Выбрать главу

– Pero, por supuesto, él no pudo garantizarle que aceptaríamos la propuesta.

Bond no dijo nada. Creyó poder predecir lo que vendría a continuación.

– La muchacha sólo hará esas cosas con una condición.

– Los ojos de M se estrecharon hasta ser ranuras feroces, cargadas de significado-. Que vaya usted a Estambul y las traiga a ella y a la máquina a Inglaterra.

Bond se encogió de hombros. Eso no planteaba ninguna dificultad. Pero… Le dirigió a M una mirada franca.

– Eso debería ser como coser y cantar, señor. Hasta donde yo puedo juzgar, hay un solo obstáculo. Ella sólo ha visto fotografías mías y ha leído muchas historias emocionantes. Supongamos que cuando me ve en persona, resulta que no estoy a la altura de sus expectativas.

– Allí es donde debe realizar su trabajo -respondió M, ceñudo-. Por eso le formulé antes las preguntas relacionadas con la señorita Case. Depende de usted encargarse de estar, sin excusa, a la altura de sus expectativas.

Capítulo 13

La BEA lo lleva adonde quiera…

Los cuatro propulsores de extremos cuadrados fueron encendiéndose lentamente, uno a uno, y se transformaron en silbantes sombras. El zumbido bajo de los turborreactores ascendió hasta un constante gemido agudo. La calidad del sonido y la absoluta ausencia de vibraciones eran diferentes de los que producían el rugido entrecortado y los caballos de fuerza, llevados al límite de su potencia, de los otros aviones en que había volado Bond. Mientras el Viscount rodaba con facilidad hacia la reluciente pista de despegue este-oeste del aeropuerto de Londres, Bond tenía la sensación de estar sentado dentro de un costoso juguete mecánico.

Se produjo una pausa mientras el comandante de vuelo aceleraba los cuatro turborreactores hasta que emitieron un grito ensordecedor y luego, con una sacudida que señaló el momento en que se le quitaron los frenos al aparato, el vuelo 130 de las 10.30 de la mañana de la compañía BEA con destino a Roma, Atenas y Estambul, ganó velocidad, aceleró por la pista y ascendió en un despegue rápido, suave.

En diez minutos habían llegado a los seis mil metros de altitud y se dirigían al sur por el amplio corredor aéreo que recibe el tráfico mediterráneo procedente de Inglaterra. El alarido de los reactores disminuyó hasta un somnoliento silbido bajo. Bond se soltó el cinturón de seguridad y encendió un cigarrillo. Cogió el delgado maletín de aspecto costoso que había dejado en el suelo junto a él y sacó de dentro La máscara de Dimitrios, de Eric Ambler, para luego dejar el maletín, que era muy pesado a pesar del tamaño, sobre el asiento que tenía a su lado. Pensó en lo sorprendida que se habría sentido la muchacha de facturación del aeropuerto de Londres, si hubiera pesado el maletín en lugar de dejarlo pasar como «equipaje de mano». Y si, a su vez, los de aduanas se hubieran sentido intrigados por su peso, ¡qué interesados habrían estado al pasarlo por el interior del aparato de rayos láser!

La sección Q, a cargo del material, había preparado este maletín de elegante aspecto, explotando a fondo el cuidadoso trabajo de artesanía de Swaine y Adeney, para dar cabida a cincuenta balas de munición de 25 milímetros en dos hileras planas, metidas entre el cuero y el forro del borde inferior. En cada uno de los inocentes laterales había un cuchillo arrojadizo plano, hecho por Wilkinsons -los fabricantes de espadas-, y los extremos de las empuñaduras estaban inteligentemente disimulados por las costura de las esquinas. A pesar de los esfuerzos de Bond para convencerlos mediante burlas de abandonar la idea, los artesanos de Q habían insistido en hacer un compartimento secreto dentro del asa del maletín que, al presionar un determinado punto, dejaba caer en la palma de la mano una cápsula letal de cianuro. (En cuanto le entregaron el maletín, Bond había echado la cápsula por el retrete.) Más importante era el tubo de crema de afeitar Palmolive que había en el neceser, por lo demás inocente. La parte superior del mismo se desenroscaba y dejaba a la vista el silenciador de una Be- retta, envuelto en algodón. En caso de que se necesitara dinero en efectivo, la tapa del maletín contenía cincuenta soberanos de oro. Estos podían extraerse deslizando a un lado el bulto formado por las dos capas de una doble costura reforzada.

El complicado maletín de trucos divertía a Bond, aunque también reconocía que, a pesar de sus cuatro kilos y medio de peso, era una manera conveniente de transportar las herramientas de su oficio que, de otra forma, habrían estado ocultas en su propio cuerpo.

En el avión viajaban sólo una docena de pasajeros variados. Bond sonrió al pensar en el horror que habría experimentado Leolia Ponsonby, si hubiera sabido que eso hacía un total de trece. El día anterior, después de dejar la oficina de M y haber regresado a la suya para preparar los detalles del vuelo, su secretaria había protestado violentamente ante la idea de que viajara en un viernes trece.

– Pero si los días trece es cuando se viaja mejor -le había explicado Bond, con paciencia-. Prácticamente no hay pasajeros, y se está cómodo y uno recibe una mejor atención. Siempre escojo el trece cuando puedo.

– Bueno -había respondido ella con resignación-, el que se mate serás tú. Pero yo me pasaré todo el día preocupada. Y, por el amor de Dios, no pases por debajo de ninguna escalera ni hagas ninguna tontería esta noche. No debes tentar a la suerte de esta manera. Yo no sé para qué vas a Turquía, y no quiero saberlo. Pero tengo un mal presentimiento metido en los huesos.

– ¡Ah, esos hermosos huesos! -había bromeado Bond-. Los llevaré a cenar el día que regrese.

– No harás nada parecido -había respondido ella con frialdad. Más tarde se despidió de él con un beso, repentinamente cálido, y, por centésima vez, Bond se había preguntado por qué se molestaba con otras mujeres cuando la más adorable de todas ellas era su secretaria.

El avión continuaba silbando regularmente por encima del interminable mar de nata batida que parecían las nubes, cuyo aspecto era lo bastante sólido como para aterrizar sobre ellas si fallaban los motores. Las nubes se abrieron y apareció un lejano resplandor azul a su izquierda, que era París. Durante una hora sobrevolaron los quemados campos de Francia hasta que, después de Dijon, la tierra cambió de un verde pálido a uno más oscuro al ascender hacia el Jura.

Llegó el almuerzo. Bond dejó a un lado el libro y los pensamientos que se interponían constantemente entre él y la página impresa y, mientras comía, contempló el calmo espejo del lago Lemán. A medida que los bosques de pinos ascendían hacia los parches de nieve que había entre los hermosos y limpios dientes de los Alpes, recordó sus lejanas vacaciones de esquí. El avión rodeó el gran colmillo del Mont Blanc, a unos pocos cientos de metros a babor, y Bond bajó los ojos hacia la sucia piel gris de elefante que formaban los glaciares, y volvió a verse a sí mismo, un muchacho adolescente, con el extremo superior de la cuerda en torno a la cintura, asegurándose contra la cima de una chimenea de roca de las Aiguilles Rouges, mientras sus dos compañeros de la universidad de Ginebra avanzaban poco a poco por la lisa roca hacia él.

¿Y ahora? Bond le dedicó una sonrisa torcida a su reflejo en la ventanilla del aparato, mientras el avión dejaba atrás las montañas y volaba sobre la terraza estriada de Lombardía. Si aquel joven James Bond lo abordara en la calle y le hablase, ¿reconocería acaso la sana, vehemente juventud que había tenido a los diecisiete años? ¿Y qué pensaría aquel joven de él, del agente secreto, del James Bond mayor? ¿Se reconocería a sí mismo bajo la superficie de este hombre que estaba curtido por años de traición, implacabilidad y miedo… este hombre con los fríos ojos arrogantes, la cicatriz en la mejilla y el bulto plano en la axila izquierda? Y si el joven lo reconocía, ¿cómo lo juzgaría? ¿Qué pensaría de la actual misión de Bond? ¿Qué pensaría del apuesto agente secreto que viajaba al otro lado del mundo con una misión nueva y de lo más romántica… a prostituirse por Inglaterra?