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Michael ríe, porque es único. ¿Nos hace esta actividad tan listos como para poder saltar a otra, hablar y entender? Los genitales de las mujeres, infamantemente encastrados en la montaña, se distinguen en la mayoría de las características, afirma el experto, de forma similar a las personas, por lo demás, que pueden llevar los más variados tocados en la cabeza. Sobre todo entre nuestras damas se da la mayoría de las diferencias. Ninguna es como la otra; pero al amante le da igual. Ve lo que está acostumbrado a ver del otro, se reconoce en el espejo como su propio Dios, que camina y va a pescar a los fondos marinos, tira el anzuelo y ya puede colgar del goteante paquete la próxima cliente para golpear y penetrar. La técnica no son los poderes del hombre, es decir, no es lo que le hace tan poderoso.

Mire a cualquier parte, y los ansiosos de éxtasis, esa mercancía integrada y semiaislada, le devolverán la mirada con ojos saltones. ¡Atrévase a algo que tenga valor! ¿O es que el sentimiento, esa guía de viajes que no conoce los lugares, comienza a germinar en sus cables abiertos y tendidos sobre el cráneo? Al crecer no tenemos que estar mirándolo, podemos buscarnos otro discípulo al que poder despertar y con el que poder divertirnos. Pero los ingredientes están removidos, como nosotros. Nuestra pasta sube, impulsada en su interior nada más que por aire, un hongo nuclear, por encima de las montañas. Una puerta se cierra de un golpe en el castillo, y volvemos a estar solos. El alegre marido de Gerti, que siempre bambolea tan despreocupadamente el pincel de su pene, como si sus gotas cayeran de un tronco mayor, no está aquí ahora para extender la mano hacia su mujer o arrancar al niño el instrumento. La mujer ríe a carcajadas al pensarlo. Con fuertes golpes de émbolo, el joven, que resulta agradable visto ante una pared de madera, porque no está tieso como una tabla, intenta abrir el interior de esta mujer. En este momento está alegremente interesado, y conoce el cambio que incluso las mujeres sencillas son capaces de experimentar bajo el ardiente, recién hecho y agradablemente aromático paquete sexual del hombre. El sexo es indiscutiblemente nuestro centro, pero no vivimos en él. Preferimos alojamientos más espaciosos y con aparatos suplementarios, que podamos conectar y ejecutar a voluntad. íntimamente, esta mujer ya aspira a volver a su pequeño jardín doméstico, donde ella misma pueda recoger las bombillas de su Conchita y conducir por dentro de las líneas de su sufrimiento. Incluso el alcohol se disipa un día. Pero ahora, casi aullando de alegría por el cambio que ha querido, el joven escudriña su confortable taxi. También mira debajo del asiento. Abre a Gerti y vuelve a cerrar de un portazo tras de sí. ¡No se ha hallado nada!

También gustamos de ponernos capuchones higiénicos, para no enfermar. Por lo demás, no nos falta de nada. E incluso cuando los señores levantan la pierna y orinan en sus acompañantes no pueden quedarse, tienen que seguir corriendo, sin descanso, hasta el próximo árbol, al que los gusanos de sus genitales se aferran iracundos hasta que alguien los recoge. El dolor se dispara como un rayo dentro de las mujeres, pero no las daña tan permanentemente como para que tengan que llorar por los muebles carbonizados y los utensilios abrasados. Vuelve a escurrir de ellas. Vuestra compañera querrá renunciar a todo, salvo a vuestros sentimientos; ella misma produce gustosa ese alimento de los pobres. Creo incluso que es especialista en cocinar y conservar el corazón de los hombres. Los pobres prefieren echarse a un lado sin que los ahuyente ningún compañero de viaje. Incluso sus colas se abaten ante ellos, y las gotas les escurren del corazón. Sólo dejan atrás pequeñas manchas en la sábana, y nosotros salimos con ellas.

En todo caso, lo único razonable que entra en algunos vasos es el vino. El director de la fábrica mira demasiado el fondo del vaso, hasta que ve el suelo, y así quiere desbordar de su poderoso recipiente, directamente sobre su Gerti, que ha plantado delante de él. Se desnuda inmediatamente al verla, y su tormenta se precipita de sus nubes antes de que ella pueda ponerse a cubierto. Su miembro es grande y pesado, llenaría una sartén pequeña si se pusieran los huevos al lado. Antaño ha ofrecido su miembro a muchas mujeres, que han pastado gustosas en él. Ahora, la hierba ya no riega el suelo. Deformado por su abundante tiempo libre, el sexo del hombre reposa en los sillones del jardín y se arrastra por caminos de grava, a los que mira satisfecho desde su faltriquera, en la que es transportado y da saltitos, mesurado y ocioso, como la pelota de un niño. El trabajo, junto con sus utensilios, conforma rápidamente al hombre como el áspero animal como el que fue pensado. Un capricho de la Naturaleza hace que a la mayoría de los hombres su sexo se les haya quedado demasiado pequeño antes de que hayan aprendido a llevarlo correctamente. Ya están hojeando en el catálogo de modelos exóticos para hacerse impulsar por motores más potentes, que a la vez consuman menos combustible. Cuelgan sus calentadores eléctricos de inmersión en lo que más cerca tienen, y eso es lo más familiar, eso son sus mujeres, en las que tampoco confían del todo. Gustan de quedarse en casa para vigilarlas. Después desvían las miradas hacia la fábrica, envuelta en la bruma. Pero si tuvieran un poco más de paciencia, irían en vacaciones hasta las orillas del Adriático, en el que podrían sumergir sus inquietas espitas, cuidadosamente depositadas en el suspensorio elástico del bañador. En esos casos, sus mujeres llevan bañadores sucintos. Sus pechos han hecho amistad entre sí, pero gustan de trabar conocimiento con una mano ajena, que, sin embargo, sólo los arranca de sus tumbonas en las que se mecen suave y ociosamente, los arruga entre los dedos y los arroja en la papelera más cercana.

Hay indicadores en los caminos, que señalan la ruta de las ciudades. Sólo esta mujer tiene que inmiscuirse en la vida de niños que deben aprender a caminar rítmicamente por la senda de su vida. ¡Tranquilicémonos un poco, antes de poder seguir por dentro de nosotros! Este lugar sigue siendo frío y boscoso. Huele a heno, a la paja para el animal que llevamos dentro. A menudo se ha ido de paseo en este lugar. Muchos han espumeado aquí -daría a cambio todo el sexo de su mujer, para cosechar aún más mujeres en el sitio en que lo han sembrado-, como si hubieran ganado una carrera de coches. O como si hubieran tenido algo que dar. Uno ha tirado un preservativo antes de dirigir sus pisadas de vuelta a casa. La mayoría no tiene ni idea de todo lo que se puede hacer con la enervante melodía del clítoris. Pero todos han leído las revistas pertinentes, que demuestran que la mujer tiene más que ofrecer de lo que originariamente se pensaba. ¡Por lo menos unos milímetros más!

El estudiante aprieta a la mujer contra él. Echando mano a su olla repleta, puede controlar el silbido que escapa por la válvula. No quisiera eyacular aún, pero tampoco querría haber esperado en vano. Con manos hábiles, pellizca a la mujer en la parte más indecorosa de su carne, blandamente asentada en su caja acolchada, para que tenga que abrir más las piernas. Hurga en su sexo somnoliento, lo retuerce en un embudo y lo suelta bruscamente con un chasquido. ¿No debería disculparse por tratarla peor que a su equipo de sonido? Le da una palmada en el trasero, para que se vuelva a poner de espaldas. Sin duda que después podrá dormir bien, como los seres que han trabajado honradamente, se han catado el uno al otro y han costado un tanto.

Con las manos aferradas a su cabello, el estudiante penetra rápidamente a la mujer, sin mirar al mundo, donde sólo los más bellos son cuidados y atendidos, con una parada para repostar cada dos mil kilómetros. La mira, para poder leer algo en su rostro deformado por su marido. Los hombres son capaces de desprenderse del mundo tanto como quieran, sólo para después volver a unirse con tanta mayor fuerza al grupo de viajeros al que se han sumado, sí, ellos pueden elegir, y quien los conozca sabe a qué nos referimos: al mundo de los hombres, que abarca a unas dos mil personas del deporte, la política, la economía, la cultura, un mundo en el que los demás fracasarán; pero ¿quién abraza apasionadamente a estos pequeños bocazas hinchados? ¿Y qué ve el estudiante, más allá de su prestancia física y su detestabilidad? La boca de la mujer, de la que fluyen chorros, y el suelo, desde el que su imagen le sonríe. Se entienden sin la protección de un servicio de orden o un preservativo, y ahora el hombre se gira a medias, para poder observar su duro sexo al entrar y salir. El estuche de la mujer gime, la hucha de cerdito ronca, está destinada a recibir, sólo para tener que devolverlo todo enseguida. En este acto, ambas cosas son igual de importantes, dígaselo al empresario moderno, que alzará las cejas con gesto de terror y levantará en alto a sus hijos para que no pisen la ira de los inferiores.