Al otro día, cuando me despedí de los indígenas, tuvo lugar un episodio bastante divertido. Yo di a cada uno diez rublos; a uno, le tendí un billete por esa suma; a otro, dos billetes de cinco rublos cada uno. Y he aquí que el primero se mostró ofendido. Creyendo que encontraba esta remuneración insuficiente, le mostré a su camarada, cuya satisfacción era evidente. Pero se trataba de una cosa distinta: el udehéestaba molesto por no haber recibido más que un solo billete, mientras que el otro recibía dos. Yo había olvidado que esa gente no conoce nada en materia de dinero. Volví a tomar entonces mi billete de diez rublos y le di, para darle gusto, tres billetes de tres rublos y un cuarto de un rublo. Ahora le tocó enfadarse al segundo udehé,puesto que él no había recibido en total más que dos billetes de cinco rublos. Para quedar en paz, me fue necesario dar a cada uno de ellos un surtido de billetes idénticos.
30
El ataque del tigre
Al día siguiente, 23 de diciembre, reemprendimos nuestro camino. Mis compañeros marcharon alegres y avispados, restablecidos por una jornada entera de reposo. Hicimos alrededor de dieciocho kilómetros antes de instalar nuestro campamento cerca de una fanzahabitada por dos ancianos. Uno era un udehéy el otro un chino, trampero de cibelinas. Les pregunté sobre el camino que iba hacia el paso del Khor, adonde yo tenía muchas ganas de subir. Nuestro nuevo amigo udehé,que se llamaba Kitenbú, consintió en servirme de guía. Debía tener entonces unos sesenta años. Sus cabellos eran grises y su rostro estaba muy arrugado. Se preparó en seguida para la excursión, proveyéndose de una ropa remendada, de una piel de cabra y de una vieja carabina muchas veces recompuesta. Yo tomé conmigo una tetera, una agenda y una colchoneta, mientras Dersu llevaba telas de tienda, su pipa y sus provisiones. Además de nosotros, otros dos seres vivos participaban en nuestra expedición: mi Alpay otro perro de pelos grises, de hocico puntiagudo y orejas tiesas. Su amo, Kitenbú, lo llamaba Kady.
Hacía una hermosa mañana y contábamos llegar hacia la noche a una fanzade caza situada al otro lado de la línea divisoria de aguas. Pero nuestra esperanza fue vana. Por la tarde, el cielo se cubrió poco a poco de largas franjas de nubes, el sol se rodeó de círculos y simultáneamente el viento comenzó a soplar. Yo pensaba ya en el regreso, pero Dersu me tranquilizó, afirmando que no habría tempestad de nieve y que todo se limitaría a un viento violento que cesaría al día siguiente. Una vez más, acertó. Hacia las cuatro, el sol se escondió tras un velo nuboso que podía ser también de niebla. El aire estaba saturado de un polvo fino de nieve seca y movediza. El viento nos azotó el rostro, cortante como un cuchillo. Cuando el crepúsculo comenzó a caer, acabábamos precisamente de alcanzar la altura deseada. Dersu se detuvo para deliberar con nuestro guía. Yo me aproximé a ellos y me enteré de que el udehéno estaba completamente seguro del camino. Temiendo perderse, decidieron los dos que había que acostarse al aire libre.
—Capitán —me dijo Dersu—, hoy no encontraremos ya una fanzay tendremos que acampar.
—Bien —respondí—, escojamos el lugar.
Adentrándonos a fondo en la espesura, para meternos al abrigo del viento, nos instalamos al pie de un cedro enorme, cuya talla podía llegar a unos veinte metros. Dersu tomó su hacha para ir a buscar leña; el viejo Kitenbú, que pertenecía a la tribu de los tazes,se puso a cortar ramas de coníferas para nuestras camas, mientras yo me ocupaba de preparar la hoguera. Como todos estos trabajos de campamento no acabaron hasta las seis y media, nos sentíamos muy fatigados. Cuando se encendió el fuego, el campamento nos pareció en seguida muy confortable. Pudimos descalzarnos, secarnos y pensar en nuestra cena. Una media hora después, tomábamos el té y hablábamos del tiempo que haría.
Mi perra Alpano tenía la bella piel de Kady.Helada y fatigada por el trayecto, los ojos medio cerrados, mi perra permanecía sentada cerca del fuego y parecía dormitar. El perro del viejo tazeestaba acostumbrado desde su temprana edad a toda clase de privaciones y no le afectaban las adversidades de esa existencia de campaña. Con el cuerpo enroscado como un caracol, se acostó aparte y se durmió en seguida. La nieve lo cubrió pronto por entero. Se levantaba de tanto en tanto para sacudirse, pateaba un poco sobre su sitio, se recostaba del otro lado, con la nariz apretada contra el vientre, y trataba de calentarse con su propio aliento.
Dersu, que tenía siempre lástima de Alpa,le acomodaba todas las noches, después de haberse descalzado, un colchón de ramas de abeto. A falta de estos materiales, le prestaba su chaqueta. Habituada a estos cuidados, Alpaiba cada vez a buscar al gold,saltando alrededor de él, le tocaba con sus patas y hacía de todo por atraer su atención. En cuanto Dersu tomaba su hacha, Alpase calmaba y esperaba entonces pacientemente que estuviera de regreso con una brazada de ramas de abeto.
Nosotros, tan fatigados como los perros, no pensamos después del té más que en echar mucha leña al fuego para acostarnos a continuación sin tardar. Cada uno de nosotros escogió un lugar aislado cerca del fuego. Dersu se puso un poco apartado, protegido por una especie de tienda y por su capote. El viejo udehése acomodó al pie del gran cedro, abrigándose con su manta. Por mi parte, me sentí muy cómodo en mi colchoneta, colocada sobre ramas de abeto. Uno de mis costados se encontraba protegido del viento por los árboles abatidos; el otro, estaba calentado por el fuego.
Pero en un gran bosque el mal tiempo no deja nunca de despertar un sentimiento de angustia. Parece que el árbol bajo el cual uno duerme, va a ser el primero en abatirse para aplastarlo. A pesar de mi fatiga, no pude dormir en mucho tiempo. Como una bestia furiosa, el viento arremetía contra todo lo que encontraba en su camino. Los árboles fueron los que más sufrieron. Fue un verdadero combate entre los gigantes de la selva y los elementos desencadenados del aire. El viento venía a embestirlos en ráfagas y huía de nuevo, dando en algún lado aullidos plañideros. Teníamos la sensación de haber caído en el centro de un ciclón formidable. Habiendo descrito alguna curva, la tempestad volvía a nuestro campamento y trataba aún de atacar al gran cedro, esforzándose en derribarlo. Pero sin resultado, ya que el viejo titán no hacía más que ponerse ceñudo y balancearse de un lado a otro. Escuché vagamente que alguien añadía leña al fuego y que la llama de la hoguera hacía ruido, agitada por el viento. Después, todo se hizo confuso y comencé a dormitar.
Cuando me desperté, era casi medianoche. Dersu y Kitenbú velaban y continuaban conversando. El tono de sus voces me hizo adivinar que estaban alarmados por algo. Me vino a la cabeza la idea de que el cedro pudiera vacilar y amenazarnos con su caída. Salí pronto de mi embozo y pregunté lo que había sucedido.