A diferencia de su hijo, la señora Kilbane era muy cariñosa, se ofreció a hacerle compañía. Sacó una silla y se sentó cerca de la cama.
Hablaron animadamente, sin tocar ni una sola una vez la relación entre Jennifer y Ryden, aunque que ella tuviese curiosidad sobre ello, le dijo acerca de la situación de su marido, diciendo que el médico le prohibió conducir por un tiempo. Después de mucha conversación, Verónica se dio cuenta de que era demasiado tarde.
– ¡Dios mío, ni siquiera me fijé en la hora…
– Llegara tarde. – Jennifer se disculpó: – Su marido debe estar esperándola.
– Lo dudo. Se olvida de la vida cuando habla de negocios con su hijo. No me perdonaría si lo interrumpiese.
Jennifer sonrió. La enfermedad del Sr. Kilbane no parecía haber afectado el ambiente alegre y relajado de la casa.
– Deben ser interrumpidos tarde o temprano, ¿no?
– Ryden no va a cansar a su padre. – Sra. Kilbane rompió el aire serio con una sonrisa incómoda. – No quiero que Clifton se aburra, pero no puedo dejar de preocuparme por su salud.
Jennifer conocía muy bien esa sensación de preocupación por el bienestar de un ser querido. Aunque no era el mismo tipo de amor que sentía por la Sra. Gemmill, la inquietud era la misma. Sabía que el Sr. Kilbane se estaba recuperando lentamente, mentalmente deseaba que viviera muchos años.
"Aunque Verónica quisiera mucho a sus hijos, el marido era lo primero", pensó Jennifer cuando la madre de Ryden la dejó.
Imaginó lo agradable que sería ser amada así, se acordó de sus padres. Aprendió de ellos el tipo de matrimonio que no quería tener. ¿Cómo no había encontrado al hombre adecuado decidió que sería muy cuidadosa en la elección cuando llegara el momento.
En ese momento entró la señora Stow, llevando una bandeja con té, sólo permaneció el tiempo suficiente para avisarla de que se arreglara, por que desde que el señor estaba enfermo, que la cena se sirve antes para que pueda descansar.
Jennifer acababa de cambiarse la única blusa que había traido cuando, justo antes de las siete, Ryden vino a buscarla. Al verlo vestido con una camisa polo y pantalones anchos, super elegante, lamentó no haber llevado la ropa apropiada a Londres.
– Siento no tener nada mejor para ponerme.
– Está bien así – señaló, dándole la impresión de que la encontraba tan insignificante que ni siquiera había notado lo que llevaba. Se aproximó a recogerla.
– Puedo caminar, gracias. – Jennifer le mostró el bastón. Sin embargo, antes de que pudiera atraparla, Ryden dio un paso adelante, poniendola su fuera de su alcance. Ella lo fusiló con la mirada y para su sorpresa, recibió a cambio un comentario humorístico:
– Estás tan enojada que me podía noquear con ella. Es mejor prevenir.
– La idea no es mala. – Jennifer luchaba consigo misma para mantenerse seria.
– Será mejor que nos apresuremos o la sopa se enfriara. Después de tanta práctica. – Ryden la tomó en sus brazos.
Ella estaba confundida por el torbellino de emociones que tubo lugar cuando entró en contacto con el cuerpo caliente. A medida que descendieron las escaleras, podía percivir los músculos perfectos sintiendo el olor de aquella piel, que la excitaba. El corazón se le disparo y pensó que se ahogaba. Sólo cuando él la puso en la silla que se dio cuenta de que por primera vez desde el accidente, había olvidado el dolor.
No tuvo mucho tiempo para tratar con sus emociones, como la pareja Kilbane los esperaba. Jennifer rápidamente se recompuso, respondiendo a su saludo.
El primer plato era una sopa, pero sin paté. Miró a Ryden, reprendiéndolo por haberla engañado, de nuevo, tuvo que contener la risa cuando viola cara que puso.
Inmediatamente, volvió su atención a sus padres. Ella estaba acostumbrada a tratar con ancianos conversando animada durante la cena. Varias veces sentió la mirada de Ryden. Sabía que estaba atento a cada palabra, para cambiar de tema si era necesario. Se puso en estado de alerta cuando la Sra. Kilbane comenzó a alabar a las habilidades profesionales de Noel, diciendo que el hijo menor debería estar haciendo un gran trabajo en Francia.
Jennifer recordó que Noel era simpático, de como su conversación tan agradable era importantísima para un gerente de ventas exitoso, estuvo de acuerdo:
– Estoy segura de que hará un gran trabajo en París. – En el mismo instante sintió la mirada de Ryden.
– Conoces a Noel? – Sra. Kilbane la miró sorprendida.
Jennifer sabía que el hecho conocerle no molestaba a nadie, pero percibió claramente que a Ryden no le había gustado la insinuación.
Como ella se demorase para responder, la anfitriona notó de la mirada entre los dos, concluyendo por sí misma:
– Que tontería. Es lógico que llevándose los hermanos tan bien, es imposible conocer a uno, sin haber visto nunca uno al otro – y cambiando de tema: – Vive en Londres?
Aliviada, Jennifer le dijo que vivía en Stanton Verney.
El Sr. Kilbane señaló que el pueblo estaba muy cerca de allí y dijo que había leído acerca de un conductor vándalo que, seguramente a causa del abuso del alcohol había destruido el jardín del lugar.
Jennifer tubo ganas de reír, pero si se controló a tiempo.
– Miembros de la Sociedad para la Conservación de los jardines tienen mucha dedicación. – Les contó brevemente el carácter de esa asociación, por fortuna, la Sra. Kilbane desvió el curso de la conversación con el hecho de que vivía sola.
– Mis padres se divorciaron y se casarón por segunda vez – Jennifer explicó. – Mi madre y su marido viven en Hong Kong y rara vez veo a mi padre.
– ¡Oh, Dios mío! – La anfitriona le notó el aire melancólico y dijo apenada. – Debe sentirse muy sola.
Jennifer nunca había visto la situación desde esa perspectiva y no pretendía apenar a nadie. Pero antes de que pudiera decir nada en contra, la Sra. Kilbane propuso:
– Mi hijo nos dijo que sólo podía quedarse el fin de semana, pero insisto en la prolongación de su estancia con nosotros.
– Vamos a ver cómo se recupera de su contusión, no es así Jennifer? – Ryden no le dio oportunidad de responder.
Estaba furioso, pensando que había premeditado la conversación, para que se la invitara a quedarse. Jennifer, a su vez, se indignó. No era su culpa si el asunto había terminado con ese resultado. Después de todo, concluyó, el culpable era él por tener una madre tan amable.
Ella habló poco hasta el final de la comida, pero tuvo un gran control para no pelear con Ryden, cuando el señor Kilbane la invitó a conversar un poco en la sala. El hijo, ni mas ni menos, intervino una vez más:
– Lo lamento pero tienen que disculpar a nuestra invitada, ella prefiere retirarse, hacer el viaje la dejó agotada. – Sonrió a Jennifer sin obtener respuesta. Aunque no lo está demostrado, siente mucho el dolor y necesita algunos analgésicos.
Ella quería estrangularlo, pero no veía otra opción que quedarse quieta y tranquilizar a la Sra. Kilbane, diciendo que no le dolía tanto.
Una vez que la pareja se retiró, Jennifer se decidió. Ryden la trataba como si tuviera una enfermedad contagiosa, por lo tanto no tocaría ni un pelo más de su cabello. Se mantuvo firme en su decisión, cuando amenazó con su ayuda.
– No te atrevas a poner tu mano sobre mí. No necesito tu ayuda.
– No seas tan…
– Si me tocas, grito.
Se detuvo, al ver que ella no estaba bromeando.
A duras penas, Jennifer se levantó de su silla, segura de que a él sólo le preocupaba que el escándalo alarmase a sus padres. Decidida, cojeando hasta la puerta, lamentando no haber insistido en llevar el bastón.
Cruzó la sala, donde casi no había muebles para apoyarse, llegó al pie de la escalera, sintió que estaba realmente necesitada de los analgésicos a los que Ryden se había referido.