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– Sí -respondió Bond con tono dubitativo-. Ya sé a qué se refiere. En la cama.

Capítulo 15

Antecedentes para un espía

Volvieron a traerles café, y luego más café, y el aire de la habitación fue cargándose de humo de cigarrillo a medida que los dos hombres cogían cada una de las evidencias, la disecaban y la apartaban a un lado. Al cabo de una hora volvían a estar en el punto en que habían comenzado. Dependía de Bond solucionar el problema de la muchacha y, si se sentía satisfecho con su historia, sacarlas a ella y a la máquina del país.

Kerim se encargó de solucionar los problemas administrativos. Como primer paso, cogió el teléfono y habló con su agente de viajes para reservar dos asientos en todos los aviones que salieran durante la semana siguiente: los de la BEA, Air Fran- ce, SAS y Turkair.

– Y ahora, hay que conseguir un pasaporte -dijo-. Con uno bastará. Ella puede viajar como su esposa. Uno de mis hombres le tomará a usted una fotografía y buscará la fotografía de alguna chica que se parezca más o menos a ella. De hecho, una fotografía de juventud de Greta Garbo nos vendría bien. Existe un parecido indudable. Puedo sacar una de las hemerotecas. Hablaré con el cónsul general. Es un tipo excelente al que le gustan mis pequeñas conspiraciones de intriga y espionaje. El pasaporte estará listo esta noche. ¿Qué nombre le gustaría que figurara en él?

– El primero que se le ocurra.

– Somerset. Mi madre era originaria de allí. David Somer- set. Profesión, director de empresa. No significa nada. ¿Y la muchacha? Digamos que Caroline. El nombre le sienta como un guante. Una pareja de ingleses jóvenes libres de toda sospecha, aficionados a viajar. ¿Formularios de control económico? Deje eso en mis manos. Les mostraré ochenta libras esterlinas en cheques de viajero, digamos, y un recibo del banco que demuestre que cambiaron cincuenta mientras estuvieron en Turquía. ¿Aduanas? Nunca miran nada. Se sienten más que encantados si alguien ha comprado algo en el país. Declararán algunas delicias turcas, regalos para sus amigos de Londres. Si tienen que marcharse precipitadamente, deje la cuenta del hotel y el equipaje a mi cargo. En el Palas me conocen muy bien. ¿Algo más?

– No se me ocurre nada.

Kerim miró su reloj de pulsera.

– Son las doce. El tiempo justo para que el coche lo lleve de vuelta a su hotel. Podría haber un mensaje. Y eche una buena mirada a sus cosas para ver si alguien ha estado husmeando en ellas.

Pulsó el timbre y acribilló con instrucciones al jefe de secretarios, que permaneció de pie con los agudos ojos fijos en los de Kerim y la magra cabeza echada hacia delante como la de un lebrel.

Kerim acompañó a Bond hasta la puerta. Allí lo despidió con otro apretón de su poderosa mano cálida.

– El coche irá a buscarlo para almorzar -dijo-. Iremos a un local pequeño del bazar de las especias. -Sus ojos se fijaron en los de Bond con expresión feliz-. Y me alegro de trabajar con usted. Nos llevaremos bien. -Soltó la mano de Bond-. Y ahora tengo que hacer un montón de cosas con mucha rapidez. Puede que sean las cosas equivocadas, pero, en cualquier caso… -le dedicó una ancha sonrisa-, jouons mal, mais jouons vite!

El jefe de secretarios, que a Bond le parecía una especie de jefe de estado mayor, condujo a Bond por otra puerta que se abría en la pared de la plataforma elevada. Las cabezas continuaban inclinadas sobre los libros mayores. Pasaron por un corto corredor con habitaciones a ambos lados. El hombre entró en una de ellas y Bond se encontró dentro de un laboratorio y cuarto oscuro fotográficos extremadamente bien equipados. Al cabo de diez minutos volvía a estar en la calle. El Rolls salió lentamente del estrecho callejón y volvió a atravesar el Puente Gálata.

En el Kristal Palas había otro conserje de guardia, un hombrecillo obsequioso con ojos culpables en su rostro amarillento. Salió de detrás del mostrador con las manos extendidas en gesto de disculpa.

– Effendi, lo lamento muchísimo. Mi colega le dio una habitación inadecuada. No se dio cuenta de que es usted amigo de Kerim Bey. Sus cosas han sido trasladadas a la habitación número 12. Es la mejor habitación del hotel. De hecho -aclaró el conserje con una sonrisa impúdica-, es la habitación reservada para parejas en luna de miel. Tiene todas las comodidades. Le presento mis disculpas, effendi. La otra habitación no está destinada para visitantes distinguidos.-El hombre ejecutó una untuosa reverencia al tiempo que se frotaba las manos.

Si había algo que Bond no podía soportar era el sonido de un halago falso. Miró al conserje a los ojos y dijo:

– Ah. -Los ojos se desviaron de los suyos-. Déjeme ver esa habitación. Puede que no me guste. Estaba bastante cómodo en la otra.

– Desde luego, effendi. -El hombre le hizo a Bond una reverencia para que lo precediera camino del ascensor-, Pero, por desgracia, los fontaneros están trabajando en su anterior habitación. Las tuberías del agua… -La voz se apagó. El ascensor subió unos tres metros y medio y se detuvo en el primer piso.

«Bueno, la historia de los fontaneros tiene sentido», reflexionó Bond. Y, después de todo, no había ningún mal en alojarse en la mejor habitación del hotel.

El conserje abrió una alta puerta con una llave y se hizo a un lado.

Bond tuvo que darle el visto bueno. El sol entraba en abundancia a través de unas anchas ventanas dobles que daban a un pequeño balcón. Estaba decorada en colores rosa y gris, y los muebles eras de falso estilo Imperio, vapuleados por los años, pero aún conservaban la elegancia de principios del siglo pasado. Había bellas alfombras Bokhara sobre el piso de parqué. Una rutilante araña de luces colgaba del ornado techo. La cama que se encontraba contra la pared de la derecha era enorme. Un gran espejo de marco dorado cubría la mayor parte de dicha pared, que quedaba detrás de la cabecera. (A Bond le hizo gracia. ¡La suite nupcial! Sin duda tendría que haber un espejo también en el techo.) El cuarto de baño contiguo estaba revestido de azulejos y equipado con todo lo necesario, incluidos bidé y ducha. Los utensilios de afeitado de Bond estaban pulcramente colocados.

El conserje siguió a Bond de vuelta al dormitorio y, cuando Bond dijo que se quedaba con la habitación, le hizo una agradecida reverencia mientras se marchaba.

¿Por qué no? Bond recorrió la habitación. Esta vez inspeccionó cuidadosamente las paredes, las inmediaciones de la cama y el teléfono. ¿Por qué no quedarse con la habitación? ¿Por qué tendría que haber micrófonos o puertas secretas? ¿Qué sentido tendrían?

Su maleta estaba sobre un banco cercano a la cómoda. Se arrodilló. No había arañazos en la cerradura. La pelusa que él había dejado prendida en el cierre aún estaba en su sitio. Abrió la maleta y sacó el maletín. Tampoco encontró en él signos de manipulación. Bond cerró la maleta con llave y se incorporó.

Se lavó, salió de la habitación y bajó las escaleras. No, no habían dejado ningún mensaje para el effendi. El conserje le hizo una reverencia al tiempo que le abría la puerta del Rolls. ¿Había un rastro de conspiración en la mirada de pennanente culpabilidad de aquellos ojos? Bond decidió no preocuparse, si así era. Cualquiera fuese la partida, había que jugarla hasta el final. Si el cambio de habitación había sido el gambito de apertura, mucho mejor. El juego tenía que comenzar por algún sitio.

Mientras el coche aceleraba colina abajo, los pensamientos de Bond se centraron en Darko Kerim. ¡Vaya hombre para jefe del puesto T! Sólo su tamaño, en este país de furtivos hombrecillos raquíticos, sin duda le conferiría autoridad, y su gigantesca vitalidad y amor por la vida le ganaría la amistad de todos. ¿De dónde procedería este exuberante pirata astuto? ¿Y cómo había llegado a trabajar para el Servicio? Era el tipo raro de hombre que a Bond le encantaba, y ya se sentía dispuesto a añadir a Kerim a la lista de media docena de esos verdaderos amigos a quienes él, que no tenía «conocidos», estaba dispuesto a entregar su afecto.