– Con o sin encanto, querida – la ironía no sólo pertenecía a Jennifer – tu querías más, mucho más…
Ahora, conscientes de los verdaderos sentimientos que tenía por él, tenía que admitir que Ryden tenía toda la razón. Sin embargo, no cedió su posición. Tomó la defensiva y concluyó categóricamente:
– Yo no respondía por mí en ese momento.
– Y ahora respondes?
En realidad no sabía a ciencia cierta quién era. Incluso habiendo eliminado la posibilidad de que ella lo amaba, no parecía una explicación suficiente para la persona en que se estaba transformando. No reconocía su manera de actuar o pensar.
Pero no le gustó la insinuación desagradable y se sintió obligada a mostrarle, mientras se recuperaba del accidente, se volvió más segura de sí misma. Nunca mas vacilaría ni caería en sus brazos como esa noche!
– Ahora es diferente. En su apartamento, me…
El resto de la frase quedó por decir. Las palabras que había preparado murieron en sus labios cuando vio acercarse a Ryden. Cuando Jennifer leyó en los ojos grises, que había renunciado a tratar de extraer la verdad por medio de palabras.
Con cuidado, Ryden le quitó el bastón de las manos y la abrazó.
Ella tragó saliva, incapaz de protestar. Al ver su cara tan cerca, llegó a la conclusión de que la arrogancia con que le había tratado cuando se insultaban a distancia, le hizo decidir que sólo había una manera de obtener la información que quería.
Los labios de Ryden estaban pegados a los de ella antes de que pudiera detenerlo, lo cual no le impidió tratar de empujarlo. Pero con la falta de equilibrio debido a su pierna lesionada, no tuvo mucho éxito.
– ¡Basta! – ordenó inutilmente, cuando comenzó a besar su cuello. Nunca mas lo dejaría, no perdería el control como aquella noche.
– Solo cuando yo lo decida – Ryden dijo con voz ronca, demostrando que nada lo detendría.
Jennifer lo empujó con fuerza y casi se cayó.
– Déjame tomarte – bromeó, mientras sostenía su brazo. No esperó a oír el permiso, la recogió y la llevó a la cama.
– Quieres hacer el favor de… – Ella no completó la frase porque Ryden nuevamente la besó.
– Con mucho gusto. – Él se apartó para responder y una vez más, la besó mientras le acariciaba el hombro bajo su bata.
Cuando sintió las audaces manos hacia los pechos, la determinación de Jennifer creció.
– Eres un estúpido.
– Bésame, cariño.
– ¡Nunca! No es que…
Como aquella negación lo desafiaba, Ryden invistió con más codicia en los labios temblorosos que vía frente a los suyos.
Jennifer no pudo precisar el tiempo que pasó concentrada en no ceder. Con cada beso, cada caricia, pensó en dejar de seguir luchando, sin embargo, esperaba que pronto se cansaría, admitiendo su derrota. Sin embargo, Ryden no se detuvo. Las emociones empezaron a confundirse y Jennifer sintió brotar en su corazón el mismo fuego que la había invadido una vez.
No podía negarse a sí misma que ardía de deseo por Ryden, perdió las fuerzas, dejó de luchar. Después de todo, era un ser humano…
Al sentir de nuevo el contacto de sus labios, no los rechazó. Más bien al contrario, voluntariamente los recibió, en sumisión e invitación. Perdió todo sentido de la realidad, olvidándose de todo, excepto de las caricias y los besos interminables y sedientos que tanto deseaba.
Sorprendido, Ryden apartó su rostro por un segundo y Jennifer se sobresaltó, pensando que la iba a castigar, abandonándola. En un impulso, lo abrazó, hundiendo los dedos en su suave pelo, ofreciéndole la boca para que la besara de nuevo.
Ryden correspondió, tan descontrolado como ella. Deslizó su mano hacia sus pechos firmes, acariciándolos.
– ¡Oh, Ryden – susurró Jennifer, sintiendo todo el cuerpo palpitar a medida que las caricias se volvieron más y más exigentes.
Había perdido casi la razón, entregándose a las emociones, cuando, con cuidado, él levantó su bata y empezó a recorrer su cuerpo con sus labios, besándolo suavemente.
Estaba a punto de pedir que la poseyese, cuando la mano de Ryden comenzó a tocar su vientre, el sexo y los muslos suaves.
– ¡Oh, Ry… – Susurró, su respiración entrecortada, sin darse cuenta de que había pronunciado el nombre de la forma en que sólo le llamaba Noel.
No tardó mucho en darse cuenta de que había cometido un terrible error. Las caricias cesaron casi de inmediato, Ryden estaba de pie junto a la cama.
Jennifer tardó en darse cuenta de los hechos, todavía tenía un brillo de pasión en sus ojos cuando se volvió hacia él. Para su sorpresa, no vio el mismo deseo reflejado en los de él. Aquella constatación la llevó de regreso a la realidad.
No había ninguna emoción impresa en su rostro, no había nada, sólo frío. La misma expresión distante que estaba acostumbrada. No quería creer lo que los ojos de Ryden le decián, no se conformaba.
Sin embargo, se vio obligada a escuchar las palabras pronunciadas con desprecio.
– Tú eres la misma persona que casi fue mía en mi apartamento en Londres, querida. Acabo de probarlo. Como también está claro que Noel no es el único hombre para ti, como insistes en afirmar.
Lo que Jennifer sentía por Ryden haría que correspondiese a cualquier deseo de él, sin embargo, la atmósfera mágica había sido destruida. La insensibilidad del hombre había transformado un acto de amor en algo vil, mezquino.
Estaba cerrada con una llave de oro.
– Serías mía y de cualquier otro, si pudieras tomar ventaja de ello, Gypsy.
Jennifer no podía verlo salir de la habitación. Sus ojos estaban turbados por las lágrimas que comenzaron a brotar, incontrolables.
Una hora más tarde, Jennifer todavía sentía los efectos de esa escena que degradante en la que participara. El único consuelo era saber que, a pesar de haber llegado al punto en que había llegado, Ryden no había obtenido ninguna prueba del secreto de sus verdaderos sentimientos. Estaba protegida.
Después de un tiempo, el dolor estaba siendo reemplazado por la rabia, pensando en cómo había sido de cruel, dejandola de esa manera, sin dar ninguna explicación.
Movido por la indignación, tomó la decisión de que de todos modos bajaría a cenar. Ella estaba dispuesta a enfrentarse al enemigo cara a cara, a pesar de que le amenazase.
La sangre hierve en sus venas, aun cuando, unos minutos antes de las ocho, salió de la habitación. Lo mas seguro era que esta vez Ryden no aparecería para escoltarla abajo, no quería acercarse a él nunca más, se mostró satisfecha con eso.
Trató de apartar el recuerdo de lo cerca que habían estado, de como lo maravilloso que había sido permanecer en sus brazos. En cada paso, se criticaba por haber flaqueado.
Independientemente de la forma como la dejara y de cómo la había envuelto en sus caricias sólo con la intención de demostrar que seguía siendo la misma persona que había conocido en el apartamento en Londres, Jennifer sabía que la deseaba. Ninguna mujer se había equivocado en este asunto. Sí, Ryden Kilbane estaba ansioso de hacer el amor con ella. Ese idiota…
Al acercarse a la sala de estar, se abrió la puerta, interrumpiendo la lista de adjetivos que, mentalmente, le había dedicado.
Noel salió, seguido de Ryden.
– Iba a buscarte – dijo el hermano menor.
– Así lo supuse – respondió ella con una sonrisa. Cuando el señor y la señora Kilbane salían de la sala, Jennifer se dirigió al enemigo.
– Hola, Ryden. Viste cómo avanzo? Pronto conseguiré subir las escaleras de dos en dos.
Se volvió para saludar a sus padres, pero se mantuvo alerta y se dio cuenta cuando Ryden levantó las cejas, sorprendido, admirado de su comportamiento. En lugar de pegarle en la cabeza con el bastón, que era lo que se merecía, actuó como si nada hubiera sucedido.
Esa noche durante la cena, Jennifer mantuvo la imagen de un huésped feliz en una casa preciosa. Participó en todos los asuntos, habló animadamente con la pareja Kilbane y trató a Noel y Ryden lo más normal posible. Se dirigía hora a uno o ahora al otro, sin favorecer a ninguno en particular.