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Encendió a tientas la lámpara y descolgó el teléfono.

– ¿Winona?

No era un chaval. Era un adulto. Más específicamente su jefe, desde la comisaría.

– Sabes que soy yo. ¿Qué ocurre, Wayne?

– ¿Sabes el jet que tenía que haber despegado anoche con destino a Asterland? ¿El vuelo donde tenían que viajar todos esos altos dignatarios?

– Sí, claro.

Lo sabía toda la ciudad.

– Bueno pues, algo fue mal. Despegó, y cuando llevaba unos minutos en el aire enviaron un mensaje por radio diciendo que tenían un grave problema. Al momento tuvieron que hacer un aterrizaje de emergencia a quince millas de Royal, en medio del campo. El avión se prendió fuego…

Los detalles no le importaban.

– ¿Y en qué puedo ayudar?

– En realidad, no lo sé.

Winona sabía que a Wayne no le gustaba que ocurriera nada en la ciudad. Tal y como lo veía él, Royal le pertenecía.

– Te estoy llamando desde el lugar del accidente. Esto ha ocurrido hace solo media hora. Primero hemos tenido que sacar a todo el mundo del avión. Solo un par de ellos parecen heridos de consideración, los demás solo están asustados. Pero no tenemos idea de lo que ha pasado.

– Wayne, dime entonces dónde quieres que vaya. ¿Al hospital, allí, a la comisaría?

– Quiero que vengas aquí. Las embajadas han empezado a llamar, también han llamado desde Washington. Tenemos coches de bomberos que han venido desde Midland a Odessa para ayudarnos. Después la mitad de la ciudad, naturalmente, está empezando a pasarse por aquí, y es como intentar detener una avalancha. Si siguen así, las mujeres empezaran a traer pucheros de caldo. Esto es una locura. Tenemos que averiguar cuál fue la causa del accidente, y para hacer eso tenemos que conseguir que todo el mundo salga de aquí para poner un poco de orden. Solo quiero que mi equipo al completo esté aquí. Incluso si…

– ¿Wayne?

– ¿Qué?

– Deja de hablar; estaré ahí en veinte minutos, ¿vale?

Un accidente de avión era algo muy gordo. Conocía de vista a todos los que habían montado en ese avión, que habían estado en la fiesta del Club de Ganaderos de Texas dos noches atrás, y algunos de ellos eran amigos personales de Winona.

Sí, en Royal había algunos robos, alguna que otra pelea y gente que perdía de vez en cuando la cabeza, pero nada fuera de lo común.

De repente, oyó un ruido; un ruido extraño e inesperado que le hizo detenerse de momento en medio del pasillo. Le pareció como el llanto de un bebé; pero, por supuesto, eso era ridículo. Al ver que no se repetía, siguió su marcha.

Encendió la luz de la cocina, decorada en tonos crema y melocotón, puso en marcha la cafetera, y volvió a su dormitorio, haciendo mientras tanto una lista en la cabeza de todo lo que tenía que hacer.

Se puso un sujetador deportivo, abrió al cajón para sacar un suéter negro de lana y… De repente, irguió la cabeza.

Maldita sea. Otra vez aquel ruido; un ruido que no era habitual en su casa. ¿Sería un cachorro de perro? ¿Algún gato perdido?

En silencio, aguzando el oído, se puso el suéter, después unos calcetines y por último se calzó las botas. Agarró un cepillo de pelo. Tenía el pelo todo alborotado, claro que ella siempre lo tenía así, incluso recién salida de la peluquería.

Desayunó y se preparó para marcharse. En cuanto lo tuvo todo listo decidió dar una vuelta rápida por la casa para asegurarse de que aquel extraño ruido no venía de dentro. Solo tardaría un minuto. Al fin y al cabo, vivía en un pequeño bungalow; pequeño pero suyo. Bueno, suyo y del banco.

De pronto, volvió a oír el ruido, el sollozo.

Y sin perder tiempo deslizó el cerrojo de la puerta de entrada y la abrió.

Allí, junto al umbral de la puerta, había una canasta de mimbre de esas que se usaban para colocar la ropa. La canasta parecía llena de sábanas viejas, pero desde luego, de entre las sábanas emanaba un llanto.

Cuando vio al bebé, Winona se quedó paralizada.

Un bebé abandonado. Habían abandonado a un bebé.

– Ssh, ssh, no pasa nada, no llores…

Con sumo cuidado, Winona sacó al pequeño de la canasta. La mañana era muy fría, aún no había amanecido. El bebé estaba demasiado envuelto en trapos y pedazos de mantas como para verle la carita.

– Calla, calla -continuó diciendo Winona, pero el corazón le latía a cien por hora.

Un sinfín de sentimientos se agolparon en su garganta, recuerdos guardados en lo más recóndito de su memoria, causándole un dolor indescriptible. Sabía lo que era ser un niño abandonado… y lo sabría toda la vida.

En ese momento vio un papel dentro de la canasta. Solo le llevó unos segundos leerlo.

Querida Winona Raye:

No puedo cuidar de mi Angela. Usted es la única a la que puedo pedirle que lo haga. Por favor, quiérala.

Como policía experimentada que era, Winona se dio cuenta inmediatamente de varias cosas. En primer lugar, no habría modo de averiguar de dónde había salido aquel papel, ni de quién sería aquella letra de trazo claro sencillo. Y en segundo lugar, que de algún modo la madre del bebé la conocía específicamente; lo suficiente para conocer su nombre y para saber que se ocuparía del bebé.

Que desde luego lo haría.

Pero en ese momento no tenía tiempo para seguir pensando en eso. Hacía mucho frío y el bebé podía pillar un resfriado. Agarró el rebujo y se metió en la casa, donde había una temperatura muy agradable, sin dejar de arrullar y mecer al chiquitín.

¿Dios mío, qué iba a hacer? Sin embargo, lo más importante en ese momento era ocuparse del bebé, asegurarse de que entraba en calor y de alimentarlo. Después, Winona intentaría averiguar por qué alguien le había dejado un bebé a su puerta…

Sin embargo, sabía que el bebé sería llevado a alguna institución, porque eso era lo que ocurría cuando un niño era abandonado. Y aunque alguno de los padres se presentara inmediatamente, el tribunal pondría al menor en manos de los servicios sociales correspondientes, al menos temporalmente, porque fuera cual fuera la razón por la que un padre abandonara a su hijo, significaba que tal vez el pequeño no estuviera a salvo bajo su cuidado.

Winona conocía todos aquellos procedimientos legales, tanto por su trabajo como por su vida. Y aunque sabía que sus sentimientos eran irracionales, y demasiado emocionales, sintió algo especial hacia ese bebé que tenía en brazos. Fue un deseo repentino de proteger a esa criatura, de cuidar de ella, de salvarla. De quererla como a ella nunca la habían querido, como nunca la querrían.

Había varias maquinas expendedoras de café repartidas por el Hospital Memorial de Royal, pero sola una que utilizaba. Después de pasarse a la cirugía estética, Justin había intentado evitar la sala de urgencias, pero llegadas las diez de esa mañana estaba desesperado. Con ojos cansados, metió las monedas en la máquina, pulsó su selección de café solo, le dio una patada a la base de la máquina y esperó.

El café estaba caliente, amargo y cargado.

Fantástico.

Dio un sorbo y fue directamente pasillo adelante. Pasadas las puertas de cristal, estaba su Unidad de Plástica y Quemados. La comunidad pensaba que la unidad había sido montada gracias a una donación anónima, y a Justin le parecía bien. Lo que le importaba era que en dos años la unidad había alcanzado la reputación de ser la mejor del estado. No podía pedir más. Tenía el equipamiento y la tecnología más modernos. Las paredes eran de color aguamarina, el ambiente estéril, sereno. Un lugar perfecto.

Nada parecido a la caótica sala de urgencias. El Hospital Memorial de Royal era un establecimiento bien dirigido, pero una crisis como aquella había llegado a colapsar la sala.

A Justin le encantaba su Unidad de Cirugía Plástica y Quemados. Pero no quería volver a tener nada que ver con las urgencias, con las operaciones a vida o muerte.