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– Pero, ¿era necesario hacer tan pública mi llegada? -preguntó Bond con voz suave-. Lo último que deseo es implicarlo a usted en todo esto. ¿Por qué envió el Rolls al aeropuerto? Con eso sólo consigue que lo relacionen conmigo.

Kerim rió con indulgencia:

– Amigo mío, tengo que explicarle algo que debe usted saber. Los rusos, los estadounidenses y nosotros tenemos, cada uno, un hombre a sueldo en todos los hoteles. Y todos le pagamos un soborno a un oficial del cuartel general de la policía secreta y recibimos una copia de todos los extranjeros que entran cada día en el país por avión, tren y barco. Si hubiese tenido unos cuantos días más, yo podría haberlo hecho entrar en secreto por la frontera griega, pero ¿con qué propósito? Su existencia aquí debe ser conocida por el otro bando para que nuestra amiga pueda contactar con usted. Una de las condiciones que impuso fue que sería ella misma quien organizara el encuentro. Tal vez no se fía de nuestra seguridad. ¿Quién sabe? Pero se mostró inflexible al respecto y dijo, como si yo no lo supiera, que cuando usted llegara, su centro de trabajo recibiría notificación inmediata. -Kerim encogió sus anchos hombros-. Así pues, ¿por qué ponerle las cosas difíciles a la joven? Lo único que me preocupa es facilitarle las cosas a usted y hacer que se sienta cómodo, para que al menos disfrute de su estancia… aun en el caso de que no fuera fructífera.

Bond se echó a reír.

– Retiro todo lo dicho. Había olvidado la fórmula de los Balcanes. En cualquier caso, aquí estoy bajo su mando. Usted dígame qué debo hacer, y yo lo haré.

Kerim apartó el asunto a un lado con un gesto de la mano.

– Y ahora, dado que estamos hablando de su comodidad, ¿qué tal su hotel? Me sorprendió que escogiera el Palas. Apenas es mejor que un burdel, lo que los franceses llaman baiso- drome. Y es muy frecuentado por los rusos, aunque eso no tenga importancia.

– No está demasiado mal. Sencillamente no quería alojarme en el Hilton ni en uno de los otros hoteles elegantes.

– ¿Dinero? -Kerim metió la mano en un cajón y sacó un fajo plano de billetes verdes nuevos-. Aquí tiene mil libras turcas. Su valor real, y su precio en el mercado negro, es de alrededor de veinte por cada libra esterlina. El precio oficial es de siete. Avíseme cuando se le acaben y le daré tantas como quiera. Pasaremos cuentas cuando acabe la partida. De todas formas, es basura. Desde que Creso, el primer millonario, inventó las monedas de oro, el dinero ha perdido valor. Y la cara de las monedas se ha degradado con la misma rapidez que su valor. Primero aparecían las caras de los dioses en las monedas. Luego las caras de los reyes. Luego de los presidentes. Ahora no llevan ningún rostro. ¡Mire esto! -Kerim le arrojó el dinero a Bond-. Hoy es sólo papel, con una imagen de un edificio público y la firma del cajero. ¡Basura! El milagro es que aún puedan comprarse cosas con eso. En fin. ¿Qué más? ¿Cigarrillos? Fume sólo éstos. Le haré enviar unos cuantos centenares a su hotel. Son los mejores.

Diplómate. No son fáciles de conseguir. La mayoría van a parar a los ministerios y embajadas. ¿Algo más antes de pasar al trabajo? No se preocupe por sus comidas y tiempo de ocio. Yo me encargaré de ambas cosas. Disfrutaré con ello; y, si me disculpa, deseo permanecer cerca de usted mientras esté aquí.

– Nada más -respondió Bond-. Excepto que algún día debe usted ir a Londres.

– Jamás -replicó Kerim tajante-. El clima y las mujeres son demasiado fríos. Y me siento orgulloso de tenerlo a usted aquí. Me recuerda los tiempos de la guerra. Y ahora -dijo mientras pulsaba un timbre que había en su escritorio-, ¿quiere el café amargo o dulce? En Turquía no podemos hablar en serio sin café o raki, y es demasiado temprano para el raki.

– Amargo.

Se abrió la puerta que estaba detrás de Bond. Kerim ladró una orden. Cuando la puerta se hubo cerrado, Kerim abrió un cajón que estaba cerrado con llave y sacó un expediente que dejó ante sí. Luego, con un golpe, posó ambas manos sobre él.

– Amigo mío -dijo con aire ceñudo-, no sé qué decir sobre este caso. -Se echó atrás en la silla y entrecruzó los dedos de las manos a la altura de la nuca-. ¿Se le ha ocurrido alguna vez que el tipo de trabajo que hacemos es como rodar una película? Con tanta frecuencia tengo a todo el mundo en el plato y creo que puedo comenzar a hacer girar la manivela; entonces las cosas se tuercen, o bien por el tiempo atmosférico, o bien por los actores, o bien por un accidente. Y hay algo más que también sucede cuando se rueda una película. Aparece el amor bajo una u otra forma, y lo peor de todo, como es ahora el caso, entre las dos estrellas. Para mí, ése es precisamente el factor más desconcertante de este asunto, y el más inescrutable. ¿Acaso esta muchacha está enamorada de la idea que tiene de usted, en realidad? ¿Lo amará cuando lo vea? ¿Será usted capaz de amarla lo suficiente para hacer que se cambie de bando?

Bond no hizo comentario. Se oyó un golpe de llamada en la puerta, y el jefe de secretarios depositó dos tacitas de finísima porcelana azul, rodeadas por filigranas de oro, ante ambos hombres. Luego volvió a salir. Bond bebió un sorbo de café y lo dejó sobre el escritorio. Era bueno, pero tenía mucho poso en suspensión. Kerim bebió el suyo de un sorbo, colocó un cigarrillo en la boquilla y lo encendió.

– Pero no hay nada que podamos hacer respecto a este asunto amoroso -continuó Kerim, hablando en parte para sí mismo-. Sólo podemos esperar a ver qué pasa. Entretanto, hay otras cosas de qué ocuparse.

Se inclinó sobre el escritorio y miró a Bond con ojos repentinamente muy duros y astutos.

– En el campo enemigo está sucediendo algo. No se trata sólo de este intento de librarse de mí. Hay idas y venidas. Cuento con pocos datos concretos -alzó un dedo índice voluminoso y lo posó a lo largo de su nariz-, pero tengo a ésta. -Dio unos golpecitos en un flanco de su nariz como si le diera palmaditas a un perro-, Y ésta es una buena amiga mía en la cual confío. -Bajó las manos lenta y significativamente hasta posarlas sobre el escritorio y añadió, en voz baja-: Y si no estuviéramos jugándonos algo tan valioso, le diría: «Márchese a casa, amigo. Márchese a casa. Aquí hay algo de lo que es mejor alejarse».

Kerim se recostó en el respaldo de la silla. La tensión desapareció de su voz. Profirió una áspera carcajada.

– Pero nosotros no somos unas viejas miedosas, y éste es nuestro trabajo. Así que olvidémonos de mi nariz y pongámonos manos a la obra. Antes que nada, ¿hay algo que yo pueda decirle que no sepa ya? La muchacha no ha dado más señales de vida desde que envié el mensaje, y no tengo información adicional. Pero tal vez quiera hacerme algunas preguntas acerca del encuentro.

– Sólo hay una cosa que quiero saber -replicó Bond sin más-. ¿Qué piensa usted de esa muchacha? ¿Cree que su historia es verdad o no? Me refiero a su historia acerca de mí. Ninguna otra cosa tiene importancia. Si ella no ha perdido la chaveta por mí debido a algún rasgo histérico de su carácter, todo este asunto se viene abajo y se trata entonces de alguna complicada conspiración del MGB que no logramos entender. Dígame, ¿creyó usted a la muchacha? -La voz de Bond era apremiante y sus ojos sondeaban el rostro del otro hombre.

– ¡Ay, amigo mío! -Kerim sacudió la cabeza. Abrió los brazos a ambos lados del cuerpo-. Precisamente eso me pregunté entonces y es lo que no dejo de preguntarme desde ese entonces. Pero ¿quién puede saber si una mujer está mintiendo en estos menesteres? Tenía unos ojos brillantes, unos hermosos ojos inocentes. Los labios húmedos de aquella boca celestial estaban separados. Su voz era apremiante y asustada ante lo que estaba haciendo y diciendo. Tenía los nudillos blancos a fuerza de aferrarse a la barandilla de la borda. Pero, ¿qué había en su corazón? -Kerim alzó las manos-. Sólo Dios lo sabe. -Las bajó con aire de resignación, las posó abiertas sobre la mesa y miró directamente a Bond-. Hay una sola manera de saber si una mujer lo ama realmente, e incluso en ese caso, sólo un experto puede desentrañarlo.