un jabalí enorme, sobrepasando a todos los otros por sus proporciones. Los animales se acercaban cada vez más; se escuchaba distintamente el ruido de las hojas secas batidas por centenares de pies, el crujido de las ramas, los gruñidos de las bestias mayores y el aullido de los jabatos.

—No hay que aproximarse al hombre grueso —dijo Dersu, pero de nuevo no lo pude comprender.

El enorme jabalí se mantenía en el centro, mientras que muchos otros se marchaban a veces bastante lejos del rebaño. Así que cuando estas bestias aisladas llegaron cerca de nosotros, el gran jabalí se encontraba todavía fuera del alcance de nuestros fusiles. Permanecimos sentados sin movernos. De repente, uno de los jabalíes más próximos, que estaba masticando, levantó su hocico. Aún me parece estar viendo su gran cabeza, sus orejas tiesas, su faz móvil y sus colmillos blancos. La bestia se quedó quieta, dejó de comer y fijó sobre nosotros sus ojos malignos. Previendo el peligro, el animal lanzó un gruñido penetrante. De golpe, el rebaño entero se arrojó de costado, resoplando en medio del tumulto. En este momento, un tiro partió y uno de los animales se desplomó.

La carabina del goldhumeaba. Durante algunos segundos se oyó todavía en el bosque el crujido de las ramas secas. Después, se restableció la paz. La bestia muerta por Dersu era una jabata de dos años. Tenía la piel parda, el lomo y las piernas negras, como todos los jabalíes del Ussuri, la cabeza en forma de cuña, el cuello corto y poderoso. El jabalí del Ussuri (Sus. leucomystax continentales)se parece al jabalí japonés. Su peso puede alcanzar alrededor de los doscientos kilos; los colmillos del macho son muy puntiagudos y a veces tienen veinte centímetros de longitud. Como al jabalí le gusta frotarse contra los pinos y los cedros, su piel está a menudo impregnada de resina. En invierno se acuesta en el barro, y el agua helada y los témpanos que se forman sobre su cuerpo, son tan espesos que traban sus movimientos. El jabalí del Ussuri es tan astuto como vigoroso. Herido, resulta muy peligroso. Desgraciado el cazador que osara perseguirlo sin tomar grandes precauciones. Yo le pregunté a mi compañero por qué no había abatido un jabalí adulto.

—¡Bah! ¡Un viejo! —respondió, entendiendo por viejo todo jabalí macho con los colmillos bien desarrollados—. Es malo para comer y la carne tiene ya mal olor.

Me sorprendió al comprender por fin que el goldllamaba «hombres» a los jabalíes, y le interrogué sobre este asunto.

—Son realmente hombres —me aseguró—. Aunque vestidos de otra manera, conocen el engaño, la cólera y todo el resto. Son como nosotros...

Me di cuenta de que este ser primitivo profesaba una especie de antropomorfismo y lo aplicaba a todo lo que le rodeaba.

Dersu despellejó rápidamente la jabata abatida y se la cargó a la espalda. En seguida, volvimos a tomar el camino de las fanzasy llegamos al cabo de una hora a nuestro campamento.

Como las habitaciones chinas eran estrechas y llenas de humo, resolví acostarme al raso, cerca de Dersu. Este, después de haber escrutado el cielo, emitió su opinión:

—Pienso que la noche será cálida; pero mañana por la noche, tendremos lluvia...

4

Incidente en un pueblo coreano

Por la mañana, me desperté más tarde que los otros y me sorprendió no ver el sol. El cielo entero estaba cubierto. Notando que los soldados, en el momento de embalar sus sacos, cuidaban de preservarlos de la lluvia, Dersu dijo simplemente:

—¡Nada de hatos! Marcharemos bien durante la jornada; no lloverá hasta la noche.

Le pregunté por qué no preveía lluvia durante la jornada.

—Inspecciona un poco por ti mismo —me respondió—. Tú ves que los pajarillos vuelan por todos lados, que juegan y comen. Cuando la lluvia está próxima, se quedan tranquilos como si durmieran.

Me acordé de que, efectivamente, la lluvia va siempre precedida de un tiempo calmo y gris, mientras que en ese momento el bosque estaba lleno de vida: se oía por todas partes un concierto de pico-verdes, de arrendajos y de cascanueces, a los cuales respondían los silbidos alegres de una cantidad de activos trepadores.

Tras de haber pedido a los chinos algunos detalles sobre el camino a seguir, reanudamos la marcha.

A partir de este lugar, el valle del Lefu gana súbitamente en extensión y se ven aparecer ciertos poblados. Hacia las dos de la tarde, llegamos a un pueblo donde yo descansé un poco, encargando a Olenetiev de comprar avena y alimentar a los caballos. Luego continué inmediatamente el camino en compañía de Dersu, ya que queríamos llegar lo más pronto posible a otro pueblo, habitado por coreanos, a fin de asegurar al destacamento un abrigo cubierto para la noche.

En otoño, con un tiempo gris, el crepúsculo llega siempre bastante pronto. Hacia las cinco, comenzó a caer una lluvia fina. Aceleramos el paso. Bien pronto, la ruta se bifurcó delante de nosotros: uno de los ramales se iba en dirección hacia el río; el otro parecía conducir hacia la montaña. Escogimos este último. Pero todavía se presentaron otros caminos, que cortaban el nuestro en varias direcciones.

Cuando llegamos al pueblo coreano, la oscuridad era ya completa.

Mis soldados, que llegaban a esta misma hora a una encrucijada de las rutas, y no sabían por dónde tomar, dispararon dos tiros de fusil. Para evitar que se perdieran, les respondí con la misma señal. De repente, un grito resonó en la fanzamás próxima, seguido de un disparo, y después un segundo y un tercer disparo, de forma que al cabo de algunos minutos estalló una verdadera fusilada en el pueblo entero. Yo no comprendía nada: esta lluvia, esos gritos, esos disparos de fusil... ¿Qué había sucedido y por qué tal alarma? Una luz brilló súbitamente en el ángulo de una fanzay apareció un coreano, llevando en una mano una antorcha de petróleo y en la otra una carabina. Corría gritando de forma incomprensible. Nos dirigimos a su encuentro. La luz vacilante y rojiza de su antorcha revoloteaba de un charco al otro e iluminaba su faz, alterada por el miedo. Cuando nos percibió, este hombre echó su antorcha, tiró a quemarropa sobre Dersu y huyó. El petróleo derramado por tierra se inflamó en seguida, proyectando fuego y humo.

—¿No estás herido? —pregunté al gold.